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LOS HOMBROS SOPORTAN

EL MUNDO

 

Llega un tiempo en el que ya no se dice: Dios mío.

Tiempo de absoluta depuración.

Tiempo en el que ya no se dice: amor mío.

Porque el amor resultó inútil.

Y los ojos no lloran.

Y las manos tejen apenas el trabajo rudo.

Y el corazón está seco.

 

En vano mujeres llaman a la puerta, no abrirás.

Te quedaste solo, la luz se apagó,

pero en la sombra tus ojos resplandecen enormes.

Eres todo certeza, ya no sabes sufrir.

Y nada esperas de los amigos.

 

Poco importa que venga la vejez, ¿qué es la vejez?

Tus hombros soportan el mundo

y él no pesa más que la mano de un niño.

Las guerras, las hambres, las discusiones dentro de los edificios

demuestran apenas que la vida prosigue

y no todos se liberaron todavía.

Algunos, considerando el bárbaro espectáculo,

preferirían (los delicados) morir.

Ha llegado un tiempo en el que de nada sirve morir.

Ha llegado un tiempo en el que la vida es una orden.

La vida apenas, sin mistificación.

 

(Traducción de Adolfo Montejo Navas)

 

TRISTEZA EN EL CIELO

 

En el cielo también hay una hora melancólica.

Hora difícil, en que la duda también penetra

las almas.

¿Por qué hice el mundo? Dios se pregunta

y se responde: No sé.

 

Los ángeles lo miran con reprobación,

y caen plumas.

 

Todas las hipótesis: la gracia, la eternidad,

el amor

caen, son plumas.

 

Otra pluma, el cielo se deshace.

Tan manso, ningún fragor denuncia

el momento entre todo y nada,

o sea, la tristeza de Dios.

 

(Traducción de Adolfo Montejo Navas)