•  |
  •  |

Tuve la dicha de estar con el maestro César Izquierdo. Es un artista auténtico, de carne y hueso, que ejercita la libertad creadora. Me anduvo por salas y habitaciones enseñándome cuadros, esculturas, dibujos, técnicas, trazos, pinceladas y poemas; trabajos de ayer, de mañana. Tiene una recopilación de obras que suma una fortuna, ¡un tesoro invaluable! “Le pueden robar”, advertí. “Sin firma no valen nada”, dijo.

César es considerado uno de los artistas plásticos más exitosos de América Latina. Es un hombre que por dentro lleva un paisaje hermoso.

Lo conocí de oídas en 1965 en Managua, pero ya en 1963, junto con Alejandro Aróstegui y Amaru Barahona, había firmado el famoso Manifiesto PRAXIS. Fue cuando la pintura levantó paletas y pinceles reclamando justicia en mi patria. Cuando los pintores de PRAXIS se insurreccionaron. Cuando muchos creímos que Dios se negaba escucharnos.

Nos reencontramos en el Palacio Nacional de la Cultura de Guatemala. Pedíamos ayuda para enfermitos de “lisosomale”. Pues qué, ¿acaso huyeron mecenas y filántropos? César es dueño de nada y dueño de todo. Él fusiona la pintura con la música y poemas, o sea que enriquece tres mundos.

Sé que durante años tiene andarín de indio, tiene paso largo, y lo miran como héroe de bronce que golpea la injusticia, y lanza las peores maldiciones a quienes cometen desaciertos premeditados. El mundo tiene más sentido para él cuando se encuentra con Aracely. Aracely, mujer pequeña, inteligente y bonita, que lo cuida y lo consiente.

En su casa solariega hay yerba salvaje, naranjos floridos, aguacates verdes y flores de luces que se levantan. Dominándolo todo, una estatua del Cristo Negro forjado en hierro y metal por el artista nicaragüense Noel Flores.

Entrando huele a pintura de lienzo y arco iris invernal. Su casa es como un mar de la vida con tesoros sencillos y también complejos. Guindados: Diego Rivera, Frida Kahlo, Guayasamín, Arnoldo Guillén, Alejandro Aróstegui, Pérez de la Rocha, Van-Gogh, Picasso.

Poemas enmarcados de Neruda, Vallejo, Darío. Hasta el lavadero de la “Nana” saturado de dibujos y pinturas… “Es como un tributo a ella”, ríe, y nos abrazamos con energía.