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Hace muchos años que vengo intermitentemente a Juigalpa. Salgo con no pocas maletas y mochilas de la capital y me enrumbo hacia la postal chontaleña, cuna de algunos de mis hermanos. Allí, el presente no es el mismo que el de Managua. La década no es la misma. Es como si un punto del mapa tuviera la facultad de estancarse en el tiempo y perdurar a su ritmo favorito. Las calles son colinas de adoquines desaliñados, las aceras finas auras de cuadras que a veces quedan debiendo a quienes pasan, a los tejados les falta una teja, hay una catedral, un parque de niños, columpios y bancas.

Los pájaros sobrevuelan una isla de cuadrados y rectángulos que en sus faldas pierde el acomodo colonial y busca estirarse en desordenadas periferias.

Juigalpa es ciudad y es pueblo. Ciudad porque es cabecera de todo un departamento, y pueblo porque es casi exagerado llamarle de otro modo. Está ubicada “de Managua, ciento y resto de kilómetros hacia la nada”. En verano es una imagen seca, árida, amarilla; en invierno es toda verde, cielo gris, violentas ráfagas de lluvia; y, como dije antes, todo es distinto.

Comer gallo pinto y güirila con una generosa taza de café humeante; escuchar durante un rato cómo toda la familia hace bailar con alegría los tenedores y cuchillos (algunos las cucharas); mecerse en una hamaca azul; o simplemente acomodarse en una eterna mecedora blanca… Todo adquiere un sentido diferente. Todo está suspendido en un tiempo apacible, sin tantos pitos, sin tantas noticias, sin tanto… Juigalpa es placer. El placer de sentarse una tarde y ver el mundo, cómo es, cómo debería ser.

En Juigalpa hay un quiosco. Un cementerio de colores. Un bulevar de faroles. Un colegio franciscano. Una barrera de toros a medio hacer que opera como Las Ventas. Unos tanques de agua sobre los cuales peregrinan amoríos. Unos cuantos semáforos nuevos. Unos cuantos hidrantes rojos.

En Juigalpa hay un mirador de lejanías, y en estas, los colosos de Amerrisque cavan sus sueños en tardes de memorias extintas. Son gigantes de secretos antiguos y harían falta muchísimos soles de mañana y nubes de tarde para un día comprenderlos. Mientras, el disfrutar de sus siluetas calladas y el rumor de que son en realidad guardianes tranquiliza a pequeños y grandes.

En Juigalpa tomé un taxi una noche y me sentí olvidado del universo, a años luz de mi Francia turbulenta, donde la gente casi no se mira, donde las sonrisas son caras. Y sin embargo allí estuve, hablando de Francia con el taxista: “¡Ah, pero eso queda lejísimos! Y dígame, ¿qué le parece Juigalpa?” “Diferente.”

Hermosa, pura. La noche con luna pertenece a una luna guapísima, como para dedicársela a algún romance. La noche sin luna pertenece a miles de estrellas que ni Managua ni París conocen. Los paseos en cualquiera de esas noches son inolvidables, saben inmediatamente a felicidad aunque después sabrán a nostalgia... Pero eso no importa porque desde el mirador se está y se está bien. Ojalá con una guapa chica al lado, las manos fundidas en las manos y los corazones diluidos en Nicaragua.