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Ciento treinticuatro números de Revista Conservadora dirigió Joaquín Zavala Urtecho (Granada, 17 de diciembre, 1910-Managua, 21 de noviembre, 1971), a quien acompañé durante tres años y medio como editor. Dicha revista, a partir del número 46 (julio, 1964), modificó su título con el agregado del Pensamiento Centroamericano y, desde el número doble 141-142 (junio-julio, 1972) prescindió del vocablo “Conservadora”.

Ideales políticos

El hecho fue que ninguna otra revista del área centroamericana había alcanzado su nivel de duración y seriedad. No reflejaría ampliamente el pensamiento de los años 60 en los países vecinos, pero al menos lo intentó. Sin embargo, llegaría a constituir “una especie de Enciclopedia Nicaragüense”. Así lo reconoce José Coronel Urtecho en una semblanza biográfica de Joaquín Zavala Urtecho, su primo hermano y compañero de ideales políticos en los años 30. Ambos habían apoyado con energía creadora la candidatura presidencial del general Anastasio Somoza García, cuyo poder —pensaban sincera o ingenuamente— sería usado en beneficio del país.

Por ese apoyo, que había incluido la proclamación de tal candidatura en Granada el 26 de abril de 1936, ambos fueron compensados con cargos gubernamentales. Joaquín, por ejemplo, fue seguidamente Administrador de Rentas, Tesorero y Presidente de la Junta Local de Granada, Secretario de la Embajada de Nicaragua en México y Cónsul en Japón. De ahí pasó a los Estados Unidos, donde no pudo adaptarse (fracasó como locutor radiofónico); posteriormente, se dedicaría en Chinandega al cultivo del algodón, habiendo quebrado.

De todo ello da cuenta Coronel Urtecho en la semblanza citada para concluir que Joaquín, al fundar su negocio publicitario y la Revista Conservadora, concilió el sentido práctico de los Zavala con su vocación artística e intelectual. No se olvide que él había sido —también durante los años 30— un combativo y consumado caricaturista, además de mostrar aptitud hacia la carrera de arquitectura. Pero Joaquín cultivaba otro arte: el de la amistad. “Siempre tuvo buenos amigos, tanto empresarios o negociantes, como intelectuales” —puntualiza Coronel Urtecho. Esta virtud sustentó a Joaquín para emprender y realizar el proyecto de su revista, la cual le daría sentido a su vida.

Contexto histórico

Por otra parte, el contexto histórico favoreció la existencia de Revista Conservadora, adjetivo definitorio en un momento en que solo cabían cuatro formas de oposición —ideológica o práctica— al imperante régimen de los Somoza: la conservadora o derechista; la liberal independiente o reformista; la social cristiana —igualmente reformista—; y la revolucionaria marxista. Pues bien, Joaquín solo podía concebir la política conservadora, vinculada al partido renovado por jóvenes como el líder de gran popularidad Fernando Agüero Rocha. Más aún: creía —como sus correligionarios y miembros de su estrato social— que era posible aún poner a los Somoza en una situación que no pudieran resolver por la fuerza y el fraude.

Coronel Urtecho especifica: “Del pensamiento nicaragüense en esos años, lo que se echa de menos es solamente el de tinte marxista, y no porque la revista le cerrara sus páginas, sino porque los marxistas casi no han hecho por escrito la explicación de su pensamiento a la realidad nicaragüense”. Pero no tomaba en cuenta que la izquierda de la época, constituida en partidos y movimientos armados, era ilegal; y tampoco que a Joaquín no se le ocurrió nunca pedir colaboraciones a los izquierdistas, como lo hacía a través de insistentes llamadas telefónicas a los intelectuales de las otras tendencias. En el fondo, sentía repudio por ellos. Una vez me confió que en México los izquierdistas —a quienes llamaba “comunistas”— lo habían vapuleado, rompiéndole la mandíbula con un guantelete de hierro. Y también me mostró una solicitud de aporte económico que le hizo el FSLN para su causa. ¿Habrá colaborado Joaquín con la organización revolucionaria? Es posible, pero no me consta.

Su carácter complejo

En la misma semblanza o apología que elaboró de Joaquín, Coronel Urtecho establece un paralelo entre este y su tío bisabuelo Juan José Zavala Uscola (1797-1849). “Cada uno de ellos —afirma—, aunque con vocaciones intelectuales incumplidas, por no decir truncadas, logró en medio de todo redondear su personalidad y aún realizar un destino semejante al que habría quizá realizado de haber seguido su vocación”. El de Joaquín fue haber creado y mantenido por diez años, Revista Conservadora. Pero esta obedeció, en principio, a su deseo de hacer dinero que, según Coronel Urtecho, se le despertó en los Estados Unidos al regresar del Japón. Igualmente, se debía a su carácter, herencia de sus antepasados. “Como el carácter de los Zavala más representativos, el de Joaquín Zavala Urtecho —especifica— era individualista, independiente, dominante, exigente y hasta innegablemente intolerante y aún impaciente ante la incompetencia o la mediocridad llenas de pretensiones, aunque todo eso más que compensado por su nada comunes capacidades de atracción personal”.

¿Atracción personal? Joaquín —como lo difundió el humorista granadino Chepelo Cuadra— “tuvo porte, pero no era carta”. Las mujeres que se rindieron a él —caballeroso en sus modales, elegante en su vestimenta, dos veces divorciado y locuaz— no podían decir lo mismo. Joaquín se ufanaba de sus conquistas amorosas hasta el punto de sentirse apto para impartir una cátedra universitaria sobre el tema, compitiendo con el Arte de amar del latino Ovidio.

