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En la época vanguardista, las mujeres escritoras crean una nueva voz, diferente de la novedad expresiva de los escritores vanguardistas, “las mujeres diseñaban en efecto otros marcos de referencia; se movían con otro “tempo y andamento”, otras son las metáforas de identidad desarrolladas por las mujeres durante este período, que algunos críticos enmarcan dentro de una década y que duró casi un cuarto de siglo.

La mujer ha sido significada desde nuestra tradición literaria, como madre o como ángel, como mujer fatal o como un demonio, poseedora de todos los vicios y todos los males, inductora de pecado, como Eva, como Pandora. Así, desde la mitología clásica, las diosas se presentan como imágenes arquetípicas de hembras humanas, tales como las veían los hombres. Los mismos, desde la antigüedad hasta el presente, han visto a la mujer sólo en uno u otro papel: Atenea, intelectual asexuada; Afrodita símbolo sexual, mujer frívola y mujer objeto, y Hera, respetable esposa y madre.

Desde esta tradición, el análisis de las relaciones entre los dioses y las mujeres, nos revela la vulnerabilidad femenina y su pasividad, ya que estas mujeres nunca tentaron ni sedujeron a los dioses y, sin embargo, fueron víctimas de su lujuria espontánea.

Algunos de los mitos que suministran argumentos a las tragedias clásicas, describen hazañas de mujeres fuertes. La polaridad macho-hembra evidente en los mitos de la Edad de Bronce, puede ser explicada haciendo referencia a un verdadero conflicto entre una sociedad matriarcal prehelénica y el patriarcado introducido por invasores.

Siempre visto desde una mirada masculina, la literatura nutrió las imágenes femeninas que nos llegan hasta hoy; consolidado con conductas sociales y políticas, se fue tejiendo el entramado social que figuró a hombres y mujeres en determinados roles.

Desde este lugar, la mujer siempre fue lo otro, aquello que no tenía voz, sino a través de la voz masculina.

En la década de los años veinte, las vanguardias artísticas “tenían como denominador común la oposición a los valores del pasado y a los cánones artísticos establecidos por la burguesía del siglo XIX y comienzos del XX, ellas se distinguieron no sólo por las diferencias formales y por las reglas de la composición, sino por su toma de posición ante las cuestiones sociales”.

Las oposiciones simbólicas, tales como: cerebro- corazón, cuerpo- alma, activo- pasivo, derecha- izquierda, forman parte de una tradición cultural y religiosa, que se inserta dentro de un sistema de simbolización de tipo genérico -sexual, y se institucionaliza, por decirlo de alguna manera, determinando una visión que sitúa a la mujer y al hombre en esquemas tradicionales y estereotípicos.

Corazón y cerebro, como símbolos antagónicos de una expresión lingüística, refleja una de los tantos símbolos existentes en la trama semiótica tradicional, que conforman arquetipos en una estructura social sobre lo masculino y lo femenino.

El signo mujer, como construcción simbólica, asocia a la mujer con la naturaleza y el cuerpo, esta distinción que viene desde Aristóteles, sitúa en otro extremo al hombre, asociado con la cultura y el alma. De esto se desprenden otras dicotomías simbólicas, como: forma/ materia; activo/ pasivo; completo/ incompleto; perfecto e imperfecto.

Estas dicotomías sitúan a lo femenino en el sitio de lo pasivo e inconsciente, de lo débil, intuitivo y sentimental, simbolizado por la tierra, el agua y la luna, forman parte del acervo cultural occidental, y a veces hasta oriental, donde la mujer, se conformó en deidades de tipo pasivo como la tierra, capaz de engendrar y a su vez matar.

Lo masculino, representado por imágenes cósmicas del cielo, el sol y el fuego, semantizado a través de la fuerza, de la inteligencia y la razón, ubica el signo hombre en lo activo, completo y racional.

Estas dicotomías, que constituyen la base de los estudios estructuralistas, liderados por Greimas y Julia Kristeva, sostienen que en todo discurso (poético o narratológico) se da la oposición hombre/mujer, blanco/negro, bueno/malo etc.

Pero estas dicotomías se derrumban ante el empuje de los versos Del Cristal al Acero, donde la autora diseña un nuevo arquetipo destruyendo el tradicional rol femenino-pasivo-materno-hogareño-débil-incompleto. La mujer objeto-víctima-del-deseo va sufriendo una metamorfosis, se yergue la “estatua de carne” cantada por Darío, cobra vida, y se empodera, hasta ser ella quien decide su propio destino.

