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Juan Aburto no fue para nosotros don Juan, sino Juanillo, sólo y simplemente Juanillo. O, a lo sumo, Juanillo el Aburto, como diría Chepito Cuadra, su entrañable amigo tardío en la creación como él.

Juan nunca fue para nosotros sus discípulos que aprendimos de él el verso y el verbo, un solo juas; intento decir; una sola, cortante, presuntuosa referencia olvidada, sino una fuente irrepetible e insustituible de cultura literaria, viva y entusiasta, alegre y esperanzadora. Un guía permanente y un amigo inigualable, accesible a diario y sin previo aviso a los ocasos de la vieja Managua que amamos tanto sin saberlo y perdimos para siempre.

Juanillo fue para mí un corrector de errores y un poético corruptor de jóvenes tímidos o temerarios; un corredor de nutrientes experiencias cantineras, no siempre pendencieras; un sabedor de todo aquello que es necesario conocer para ser un escritor y que él transmitía sin ninguna exigencia, salvo las de la pureza y la autenticidad.

Juan, Juanillo Aburto, el pulcro empleado bancario de traje y sombrero cuya elegancia capitalina preterremoto del 31 mató de envidia a un insidioso parroquiano llamado Pérez Luna, cumplió los 70 abriles que en su caso fueron mayos. Y sus amigos, que nunca dejamos de serlo (a pesar de sus naturales divergencias con los no amigos, nunca enemigos) se los celebramos como en los irrecuperables años 60.

Entonces tuve la gracia de conocerlo en El Munich, detrás del Palacio Nacional, o de su esquina suroeste, el 24 de diciembre de 1963, a las 9 de la noche, cuando ambos éramos jóvenes (él tenía 45 y yo 17) y compartíamos la conversación, cerveceando con un cicerone (Beltrán Morales) y otros jóvenes de los cuales no quiero acordarme, excepto del impresionante sonto pero nunca tonto Octavio Robleto, quien acababa de proclamar en un epigrama que su novia se parecía a una vaca.

Pero después de la conmemoración septuagenaria de Juan, su debilitado corazón no soportó la alegría que le produjo aquella y se nos fue. Yo lo vi el primero de agosto de 1988, con sombrero y bastón dirigiéndose a la fiesta de Santo Domingo y le grité desde el taxi que alquilo a don José Olivares Barba.

—¡Juanillo Aburto!

—Adiós, puetá —me contestó, despidiéndose de mí para siempre.

Sin embargo Juanillo, mentor y la floración de la nueva literatura nicaragüense casi durante cuarenta años continuará siendo la leyenda que todos forjamos de un joven antimatusalénico que bebió con Darío en la casa Prío de León y asistió a su entierro. Que se bañó en Poneloya con Alfonso Cortés el día de la pedrada que lo volvería loco. Que anduvo con Azarías H. Pallais de monaguillo en Corinto y visitando, en compañía de Lino Arguello, las tumbas de sus pálidas novias. Que sirvió como Secretario de Actas a Salomón de la Selva en las fundaciones de los sindicatos campesinos de Chacaraseca y Lechecuajos en el departamento de León.

Juan seguirá siendo para sus amigos escritores el escrutador de las miradas de esos grandes poetas y de los otros más o menos grandes: de la armoniosa y embriagadora de Cardenal, de la chispeante y líquida de Mejía Sánchez, de la recóndita y milenaria de Pablo Antonio, de la ancha y desoladora de Ana Ilce, de la ávida y pánica de Martínez Rivas, de la globular y posesa de Coronel Urtecho, de la anhelante y enigmática de Daysi Zamora, de la inmensa y lejana de Rosario Murillo, de la oscura y diminuta de Gioconda.

Juanillo seguirá siendo para sus discípulos el atento lector y acertado crítico oral que fue, el detector intuitivo y pleno gozador de la emoción lírica, el intimador de Joaquín y de Manolo (sus grandes compañeros de bohemia y poesía), el orientador de la mal llamada Generación del 60 y sobre todo de Sergio Ramírez, nuestro más completo narrador, a quien enseñó la existencia de Dostoievski, Faulkner, Poe, Hemingway, Maupassant, Ambrosse Bierce, O’Henry, Howard Fast y Chejov.

Juan Aburto será lo que, más que nada, fue: el primer narrador urbano de Nicaragua, como lo observó –también en su momento y con su certero ojo avizor– Fernando Gordillo. El primero que tradujo, en indelebles prosas narrativas, la expansión y transformación lenta y contradictoria y contrastante de la Managua anterior al terremoto de 1972 y de la vida de sus barriadas y los vecindarios semiprovinciarios y semirrurales. El primero y acaso el último.

Juanillo, el Aburto, seguirá vivo como prosador de la leyenda azul de Luis Carlos López, barbero: de “La noche de los saltones” o chapulines, de “Cándida” y del “Chechereque”, de “El gato”, y el “Sisimico”, de “El hijo pródigo” y “Chepe”, su amigo. Perdurará en “Desesperados” y “Madre Superiora”, en “El Grillo” y “Los espectros de Estelí”. Sobrevivirá, una vez más, en “Sacarse todos los huesos” y con su Managua en la memoria.

En fin, Juan Aburto —a quien hoy soterramos y despedimos en el Cementerio General de su amadísima Managua— seguirá en el recuerdo de Rául Elvir y Octavio Robleto (sus más cercanos compañeros), en Silva (su crítico fraternal), en Mario Cajina Vega (su biógrafo y máximo creador de su mito), en Juan Francisco Gutiérrez (lejano en la Costa Rica de su Gracia),en Carlos Perezalonso (su íntimo colega de burocracia), en Napoleón Fuentes (su último ángel guardián), en Ramiro (huraño) y Fanor (autoexiliado) en Rocha y en Julito (oportunos en rendirle el justo homenaje), en Uriarte e Yllescas (sus primeros briosos pupilos de los 60, en todos aquellos que nos acercamos a él y compartimos largas horas nocturnas y noctámbulas, inolvidables e inoxidables, en la Managua de la que aún somos sobrevivientes.

¿Y en mí? ¿Qué puedo decir de Juanillo? ¿Mi constante censor y proveedor y animador? ¿De su amistad paternal, que no paternalista? Yo intenté expresarla en un prematuro y deficiente epitafio, publicado a finales de los 60 en una página que le dedicamos Luis Rocha y yo:

 

“Si en varios lugares

Quedará su nombre

Sea éste uno de ellos

Pues cada una de sus palabras

Alimentaba nuestra Esperanza.”

 

(Tomado de Ventana, 13 de agosto, 1988)