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Carlos Montenegro es un monje, un asceta del color, un mundo fiel a su nombre. Y aquí está como de costumbre: unitario, seguro de su mano mágica, magistral, desplegando pacientemente la tinta china sobre la blancura del papel para capturar la luz y la sombra, el movimiento y el detalle íntimo, ínfimo para él.

En esta galería el mestizaje, de la esencia colonial que aún corre en nuestra sangre y vive en la lengua de nuestro pueblo, Carlos se crece, se engrandece: alcanza una altura de viejo maestro, una plenitud sin par.

Y así es: aquí transfigura una simpatía creadora hacia los personajes de nuestra igualada farándula dicharachera, de nuestro modo de ser.

Una lograda autenticidad observada en los sombreros de tres picos y en las medias de seda, en las zapatillas con hebillas de plata y en los zapatos forrados con raso, en los relucientes chalecos y capas preciosas, en las alegres cintas de colores.

Una autenticidad presente en el aire dieciochesco del Regidor, en las flores que adornan la vara del Alguacil y en la humilde ternura silenciosa de la tristita Suche Malinche. Aquí escuchamos las monedas, las perlas, las cuentas, los dijes, las chaquiras, las sonajas del Macho Ratón, de los machos ratones de nuestra infancia. Aquí volvemos a ser provincianos, parroquianos, pueblerinos de Nandaime o Masatepe, Diriá o Niquinohomo, Catarina o Nindirí; aquí se vislumbra, se columbra el soterrado dolor inmenso del indio, la enmascarada superioridad hispana, conquistadora; la gran fantasía vanidosa o vanidad fantaseada del mestizo, el escenario bufonesco de la Comedia dell’Arte, la picaresca peninsular.

Aquí se capta la minucia justa, reveladora; a los personajes de la obra centenaria y al propio héroe, al Güegüense vencedor de la autoridad, armado de rebeldía verbal y enbustera, irónica y directa, vividora; a don Ambrosio hambriento de cuerpo, harapiento de alma; a don Forsico, forzudo, torcido tórsalo; a los machos, esos seres míticos, gigantescos, que dejan atrás el tiempo y el espacio, la calle y la miseria, para trascender, seguir siendo, perdurar en nuestra memoria.

Pero también, en esa colección de disfraces musicales, Montenegro suelta la poesía en suaves, pálidos colores y en el homenaje al “Capi”, un güegüense como aquel Cirilo Flores del Mombacho y otros tantos de sus personajes a quienes infunde vida.

Un güegüense como el que lleva adentro el nicaragüense anónimo.

Carlos no lo conoce; no mira su cara ni sabe su nombre; apenas oye su apodo y advierte su piel tostada, renegrida, entre sus adornos de Macho Ratón y las callosas manos arrugadas.

Apenas ve sus pies descalzos, polvosos, bailando al son del pito y del tambor, del violín de talalate y del chischil, dando brinquitos y lentas volteretas, cansado, rozando el fin del siglo, tras su máscara de madera o de estopa o de coco, llevando cola de crin o de cabuya teñida. Montenegro adivina su rostro apergaminado, empapado en su sudor y sus ojillos entrecerrados, consumiendo talvez sus nostalgias de niño, cuando danzaba la Valona y el Rujero y el San Martín, dando vueltas y vueltas entre el gentío, bajo el sol, el mismo día. Todos los años.

Con esta serie de nuestro mayor dibujante a plumilla, la Costa Caribe nicaragüense se transforma en una nueva realidad plástica. Concentrada en la arquitectura de Puerto Cabezas, abarca 27 piezas uniformes, elaboradas con un maduro sentido tanto del conjunto como del detalle y con la coherencia temática y semántica que define hace muchos años a este artista del claroscuro.

Producto de una corta estadía de visitante deslumbrado, dicha transformación es fiel a la paciente trayectoria de su dibujo, cuya exclusiva y excluyente meta ha sido el afán de reconstruir, restablecer, recrear la iconografía histórica y la gráfica geográfica, campestre y urbana de nuestra patria. Fiel, aclaro, a su obsesión predilecta o predilección obsesiva por el paisaje de las casonas mohosas, y casas abandonadas, desvencijadas; por las esquinas pueblerinas y casitas solitarias de barro y barrio.

Mas esta fidelidad se enriquece al incorporar Montenegro a su quehacer las curiosas viviendas de madera que dan su toque propio a Puerto Cabezas, sede del gobierno de la Zona Especial I que, en el contexto de la presente, constante e indoblegable lucha por la soberanía y la existencia nacionales, ha crecido y adquirido una importancia notoria.

Montenegro, pues, se integra a esta ineludible lucha con su arma única: el dibujo, capaz de apropiarse una región que para él, cuando transcurría su infancia en el mineral segoviano de San Albino, era desconocida y mítica, remota y recóndita; capaz, repito, de quedarse pasmado, extasiado y plasmar en la cartulina sus nuevos descubrimientos y redescubrimientos del gris añejo de la fachadas con aire señorial, de los balcones y ventanas de formas diversas, cercas y escaleras, viviendas de tambo, patios y arboledas frondosas de follaje. Capaz, insisto, de capturar toda esa armonía atlántica y nublada del húmedo bosque tropical que la caracteriza y puebla de cocales y naranjales, adornada de humildes ropas tendidas, latas y barriles domésticos, frente a las playas mansas y extensas, bajo violentos atardeceres contrastantes.

Con la voluntad de un pequeño Gaugin, procedente del interior de Nicaragua, Montenegro también se conmueve ante la deliciosa, exótica belleza nativa y vuelve a ofrecer su acostumbrado trazo de niñas adolescentes en una de las dos piezas mayores de esta muestra unitaria: “Casonas solitarias” y “Mairen Lupia Bilwás” (“Muchachita de Bilwás”, primitivo nombre en lengua sumo de Puerto Cabezas). Piezas mayores, en tamaño y perspectiva, que no demeritan las restantes ejecuciones, sino que sirven para introducirnos —destacando su tipicidad marítima— a la composición del lugar, a la nueva zona que estéticamente hace suya y rescata.

Rescate de esa pequeña ciudad portuaria de nuestro Atlántico Norte que, en fin, Montenegro logra, eludiendo el obvio peligro del escueto realismo fotográfico con la emisión de las inagotables notas líricas de su plumilla soberana.