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El mejor homenaje que los antiguos griegos rendían a sus campeones olímpicos, al retornar triunfantes al lugar que los había visto nacer, era recibirlos con epinicios: poemas leídos en su honor y escritos por los más prestigiosos poetas de su región. Las olimpíadas distinguieron y engrandecieron a las ciudades de Grecia —Olimpia, Corinto, Delfos, Argólida— casi durante un milenio, hasta que desaparecieron o fueron erradicadas con el auge del cristianismo. Su desaparición hubiera sido total de no haber sido restauradas en Francia a principios del siglo XX, con un giro más variado y completamente distinto. El derroche poético de los epicianos desapareció y en la modernidad literaria occidental no ha surgido un espacio real reservado a los deportes.

Poesía y deportes no constituyen, pues, un tópico común desarrollado en la poesía del siglo XX. Pero ello no implica que haya desparecido totalmente. Con la instauración y popularización de deportes como el beisbol, futbol, basquetbol, independientemente o en juegos olímpicos, brotaron textos notables en el pasado siglo dedicados al deporte en la poesía europea, norteamericana e hispanoamericana.

En lo que respecta a la poesía nicaragüense del siglo XX existen también cantos epicianos que podrían compilarse en una antología. Vienen a mi memoria, en orden cronológico: “Oda a Alfredo di Stefano” de Eduardo Zepeda-Henríquez, “Poema para un hombre llamado Roberto Clemente” de Horacio Peña”, “Oda beisbolera a Denis Martínez” de Julio Valle-Castillo, y “El mocetón de Oklahoma” de Juan Velásquez Mollieri. Por otro lado, Nicolás Navas y Roberto Cuadra cuentan en su haber con un buen número de poemas dedicados al beisbol que permanecen inéditos.

A esta lista es imprescindible añadir de manera especial a Jorge Eduardo Arellano, quien desde su primera antología poética, La entrega de los dones, en su primera edición (Managua: Ediciones Americanas, 1978) nos había anticipado algunos sorprendentes poemas sobre glorias beisboleras, los cuales se integraron al poemario Extrabases y otras sorpresas, que hoy, por fin, se decidió a editar.

Entre los poetas nuestros surgidos en la década de los sesenta, nadie mejor situado que Arellano para trasmitirnos las hazañas, hechos, anécdotas y mejores momentos de las primeras décadas del beisbol en Nicaragua. Extrabases y otras sorpresas es una verdadera incursión épica que rescata el nacimiento y formación del deporte dominante en nuestro país. Este poemario nos encara con verdaderos héroes que dieron lo mejor de sí a Nicaragua, que nunca recibieron mayor retribución que el aplauso y el entusiasmo de un público que llegó a valorarlos y amarlos. Si bien nuestros cronistas deportivos (“El Kaiser”, Chale Pereira Ocampo, Leonardo Lacayo Ocampo y otros) los han mitificado y ensalzado en su momento oportuno, el acceso a estas crónicas significó desenhuaracar archivos y viejos infolios en nuestra hemeroteca. Arellano, como profesional de la historia, se tomó a pecho esta investigación en su libro El beisbol en Nicaragua / Rescate histórico y cultural: 1889-1948 (2007 y 2008); pero ahora el Arellano poeta, canta, recuerda y evoca a estos atletas de nuestro deporte rey, en auténticos epinicios, como nadie nunca sistemáticamente lo había hecho en nuestro ámbito poético, ni creo que hasta ahora alguien lo haya intentado a nivel regional e inclusive hispanoamericano.

Esta incursión “epinicia” se sustenta no solo en crónicas de momentos célebres de nuestro beisbol, como la de Tex Ramirez (“La odisea de las olimpiadas”, 1925) y en memorias de cronistas deportivos, artículos de periódicos y revistas, sino también en su testimonio de niño, cuando frecuentaba los campos de beisbol, y más tarde devino jugador él mismo. Así poder enorgullecerse de haberle pegado un hit al tico Danny Hayling del Oriental, en un juego que era de exhibición.

La particularidad misma de Extrabases y otras sorpresas —poemario consagrado al nacimiento y desarrollo de un deporte en Nicaragua— hace que su verbalidad y discurso poético se salgan de los cánones habituales de la lírica, recurriendo al tono narrativo de un partido de beisbol y al pastiche mismo de la crónica deportiva. De esta forma convierte el lenguaje de estos, o sea el lenguaje típico del beisbol, en los componentes de la estructura poética formal.

La intertextualidad, el recurso constructivo literario del siglo XX, funciona En extrabases… incorporando modelos literarios adaptables al sujeto poético, como la Spoon River Antohology de Edgar Lee Masters o The People, Yes, de Carl Sandburg, sin excluir la poesía nicaragüense desde El Soldado desconocido de Salomón de la Selva hasta la de José Coronel Urtecho.

Entrar a la lectura de Extrabases… es como entrar a un inesperado salón de la fama del beisbol nicaragüense, donde nos situamos frente a retratos de grandes peloteros nuestros (Stanley Cayasso, El serpentinero Solórzano, Jonathan Robinson, Antonio Romero) visibles en desvaídas fotos recuperadas de crónicas de periódicos, pero ayudados por un audio que nos termina de delinear lo que casi se ha borrado. La misión de Arellano es darle luz a ese pretérito olvidado de nuestras grandes glorias beisboleras, delinear sus contornos y fijar sus escuetos datos biográficos para revelarnos unas semblanzas que las hagan perdurar en nuestra memoria, a través del toque verbal que únicamente puede otorgar la poesía.

Solo es posible la lectura entusiasta y satisfactoria de los textos que conforman este poemario si realmente amamos el beisbol, y de pronto nos encontramos imbuidos en la rememoración de seres que entregaron lo mejor de sus vidas para que este deporte goce de la calidad y prestigio que hoy posee. Creo, además, que se trata de un poemario para leerlo en voz alta en círculos de amigos amantes de nuestro deporte rey como efemérides de héroes marginados de nuestra historia.