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En Sandino ante la historia (Managua, Banco Central de Nicaragua, 2013) —bibliografía clasificada y anotada donde registro más de trescientos textos publicados entre 1928 y 2009— figuran siete novelas inspiradas en la gesta de nuestro héroe nacional por antonomasia. Tres de ellas datan de los años 30 y aquí serán analizadas. Las restantes son las siguientes: Tormenta en el Norte (1947), de Madame Fleure, pseudónimo de Carmen Talavera Mantilla; La vida del capitán Rebrujo (1971), de José Salomón Delgado; Memorias / De los yanquis a Sandino (1972), de Jerónimo Aguilar Cortés; y El Chipote (1979), de Clemente Guido Chávez.

La novela es “la historia privada de una nación” —sostenía Balzac. Pero también en sus mejores representantes se puede leer lo esencial que concierne a la vida de un país. Y la resistencia nacionalista de Augusto C. Sandino constituye un acontecimiento esencial de Nicaragua. Por eso las primeras novelas que han ficcionalizado su actuación histórica están presentes en mi obra La novela nicaragüense. Siglos XIX y XX (1876-1959), aparecida en 2012.

La novela malograda de PAC

En ella, por ejemplo, hablo de la novela de Pablo Antonio Cuadra, terminada en enero de 1933, pero que no se editó, quedando apenas la siguiente noticia de ella: “tenía de protagonista a Miguel Ángel Ortez y el narrador: un personaje que huía de la Constabularia y se pasaba a las fuerzas de Sandino”. “Fracasé —anotó Cuadra en una libreta de apuntes—. Coronel Urtecho fue mi juez; me dijo que estaba muy floja (muy influenciada, además, por Don Segundo Sombra) y que volviera a escribirla. Nunca lo hice. Un resto de esta aventura es el cuento Eleuterio Real”.

Luego, en el caso de la novela El Silencio (1935) de Juan Felipe Toruño, señala la presencia tangencial y mítica de Sandino: “un romántico de la libertad”, cuya “figura gigantesca levanta la bandera del honor continental”. Pero le corresponden a otras dos novelas, escritas el mismo año de 1935, el mérito de ser pioneras en la temática.

¡A sangre y fuego! de Alfredo Cantón

La miticidad de Sandino articula la primera novela concreta sobre su gesta. ¡A sangre y fuego! (1935) es su título y tiene de autor al panameño Alfredo Cantón (1910-1967), egresado de maestro y bachiller del Instituto Pedagógico de Managua.

Amplia en su dimensión temporal y espacial, la obra se editó en San José, Costa Rica. Demasiado extensa, consta de 500 páginas. Un inmenso tesoro aurífero, oculto en la montaña sagrada del Musún, es el meollo de la trama. El protagonista, Emilio Martínez —huérfano adoptado por un caficultor de las Sierras de Managua— es el heredero de ese tesoro y el escogido para cumplir una misión suprema. Pero Emilio, último descendiente del cacique Nicarao, olvida su misión, optando por los placeres carnales en El Salvador y Guatemala. En consecuencia, Netzahuatl —sumo sacerdote atlántido que insurge de las entrañas del Musún— traspasa a Augusto C. Sandino “el Fuego sagrado, símbolo del Sagrado Amor a la Patria”, diciéndole:

—¡Hijo mío! Tú solo acudiste a mi llamada; tú serás el caudillo que salve el honor y la causa de nuestra Raza, porque aquel a quien yo había destinado se ha hecho indigno de ocupar el pedestal de los héroes. De Jefe que debía ser, será un oscuro soldado y solamente lo dejaré lo que nadie podría quitarle por ser suyo: los tesoros inmensos de la montaña sagrada.

