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Una nube de posibles preguntas presidía la intervención de Mario Vargas Llosa y amenazaba con eclipsar al novelista en la presentación de su nueva obra, “El héroe discreto” (Alfaguara). Más de un centenar de personas acudieron a la cita en Casa de América, en Madrid.

El autor empezó hablando del proceso de creación: “La imaginación no trabaja en abstracto sino a partir de imágenes reales. La fantasía necesita trabajar con recuerdos y la fantasía es el corazón de toda ficción”. Se refería al origen de la novela, cuyas pistas esparció en toda la intervención.

“El héroe discreto” es la vuelta literaria de Vargas Llosa a Perú, a su vez un doble reencuentro con su vida y su literatura, y de los lectores con él y su mundo literario. Primero porque, después de 15 años, Lima y Piura, las dos ciudades peruanas donde se crió el autor, vuelven a protagonizar sus ficciones; y, segundo, porque ha recuperado a varios de sus personajes como el sargento Lituma, de “Lituma en los Andes”, y a don Rigoberto, de “Los cuadernos de don Rigoberto”.

La novela cuenta la historia de dos hombres, Felícito Yanaqué e Ismael Carrera, que luchan contra sus destinos adversos más allá de las mezquindades y según sus ideales y deseos.

Un viaje a un Perú que ya no es el mismo. Vargas Llosa se muestra complacido por la actual situación de América Latina: “Vive desde al año 2000 un periodo positivo debido a la apertura económica, al libre mercado y su apuesta por la empresa privada. La clase media ha mejorado. Esto ha creado oportunidades que antes no existían”.

Pero las desigualdades continúan –pregunta un periodista–. Él le da la razón, pero asegura que, aunque haya problemas y obstáculos, los países van bien encaminados como resultado del consenso de la gente por un sistema democrático.

El cáncer –lamenta– es la corrupción, y recuerda que su novela también habla de las consecuencias negativas del desarrollo, como corrupción y mafias: “Si hay algo que amenaza el desarrollo es la corrupción. Eso propaga el cinismo, la idea de que todos los políticos son corruptos, y eso es malo”.

 

El País