Desde el poemario Mi vida en treinta lunas habíamos presenciado ese emerger del papel de mujer víctima y alzar sus propias alas. Acá, con cada poema, la mujer se define en la unicidad del ser. Los opuestos dejaron de existir. Veamos estos versos:

“Penélope tira la tela y desnuda danza/ danzas milenarias de vientres ansiosos” (12) De entrada, nos deslumbran estos “atrevidos” versos: Penélope ha sido el arquetipo de la mujer fiel, que espera decorosa, el regreso de Ulises, tejiendo y destejiendo la túnica, para engañar a los pretendientes; pero aquí nos presentan una Penélope como bailarina de vientre desnudo (¡horror!)

La mujer que revela el yo poético de este libro es el negro fusionándose con el blanco en eterna danza, el yinyang diluyéndose en el universo poético: “Soy planeta y órbita… equinoccio y solsticio” (243) y en el poema Mi credo personal (245) afirma creer en el “balance del gris/ como punto intermedio”. Hay un deleite por unir los opuestos y emplea para ello novedosas y audaces metáforas.

Observamos la creación de un nuevo arquetipo de mujer, donde el sometimiento, la pasividad, la mansedumbre femenina se han trocado en un airado gesto de protesta, en un retomar la mujer su propia voz, ya no es la pasiva Penélope, ahora la mujer clama: “y seré yo/ quien te cante el alfabeto/ con grandilocuencia/ y prestancia! Ella crea nuevas palabras que le permitan de forma espontánea entonar sus cánticos o escribir sus versos.

En el poema “Sé que puedo” afirma ese deseo de crear voces nuevas, nuevos paradigmas, de romper tabúes, de crear un caos del cual nazca una nueva forma de ser y expresarse: “que mis manos alfareras/ moldeen alfabetos nuevos/ poesías híbridas de pasión y dureza/ pequeñez y grandeza…” …. “Que puedo renombrarme y hasta cambiar mi apellido/ destrozar y martillar tabúes/ encarnados en mis sienes/ … Sé que puedo / regalarme un mundo/ parido en mi placenta de versos.” (256- 259)

Yelba Clarissa inventa su propia simbología para representar el arquetipo femenino, un arquetipo novedoso que es la síntesis de los opuestos. Crea sus propios semas para definirse como “glifo sellado”… “Éramos parejas disonantes/ nieves sin polos letras sin libros/ una pared rajada de sombras insomnes”.

En el poema “Floreciente” encontramos audaces metáforas e imágenes que se nutren el más puro surrealismo: “Se silenciaron los estertores de la agonía/ el fantasma jadeante debajo de mis pies moría”… Eres el estertor ciclónico y arrasante que confiscó mi vida/ por algunos denarios y escupitajos de luna” (123)

Hay en los versos de este poemario un fuerte sentimiento de amor/desamor, que deviene en rabia, ira, deseo de romper con los roles establecidos por el patriarcado.

La poesía, dice Octavio Paz, es “locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo… pura e impura, sagrada y maldita, colectiva y personal, desnuda y vestida… el poema es una careta que oculta el vacío”.

Locura, éxtasis, juego, coito, nostalgia, confesión, pasión, búsqueda, esto y más es el poemario de Yelba Clarissa Berríos Del Cristal al Acero. Escrito en un tono confesional, con la modalidad, que la confesión se hace en voz queda, acá la autora lanza gritos desgarrados para expresar sus angustias, anhelos, revoloteos universales que llegan más allá de las galaxias.

Definitivamente, estamos ante una poesía novedosa, escrita con la piel desagarrada de pasiones, sentires y pesares, envuelta en un léxico elaborado y llenos de luces nuevas. La autora se aventura en desbordados hipérbaton, neologismos, y adjetivos resemantizados, con lo que Yelba Clarissa se acerca con tentadora mirada al neobarroquismo poético, sin olvidar las huellas del surrealismo, en el que se advierte, se ha nutrido, especialmente, de la poesía francesa.

Explosión, surtidor, implosión, fuegos artificiales, son de toros, arpegios sublimes, cantos gregorianos; Cibeles iluminada, vertiendo sintagmas resemantizados, es lo que sentimos y vemos al leer este nuevo poemario de la autora.

 

Mayo, 2013.