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El cine nació a finales del siglo XIX en Francia, es decir Europa y ella le dio su sello y sigue marcando el paso. Si le quitamos el ropaje, el oropel con que lo cubrió Hollywood… nos queda simple y sencillamente: puro cine. Eso es “Balada de un hombre común”, de Ethan y Joel Coen, puro cine puro.

Los hermanos Cohen nos dicen con este film que son unos cineastas en todo el sentido de la palabra, que conocen su arte, el arte integral más completo que existe; que han convivido con los clásicos del cine, la literatura, la música, el teatro y la pintura; que pueden construir una historia, la vida de Llewyn Devis, un joven cantante de folk sumergido en el universo de Greenwich Village en 1961 y luego filmarla como lo haría Antonioni: con la maestría en el tiempo y los accidentes de este antihéroe. Un cantante fracasado en todos los aspectos de su vida. Viviendo en alguno de los círculos del infierno del divino Dante.

Círculo cerrado, lacrado, que se repite ad infinitum. Por eso la película termina como comienza y comienza como termina y no sabemos si el tiempo va hacia adelante o hacia atrás; por la magistral estructura de los Coen.

Llewyn Devis es un cantautor cuyo carácter y destino están terriblemente marcados por una soledad que se puede palpar, tocar en el frío de la butaca. Una soledad como la de un Hamlet en la incomprensión de todos, con una Ofelia que en vez de endulzarlo, lo ofende. Rodeado de seres que lo humillan continuamente, al no comprender su rebeldía ante los dioses. El Olimpo a oscuras marcando su destino. Todo está en su contra y para que no se salga de ese infierno tiene como Cancerbero, no a un perro… a un gato naranja que lo mantiene dentro del círculo todo el film; porque estamos hablando de la esencia humana, “el ser y la nada”… como diría Sartre.

Llewyn comienza y termina en el suelo de un callejón sin salida apaleado por “nadie” conocido, que puede ser un miembro del averno, viendo perderse el taxi en que se marcha su agresor… mientras musita en francés… au revoir.

Hacía tiempo que un film no me dejaba noqueado, sin fuerzas para levantarme. Una muchacha de la fila dijo: “¡Que horrible película!”. En silencio me dije: sí, horriblemente cinematográfica en su pureza. Luego avancé sobre el pasillo blanco de Metrocentro mientras en los parlantes se escuchaba un extraño bolero ranchero, y a esa hora indeterminada de los espacios vacíos, un gato naranja caminaba delante mío.