Emilio Martínez y Mister Brown

Emilio Martínez había sido condiscípulo, en la Escuela Anexa de los Hermanos Cristianos, de Manuel J. Morales Cruz (moreno, cabeza abultada y gordo como lata de manteca) y de Alfonso Henríquez. Pero si el primero queda perfilado como un personaje menos que secundario, el segundo se destaca por seguir a Emilio, incorporándose al Ejército Libertador de Sandino para expiar la culpa de haber incumplido su destino. El encuentro entre Emilio y Sandino es memorable y el inicio de la resistencia sandinista a las fuerzas interventoras está bien construido:

Emilio extrae parte del oro del Musún y lo entrega a Sandino. Este, en su viaje a México —donde se entrevista, secretamente, con delegados oficiales del Japón y firma con ellos una alianza—, vende el oro por sesenta cinco mil dólares y adquiere abundante armamento de muy buena calidad. Por su lado, Emilio es nombrado Séptimo Capitán de la Columna Fatídica, la más terrible y temible de las fuerzas sandinistas: una espada de Damocles colocada sobre la cabeza de cada marino americano apenas pisa las Segovias. Sin embargo, muere a causa de una celada tendida por una mujer que un gringo, Mister E. Brown, logra introducir entre sus filas.

Brown es el personaje más logrado de la novela. Casi omnipresente, se desempeña como agente del gobierno de los Estado Unidos, caracterizado por su energía indomable. De hecho, el autor lo involucra en todos los acontecimientos políticos del país: desde la caída del dictador liberal J. Santos Zelaya, que urdió disfrazado de agente viajero, hasta el magnicidio de Sandino.

Largas peroratas —a veces grandilocuentes— y disgresiones excesivas tornan pesada la lectura, no obstante el permanente buen uso de los diálogos. Sin embargo, Sandino es retratado con precisión (de color trigueño, mediana estatura aunque bien proporcionado, en la mirada tenía esa fuerza dominadora del genio), lo mismo que Pedro Altamirano (un hombre en quien se hayan reunidas la ferocidad del tigre y la fidelidad del perro), y se incorpora, fielmente, el ardor bélico del Ejército Libertad (como en la batalla de Jinotega, trasunto de Ocotal, el 16 de julio de 1927). Asimismo, Cantón mantiene el interés en narrar el caso del sargento de la Guardia Nacional Fernando Larios h., acusado (juzgado y condenado a tres años de prisión) por encabezar una sedición contra los marines en el pueblo de Telpaneca (junio de 1929) y por la muerte del teniente Lewis Harold Troller.

El origen y las acciones de la Columna Fatídica del Ejército Libertad se destacan por su dramatismo, sobre todo las de su Séptimo y Octavo Capitán, respectivamente: Emilio Martínez y “La Pantera”, quien al fallecer en combate se descubre que era mujer y amaba a Emilio en silencio. Luego, Alfonso Enríquez, nombrado Noveno Capitán de la Columna Fatídica, sorprende a Míster Brown reunido con Somoza en una quinta fuera de Managua —ya consumado el magnicidio de Sandino— y lo mata. Pero también, abatido por unos guardias, muere.

En alguno de sus episodios, ¡A sangre y fuego! evoca otros de La Ilíada (Sandino llora la muerte de Emilio como Aquiles la de Patroclo); de ahí que Nydia Palacios la haya considerado “un intento fallido de escribir una epopeya nacional”.

Pueblo desnudo o la guerra de Sandino de Salomón de la Selva

Asimismo en mi investigación analizo otra novela sobre la experiencia guerrillera de Sandino y el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, iniciada por Salomón de la Selva (1893-1959) en Panamá y concluida en México el mismo año de 1935. ¿Su título? Pueblo desnudo o la guerra de Sandino. Mas no se editaría sino cincuenta años más tarde.

Pueblo desnudo o la guerra de Sandino es una novela corta —cuatro son sus capítulos— centrada en los años 1928 y 1929. Descarnada, con ímpetu de gesta, su autor despliega numerosos recursos, entre ellos fiel uso del habla popular, plasticidad descriptiva, penetrante caracterización de circunstancias y personajes. Peño y Felícitas, su mujer, representan a los campesinos segovianos incorporados a la lucha.