La primera esposa de Joaquín había sido una granadina, cuya principal gracia consistía en preparar té, como él mismo me lo confiara. También me reveló su segundo matrimonio en los Estados Unidos con la beldad más famosa de esa gran nación, admirada por él desde su infancia, cuando su padre, Juan José Zavala Barberena, había fungido como cónsul de Nicaragua en Nueva Orleans, durante la administración conservadora de Emiliano Chamorro (1917-1920). Joaquín no olvidaría nunca aquel viaje de luna de miel, dentro de los Estados Unidos, en el cual padeció impotencia sexual.

—Permanecí más de diez días en estado “moco’e chompipe” —me confesó.

Su afición de cazar ladrones

Quizá para aminorar su soledad, Joaquín convocaba frecuentemente a fiestas en su casa-oficina. Los lunes por la mañana, al constatar los restos que dejaban, sus empleados nos enterábamos de ellas. Asimismo, confirmamos una de sus dos aficiones secretas: el consumo de las viandas sobrantes. ¿Se remontaba esta costumbre a sus años juveniles marcados por la pobreza? A lo mejor. Pero Joaquín debió superarlos, pues en los 60 era un notable bebedor sofisticado y un gourmet. No obstante, aceptaba compartir con sus amigos Benard platos exquisitos de la cocina nicaragüense, entre ellos “Iguana en pinol” y “Tortuga del lago”. La otra consistía, cada fin de mes, en cazar ladrones. Se iba entonces al mercado San Miguel con cuatro empleados, a la cabeza de Joaquín Tamariz —su fiel chofer—; extraía el dinero de su cartera y caminaba como dundo. De esta forma llamaba la atención de algún raterito que, intentando robar su cartera, era capturado fácilmente por su equipo, conducido y entregado por él en la cárcel del Hormiguero.

Una prueba de su carácter independiente fue la decisión de adquirir un automóvil Mercedes Benz, distribuido por una de las empresas de los Somoza. Este error le costó el retiro de varios anuncios, ordenados por el marido de una prima-hermana (Lola Coronel de Chamorro), alto funcionario de la Casa Pellas, distribuidora también de vehículos lujosos y principal grupo económico que financiaba Revista Conservadora.

El libro sobre los Zavala

Joaquín era poseedor de una gran autoestima. A los 60 años cuidaba de su estampa física como un joven de veinte y se aplicaba productos de belleza, tanto o más que una dama de alcurnia con vocación de actriz. Sin duda, sentía orgullo de sus apellidos, sobre todo del Zavala, por lo cual decidió buscar sus raíces en el país vasco. No fue otro el objetivo de su viaje a España a principios del 69. Unos cuatro meses permaneció en la padre-patria. Carlos Molina Argüello le rescató documentos inestimables del Archivo General de Indias, en Sevilla. Así pudo organizar su libro Huellas de una familia vasco-centroamericana en 5 siglos de historia, en el que colaboré mínimamente (añadiendo párrafos sobre los Zavala del siglo XIX), pero fui el gestor de su prólogo, solicitado a mi amigo el historiador costarricense Carlos Meléndez Chaverri (1926-2000). Además, elaboré la “Genealogía de la familia Zavala” —desde Domingo Zavala, nacido en Lequeitio, 1531, hasta Joaquín— inserta como apéndice del volumen II, publicado dentro del número 112, enero, 1970, de Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano (el primero se había incluido dentro del 111, diciembre, 1969).

Sánchez Arias, su principal empleado

También Carlos Sánchez Arias (Managua, 12 de febrero, 1931-Idem, 2 de enero, 1992) colaboró en el libro Huellas de una familia vasco-centroamericana…, ejecutando la mayoría de sus ilustraciones. Se trataba del principal empleado de la Publicidad de Nicaragua, donde laboró 26 años: de 1959 a 1985. Carlos era quien pintaba los cartelones de propaganda, o rótulos de calles y carreteras, concebidos por Joaquín, especializándose en ellos. Pero sus dones artísticos se remontaban a 1947 —a sus 15 años—, cuando obtuvo el primer premio del concurso patrocinado por el diario La Noticia para la carátula del poemario Aires monteros, de Ramón Sáenz Morales (1891-1927). En 1948 pintaría la barda del Estadio Nacional, inaugurado ese año para celebrar la X Serie Mundial de Beisbol Amateur.

Por orden de Joaquín, Carlos completó al óleo toda una galería de retratos, todos Zavala, o miembros de la misma familia con otros apellidos, originarios de España, Guatemala y Nicaragua. No traté mucho a Carlos cuando trabajamos bajo la dirección de Joaquín. Fue a mediados de los 80 que reanudé nuestra amistad, cuando él ya se había convertido no solo en editor gráfico de libros y revistas, sino un mordaz caricaturista político: Kalo. Yo asistí a su primera exposición en el salón Darío del Hotel Intercontinental el 18 de diciembre de 1987. En esa ocasión, Carlos reconoció en las caricaturas de Zavala Urtecho un ejemplo estimulante para crear las suyas. Había “armado” también, e ilustrado, los números de la Revista del Pensamiento Centroamericano que Xavier Zavala Cuadra editara en Managua durante los años 80.

En resumen, la fundación de esta y la dirección de su primera etapa constituyó el mejor logro y el mayor legado de Joaquín. Él me buscó para que contribuyera a editarla por un tiempo y para colaborar en ella con trabajos literarios e históricos. Y todavía se lo agradezco, pese a su carácter nada fácil. También fui beneficiario de su amistad.