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Los novelistas se obsesionan con las vidas inconstantes o pesarosas, al igual que los paleontólogos con los huesos más descompuestos o astillados que les puedan figurar especies que alguna vez fueron extraordinarias o incalificables. No importa el tiempo. Lo valioso es la dimensión que les recrea o inventa el novelista, quien –al igual que todo artista– tiene el deber de poner en vitrina y en trampolín a sus personajes.

Igual sucede con la música. Grandes fragmentos o guiones de algunas óperas italianas fueron alguna vez canciones o tragedias de pueblo que luego recogieran Verdi, Puccini, Leoncavallo; o el mismo Mozart incorporara a su repertorio musical más elevado. El fin yace en el enaltecimiento.

Algo así sucedió con Amanda Solano, como figura central del libro del escritor Sergio Ramírez, en su obra: “La fugitiva”. Es un relato hecho por tres amigas de ella ---medio ficción y media realidad---; pero ciertamente bien recogidas por el novelista nicaragüense más universal.

Desde que la comencé a leer me la figuré como un personaje de Jan Vermeer (Delft, Holanda, 1632-1675). ¿Acaso no podría ser Amanda Solano la “Muchacha dormida en la Mesa” o “La mujer y dos hombres” o “La Dama con su sirvienta”?

La trama de la novela es simple: oír los relatos de tres de las amigas de Amanda, una novelista frustrada, bella y de carácter liviano; que vive una existencia llena de penas, sufrimientos y amarguras; que deja su Costa Rica; que busca la fama en la literatura, pero que termina su vida en un rincón predecible de tragedias. El prototipo del artista (¿o de muchos artistas?) que nunca sobresale porque vive en un mar oscuro de pesar y tragedia, como un personaje sombrío de esos que pintaba Edouard Manet.

Don Sergio Ramírez se luce en el uso del lenguaje: plural, de varios acentos; de varias clases, gremios, castas, grados, nacionalidades, geografías. Algunas veces va de lo zafio a lo refinado; pero sin quitarles gracia o dignidad a aquellos que personifica. Es magistral, sin ser ostentoso. Es vasto, sin ser pretencioso.

La primera relatora nos narra, más con sentido histórico, una Costa Rica social, chismosa, moralista y campechana. Se entrelazan algunos personajes ticos famosos, nicaragüenses, guatemaltecos, cubanos, y uno que otro chileno; luego abundarían los mexicanos. Pero uno siente los modismos costarricenses desprenderse en el relato inicial, casi esquinero de un San José en ciernes: un vecindario frío, lloviznoso y educado; de políticos criollos, inmigrantes y exiliados, o patriotas que, con mucho civismo, quieren hacer una nación muy distinta a las de sus vecinos.

Pero todas imbuidas de provincianismo, y sin nunca poder dejar de ser laboratorios sociales de revoluciones, golpes de Estado, exilios, y emigración y transito sutil pero impactante de artistas y políticos desvalidos y desvalijados.

La segunda relatora, también versada en la literatura, es una mujer cultísima que todo lo enmarca en los personajes más renombrados de las grandes obras novelísticas, el teatro, la música clásica. Su misión no es recordar a su amiga Amanda, sino tratar de interpretar su sique, su vida trágica, desorientada, inconforme. Pero nunca vengativa.

La tercera es una renegada que huyó de Costa Rica por su lesbianismo. Se hizo cantante mexicana. Y habla como mexicana. En su cronología oral con y sobre Amanda, atraviesa un pedazo de la historia de México –años 30 y 40–, con gracia natural; pero pasando todos los linderos de un México que reafirma su orgullo y su influencia en la vida de una América Latina vecinal, inestable y revoltosa; pero, a la vez solidaria, fantasiosa y ritualista.

Acá Diego Ribera y Frida Khalo tienen un rol importante (también lo tendría otro destacado nicaragüense: Salomón de la Selva, y otros poetas y políticos). Pero Diego y Frida parecen resucitar sin ambages y arremeter contra todo precepto moral, religioso, social o político. Son personajes ratificantes del anti-convencionalismo, el contra-corrientismo, sin vergüenzas ni pudor. Son antihéroes heroicos para los que les ven con ojos de desafío a los cánones sociales.

Amanda muere joven. Tiene la maldición de no conocer la felicidad (¿por ser artista… tal como lo sentenciara Manuel Machado?)

La novela es fuerte en su carácter y prosa, sin pretender la intriga o el endiosamiento de la heroína de pies frágiles. Siempre los hilos de la narración se hilvanan con esa gracia latinoamericana surgida después del “boom”, donde se suscitan mezclas de nuevos estilos y saltos en el tiempo. Flaubert, Maupassant y Faulkner fueron sorbidos para engendrar una forma que da brincos de lo social a lo político, de lo histórico a lo fantasioso, de lo sublime a lo perverso, de lo moral a lo libertino. Todo salta en la rayuela provinciana de ladrillos estilizados traídos de las urbes refinadas e industriales de Europa o Norteamérica.

En esta novela, Centroamérica y Latinoamérica reescriben sus aquellos días inadvertidos –o ensimismados– que se dieron entre la Gran Depresión y todo el drama de la Segunda Guerra Mundial. Pero acá han surgido con más imaginación, sin tapujos ni inhibiciones.

Uno al final se da cuenta que la fugitiva siempre vivió huyendo: de sí misma, de la sociedad, de los convencionalismos, de su suerte, de su patria. Pero, incluso, cuando se está muriendo o se le está enterrando, se tiene esa certeza de que Amanda está viva, sigue viva; y es grandiosamente bella y conmovedora.

Lo que hizo Don Sergio Ramírez fue revelarnos las otras caras e interioridades de la belleza física de Amanda Solano: las que pocas veces vemos. Y nos mostró el camino por donde ella pasó, y las huellas que dejó más allá de su vida. Aunque nunca hubiera existido.