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El panorama de la emergencia y evolución de la novela nicaragüense presentado por Jorge Eduardo Arellano abarca, en el primer volumen, ciento diecinueve novelas escritas y/o publicadas en los años 1876-1959. La diversidad de sus estructuras, temáticas y argumentos es tan grande que las teorías de la novela de Georg Lukács, Lucien Goldmann, René Girard o Hans Sanders —concentrándose todas en el tema de la autenticidad e inautenticidad del ser humano en el mundo moderno— no podrían aplicarse a ellas. Solo una definición amplia y pragmática puede abarcarlas todas. “Una ficción en prosa de cierta extensión” es como Abel Chevalley, diplomático francés, anglista, traductor, poeta y novelista, define la novela; y Arellano se sustenta en esta definición, que cita en su proemio. Encontraremos, pues, entre ellas, novelas completas en el sentido estricto, pero también fragmentos de novelas, esbozos de novelas, novelas orales, noveletas de cierta extensión, testimonios, diarios, libros de memorias, etc.

Rescate histórico

El libro de Arellano, fruto de toda una vida dedicada a la investigación, maravilla de rescate histórico-literario y de arqueología del saber, presenta una gran cantidad de materiales desconocidos, y salva de su inmerecido olvido a muchísimos autores y obras. En cuanto a la accesibilidad de los escritos reseñados, los casos no podrían ser más diversos, pero el porcentaje de obras de difícil acceso es muy alto. En un extremo, una novela como El oro de Mallorca, de Rubén Darío, se ha mantenido en librería constantemente desde que fue rescatada por Allen W. Phillips en 1967, y hace poco fue dignificada por una rigurosa edición crítica. Gustavo Guzmán ha tenido más suerte todavía, ya que su novela En Londres fue digitalizada ¡no en Londres sino en París! por medio del programa Gallica de la Biblioteca Nacional de Francia, y cualquier persona con acceso a una computadora con internet puede verla cómodamente en su casa, en su oficina o en un cibercafé.

En el otro extremo, los ejemplos son más frecuentes: The Titanic Tragedy as told by Oscar, one of the survivors, relato de 51 páginas escrito en inglés por José María Moncada, no fue localizado por Arellano, pero parece que hay un ejemplar en la biblioteca del Museo de los Marineros, en Newport News, Virginia. Una novela que trata de los amores de Darío con Rosario Murillo, La Loquita, de Celia Elizondo, quedó inédita; sus más de cien hojas manuscritas y datadas en 1922 fueron copiadas a máquina por Evelyn Urham de Irving, quien donó una fotocopia del texto mecanografiado a la Biblioteca Nacional de Guatemala. Otra, de José Dolores Gámez, publicada en folletín en 1878, fue rescatada y publicada ciento veinte años después por Arellano; de otra (En Italia, de Guzmán) solo existe una fotocopia en la biblioteca de la universidad de Yale; de otra (Lucila, de Carlos J. Valdez) se perdió el texto, pero se conserva una polémica que suscitó; otra, de Fabio Carnevalini, fue descubierta y comentada por Franco Cerruti, y no se supo más de ella; otra (El secreto de Lázaro) quedó como proyecto mental de Rubén Darío, quien la contó con lujo de detalles a un amigo…

Viajes reales

Muchas de ellas evocan en la mente del lector la famosa frase de Darío: “El nicaragüense es emprendedor, y no falta en él el deseo de los viajes y cierto anhelo de aventura y de voluntario esfuerzo fuera de los límites de la patria”. El “deseo de los viajes” —viajes reales o imaginarios—, el gran impulso por salirse de su terruño y abrazar el mundo ancho y ajeno, explica el aspecto cosmopolita de muchas obras intentadas o completadas. La historia universal y la literatura universal se hacen presentes en la novela nicaragüense desde sus más humildes inicios. La primera de todas, cronológicamente hablando, del italo-nicaragüense Fabio Carnevalini, trata de la juventud del canciller alemán Otto von Bismarck. En Amor y constancia, de José Dolores Gámez, Arellano apunta las influencias de Schiller, Ariosto y Dante. Las siete novelas de Gustavo Guzmán, desde Escenas de Londres hasta En Italia, son relatos de viaje novelados, y el “anticomunismo” que Nicasio Urbina observa en Margarita Roccamare —el odio de Guzmán hacia el movimiento de la Comuna de París— se debe en parte a su trato con los escritores franceses, que en su inmensa mayoría —incluyendo al mismo Émile Zola— rechazaron ferozmente aquella “primera dictadura del proletariado”.

Guzmán estaba compenetrado de letras europeas. En El conflicto, su novela histórica sobre la guerra francoprusiana, los protagonistas alemanes se llaman Federico Stern y Guillermo Stern: apellido que recuerda el doctor Karl Sternau, héroe del Waldröschen de Karl May, el folletín más exitoso de la historia literaria alemana, publicado dos años antes de El conflicto. En la misma novela, la heroína femenina, Isolina, por su nombre apunta a otra influencia: la del poeta Catulle Mendès. A lo mejor Guzmán asistió, el 26 de diciembre de 1888, en el Teatro de la Renaissance de París, al estreno de Isoline, “cuento de hadas en 10 cuadros” con versos de Mendès y música de André Messager. Friedrich Nietzsche, que nunca visitó París, encontró una reseña de la obra en su periódico preferido, el Journal des Débats, que solía leer en los cafés de Turín, y dedicó sus últimos apuntes lúcidos a Mendès, “el poeta de Isolina”.

