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Extraña mixtura

sabiduría viril

terneza juguetona: la

pizizigaña

con qué mano, con la

cortada,

juegos de prendas y

teorema de Pitágoras

mezclándose en su

cabeza de hombre sabio.

Perpetuando los tiros

en el jenízaro,

aun perforado mientras

aprendían a tirar

tomando puntería en

Montegrande.

Años después besabas

la tierra

donde afirmaste por

primera vez tus huellas

con pies pequeños y

tambaleantes

y tus ojos acastañados

humedecidos

por los recuerdos de

la infancia

y esa misma voz

explicaba con

firmeza: hablabas de triángulos,

catetos o hipotenusas

que sonaban

a hipocampos o medusas,

pero tu voz ronca insistía

que

el cuadrado de a (a)

más el cuadrado de b (b)

es igual al cuadrado

de c (c)

y yo pensando en

unicornios y gnomos

indefectiblemente

verdes,

o en el cura que se

comió el huevo

y se fue a decir misa:

comeremos pan y miel

en la puerta de san

Miguel.

Más que el teorema

eternamente incomprensible

me marcaron tus

juegos, risas,

relatos fantásticos,

llenos de poesía

y aún más, tu voz

varonil

diciéndome al oído,

en dulce parodia

dariana:

Isoldita, está linda

la mar…

*Isolda Rodríguez Rosales, 23 de julio