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A María José y Martha Clarissa.

 

La adjudicación del premio Mejor Largometraje de Ficción a la cinta El Regreso, del director costarricense Hernán Jiménez, en la XV edición del Festival Icaro, realizado en noviembre del 2012 en Guatemala, fue celebrada con buen suceso por la crítica periodística del país vecino. En Nicaragua la recepción de esta noticia cultural pasó inadvertida, para una prensa más preocupada por la agenda política doméstica y los chismes de cafetín de Hollywood que por las novedades culturales de la región.

No obstante, el filme ha cruzado la frontera del país, y podrá verse en el marco del Festival Icaro Nicaragua 2013, el cual se inaugura el 21 de agosto. Este y otros filmes que se presentarán en este evento sirven de oxígeno a una decadente y vacía cartelera cinematográfica de las empresas de exhibición de la capital.

Muchos recordamos a Hernán Jiménez por el filme A Ojo Cerrado, realizado y estrenado en el año 2010; propuesta que tuvo una buena crítica, por el desenfado con que utiliza la cámara, los ambientes y el manejo de la trama, aun con la sencillez del tema con que le etiquetaron su puesta en escena. Pero esa es la fortaleza del cine de Jiménez: problematizar sobre realidades cotidianas, muchas de ellas vivencias personales, en las cuales muchos centroamericanos se ven retratados.

El Regreso es un filme que perfectamente puede ubicarse dentro de la saga de temas de migración. La historia del filme plantea que el personaje principal (Antonio) radica en Estados Unidos, aunque no sea el típico migrante pobre desarraigado centroamericano. Es un joven capitalino (de San José) con cierta formación, que regresa a su país, luego de ocho o nueve años de ausencia, atendiendo el llamado de su padre, con quien mantiene una relación conflictiva.

El miedo ante un ambiente de violencia citadina, recuerdos tristes de la infancia y adolescencia, la muerte de su madre y la indiferencia de su padre, le ahogan apenas pisa el suelo patrio, empujándolo a migrar lo más pronto posible.

La novedad del filme radica en esa sencillez de la trama, la cual se articula por medio de dos historias yuxtapuestas: la de Antonio y la de su hermana, Amanda. Ambos comparten el drama de la soledad y la incomprensión. Él vive sólo en Estados Unidos, evita los compromisos, aunque anhela el cariño paterno largamente esquivado. Ella es una madre soltera refugiada en los quehaceres de la casa, atendiendo a su hijo y en alguna medida a su padre enfermo, evadiendo con ello lo bueno y lo malo del “mundo exterior”.

La llegada inesperada de su hermano es un suceso que rompe con la monotonía de la casa, dándole un giro a la vida de Amanda, y de igual manera cambiará la de Antonio. Pese a la resistencia de ambos a perder su anterior mundo, nada volverá a ser igual en sus vidas.

Los resortes de la trama están bien organizados en un guión meticulosamente trabajado. El robo del pasaporte justifica su fortuita prolongación del tiempo de estadía en el país, propiciando el reencuentro y la reconciliación con su ciudad (San José), con su padre, hermana, sobrino y amigos. Amanda retoma el consejo de su hermano y sale a divertirse encontrando a alguien (Lucas) con quien rehacer su vida en pareja.

Polémica aparte, podría decirse que el filme, al atrapar al público, se desliza sobre los bordes sublimes del drama acartonado de Hollywood, pero sin caer en sus garras. El abordaje de temas sensibles, articulados en una puesta en escena de claros visos culturales centroamericanos, apela a la identificación, a la reflexión e introspección de nuestros problemas cotidianos. Por lo demás, fallos mínimos de continuidad no desmeritan la calidad de la propuesta de este joven director. Vale la pena ver el filme.

 

El Dorado, 10/07/13.