A Sandino, el héroe, lo describe Salomón como férreo antiyanquista, antirracista, moralista y casi genial estratega. Pero no lo idealiza mucho: reconoce sus justificables actos de crueldad. Aparte del aparente aniquilamiento por bombardeo aéreo de la posición fortificada de Sandino+ en El Chipote, el autor destaca el ingreso de Pedro Altamirano (conocido matón y visceralmente conservador) a las filas del ejército sandinista. Altamirano es descrito así: De estatura mediana, fornido, grueso de cuello, pesado de hombros, con una voz como bramar de toro, era conocido y temido.

También, por citar cuatro hechos más, se registra la rivalidad entre el diplomático Charles Eberhardt y el militar Logan Feland —comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Nicaragua— por la primacía interventora; la campaña electoral de 1928 y sus votaciones del 4 de noviembre, supervigiladas por las fuerzas extranjeras al mando del general brigadier Frank Ross McCoy; las opiniones de los diarios liberales y conservadores [La Noticia, La Prensa, El Diario Nicaragüense] que competían en quemar incienso al yanqui, injuriar soezmente a sus compatriotas y […] se cebaban en Sandino a quien pintaban en tétricos colores. Finalmente, la propia actividad periodística de Salomón de la Selva en La Tribuna, diario de Managua, donde hablaba un lenguaje que no entendían sus compatriotas, respaldando la actitud de Sandino y denunciando los desmanes de la marinería yanqui.

El saqueo de la hacienda “Germania”

Detalles • En uno de sus capítulos, la descripción de Managua como centro inundado por los interventores es magnífico. En otro se narra el saqueo ejecutado por los sandinistas de la hacienda cafetalera “Germania”, cerca de Jinotega. A Sandino le sirve de justificación un hecho ocurrido en la Nicaragua de 1878, cuando el gobierno se vio obligado a pagar una fuerte y humillante indemnización al imperio alemán. La cantidad impuesta fue de treinta mil bambas peruanas, que ahora serían una carretada de córdobas, según el Tata Cura, narrador del acontecimiento con casi todos sus detalles. Una historia fascinante dentro de la novela.

Desde luego, los políticos proyanquistas son motivos de diatriba para Salomón: Moncada y Somoza, el presidente Díaz, los periodistas liberales Hernán Robleto, Juan de Dios Avilés, Andrés Largaespada…, especialmente el primero. Con Díaz estaba el candidato escogido por Stimson para presidente en las elecciones que los marinos harían. Era un quídam de apellido Moncada; calvo, de cabeza en forma de berenjena, de piel blancuzca, con ojos como de gargajo, rugoso de pescuezo; de estatura mediana y entrado en carnes, parecía estar borracho siempre. De hecho, en otras páginas de la Selva insiste en la dipsomanía de Moncada, sustentado en el aguardiente o guaro.

Naturalmente, la figura de Sandino es perfilada —desde las primeras páginas— como la de un tipo consciente de su causa, iluminado, altivo, campechano. Así pronuncia un solemne y persuasivo discurso ante sus hombres. Pero el final de la novela es pesimista. El conflicto entre Eberhardt y Feland es resuelto con el traslado del primero a Costa Rica y del segundo a San Diego, California. Sin embargo, en El Chipotón —la nueva sede del cuartel general de Sandino— el diluvio no amaina. Pedrón decide aplicar el corte de chaleco a los yanques, quienes comenzaron la guerra cortando cabezas. “Yo ya perfeccioné la cosa: son dos golpes seguiditos en lo que uno parpadeya, y abajo la cabeza con el tronco en punta … ¡Es mi pura invención! Sandino le contesta: / —Sí, general. ¡Pero oiga esa lluvia! ¿No le parece que fuera una gran caballería? ¿Como que de ultratumba viniera Bolívar al frente de los libertadores? / —¿Y si no, general? / Sandino agachó la cabeza y parecía que lloraba.

La novela de Alexander

La tercera novela sobre la resistencia nacionalista en Las Segovias correspondió a Sandino / Relato de la revolución de Nicaragua (Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1937) del colombiano Alonso Alexander (1910-1985) y ya fue resumida y valorada en esta sección el 15 de julio de 2013. A ese análisis remito al lector.