En las novelas fragmentarias de Darío, como es obvio, el cosmopolitismo se convierte en un programa más consciente todavía. Álvaro Blanco, el pintor “llamado cariñosamente Caín por sus amigos”, nos remite a Caín Marchenoir, el héroe de una novela de Léon Bloy, Le désespéré. El hombre de oro, con su escenario de cristianos perseguidos en Roma bajo el emperador Tiberio, me parece que fue inspirado por el ‘best-seller’ Quo vadis, publicado dos años antes: la Lucila de Darío viene directamente de la Lygia de Sienkiewicz.

En los mismos años, el escritor leonés Santiago Argüello, contemporáneo y amigo de Darío, inicia una corriente nueva, que se aleja del cosmopolitismo europeizante y busca su inspiración en la vida autóctona del país. En ¡Pobre la Chon!, ensayo de novela publicado en un periódico de León en 1899 y retomado después por Darío en su Mundial Magazine, Argüello narra el viacrucis de una mujer en un estilo medio modernista, medio naturalista. Un primer punto culminante de esta nueva tendencia lo representan los Recuerdos dolorosos de Cástulo Córdoba, un humilde soldado oriundo de Chinandega que luchó en las filas de Máximo Jerez y participó en el sitio de la ciudad de Granada, en 1854. Sus recuerdos, recogidos y publicados por el historiador José Dolores Gámez en 1909, son el primer testimonio de guerra en la historia literaria nicaragüense.

Cosmopolitismo

A continuación, las dos corrientes, la del cosmopolitismo europeizante y la del realismo costumbrista, evolucionan, a veces parecen caer en decadencia, pero en fin se complementan y se entrelazan. Con Entre dos filos, de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, evocación nostálgica de una Granada que ya no existe, el costumbrismo se hace reaccionario, mientras que en La Factoría, de Gustavo Alemán Bolaños, el cosmopolitismo se hace realista e incluso anticapitalista. La historia irrumpe violentamente en una corriente como en la otra: De mi viaje a París, de Manuel Antonio Zepeda, contiene un himno a la capital de la cultura en el mejor estilo modernista, y a la vez una descripción documentada de los horrores de la Gran Guerra. En Jacinta, de Federico Silva, la trama de un amor romántico, típica del costumbrismo, se corta por la irrupción de la guerra civil, cuando el 30 de junio de 1927, la columna liberal del mexicano Juan Escamilla asalta la casa del protagonista en Ocotal.

Durante los años treinta, en la lejana Europa, muchos escritores e intelectuales se organizan y se integran a los movimientos populares antifascistas. Ya no quieren soportar estoicamente los embates de la historia, sino incidir en ella de manera activa. Durante la guerra civil española, el escritor armado se convierte en emblema. Malraux dirige una escuadrilla de aviación, Hemingway, con Joris Ivens, produce una película antifascista; Robert Capa se disfraza de miliciano para lograr fotos dramáticas. Los novelistas tienen un nuevo programa: el del realismo socialista.

Sandino

En Nicaragua, los escritores enfrentan un reto similar. Surgen las primeras novelas históricas: Pedro Joaquín Chamorro Zelaya escribe sobre los filibusteros, Carmen Mantilla de Talavera sobre los bucaneros. Y, mientras los buenos burgueses miran a Sandino con desprecio, varios escritores se dan cuenta de la importancia de su heroica lucha. Sandino tiene el mérito, entre muchos otros, de haber brindado a los intelectuales del país una temática de dimensiones desconocidas, que les permite alcanzar niveles nunca vistos en el desarrollo de su arte. De esa manera nacen los libros de Alfredo Cantón (¡A sangre y fuego!), Salomón de la Selva (La guerra de Sandino o pueblo desnudo) y Alfonso Alexander (Sandino).

Literatura vs. poder

Manolo Cuadra, el primer escritor moderno de Nicaragua, con su Itinerario de Little Corn Island inicia la confrontación de la literatura con el poder, que Hernán Robleto continuará con Cárcel criolla, y Pablo Steiner con Yo vengo de allá. Ge Erre Ene escribe La creación, novela humorística, parodia del Génesis y sátira del somocismo. José Coronel Urtecho, con La muerte del hombre símbolo, satiriza la hipocresía de los políticos y, en las palabras de Arellano, “plantea la necesidad de una moral auténtica, sustentada en la verdad y un rechazo del espíritu burgués”. Hasta en un libro de corte costumbrista, mejor dicho, de teosofía telúrica, El silencio, de Juan Felipe Toruño, se alza la figura gigantesca de Sandino. Hernán Robleto se conquista un lugar entre los narradores de la Revolución mexicana. Las dicotomías entre costumbrismo y cosmopolitismo y otros esquemas del pasado han quedado atrás, y la novela nicaragüense puede avanzar hacia nuevos horizontes. Con los numerosos libros de Robleto y con Cosmapa de José Román, que Arellano analiza a fondo, la novela nicaragüense alcanza un primer apogeo. Otro, me supongo, queda para el segundo tomo de la obra.

La novela nicaragüense de Arellano deberá fascinar a muchos lectores, tanto dentro de Nicaragua como en el extranjero, donde abundan todavía los admiradores de este pequeño país que en ciertos momentos de su historia supo despertar tan grandes esperanzas en el mundo. Dice Balzac que la novela es la historia privada de las naciones. En algunos casos, esta historia privada puede alcanzar lo universal. Esto, seguramente, es el caso de la novela nicaragüense.