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@fabricelelous

 

En el Antiguo Testamento, en el centro del segundo libro de Samuel, descansa un episodio acerca de dos hermanos de sangre que comparten lecho: la historia de Amnón y Thamar. Siglos después, dos reescrituras retoman el tema y le brindan diferentes vestiduras. Una de ellas, en romancero —Thamar y Amnón—, la aborda el español Federico García Lorca (1898-1936), y habla en danzas de rumores estilísticos y metáforas que roban suspiros. La otra, en columna de prosa hasta cierto punto libre y en todo punto atrevida —La carne contigua—, pertenece al nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985).

Para el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, no es raro que estos temas sean tratados por las Escrituras. “El Antiguo Testamento, igual que la tragedia griega, contiene los dramas arquetípicos que son los grandes temas de la literatura: incestos, adulterios, venganzas, amores no correspondidos, asesinatos por luchas de poder, entre otros. Dichos temas se ven a la vez en las tragedias shakesperianas de la época isabelina”, expresa.

En tanto, Víctor Ruiz, catedrático de literatura de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua, resalta que: “En el incesto hay algo que nos atrae porque es prohibido, y está condenado. En esa prohibición, en ese halo misterioso hay un silencio que necesita llenarse. La Biblia deja muchos vacíos, entonces cuando existen esos silencios, los poetas actúan, especulan”.

Los detalles del acto de incesto cometido por el hijo y la hija del rey David en el Antiguo Testamento (considerado la primera parte de la Biblia cristiana) son francos, directos. Amnón se enamora de su hermana Thamar y la desea. Mediante una mentira los hermanos se descubren solos en una estancia privada, y Thamar, antes de ser violada por la fuerza viril de su hermano, le ruega que la haga su esposa para así no deshonrar su virginidad y su pureza, pero de nada valen sus súplicas ante la aberración de Amnón, quien, justo después de cometer el acto, la echa del cuarto por un repentino repudio que le oprime el pecho. Deshecha, Thamar se recluye entre los muros de la casa de nobles donde habitan y cuenta a su otro hermano, Absalón, lo ocurrido. Este busca venganza a toda costa pero no es hasta dos años después que logra matar a su hermano con la ayuda de sus siervos. Absalón huye y aquí termina el pasaje bíblico. Tosco literariamente. Breve.

GARCÍA LORCA

En el romancero Thamar y Amnón de Federico García Lorca, parte del poemario Romancero Gitano (1928), los matices son radicalmente diferentes. El decoro pasa de lo arisco a lo lírico. El acto pasa de lo brutal a lo sublime. La psiquis, o mejor dicho los aromas que visten a la pareja de hermanos, son otros.

En una noche de verano mediterráneo, con la luna que clama presente y muestra la árida desnudez de la tierra, Thamar se encuentra brotando cantos sin ropa que van al son de su cuerpo. Lorca dibuja así su melodía en una ligera caminata por las piedras de la terraza:

 

“Su desnudo en el alero,

agudo norte de palma,

pide copos a su vientre

y granizo a sus espaldas.

Thamar estaba cantando

desnuda por la terraza.”

 

El calor de un verano que en la Biblia es maldito, aquí hace germinar sentimientos de ventisca y frescura. Thamar avanza inocente, fantasmalmente, por un pasillo de su casa, al tiempo que el duro centro de Amnón la vigila desde lo alto de una torre. Los octosílabos continúan avanzando entre metáforas y a las tres de la madrugada, hora invertida a la crucifixión del Cristo, Amnón ingresa al lecho en que pronto yacerá su hermana. Ambos son influenciados por la canción inaudible del alunado paisaje, y llegada la hora, Thamar ingresa a su alcoba donde la espera su hermano. Y aquí, de no ser por una lupa, los detalles pueden perderse.

 

“Ya la coge del cabello,

ya la camisa le rasga.

(…)

¡Oh, qué gritos se sentían

por encima de las casas!

(…)

Paños blancos enrojecen

en las alcobas cerradas.”

 

Los dos paréntesis con puntos suspensivos esconden matices que van más con lo bello del amor deseado que con el asco del amor impuesto. Aquí, a diferencia de la Biblia, Thamar no entiende de nupcias. Apenas se le llama “avispas y vientecillos en doble enjambre de flautas” a los besos de su hermano. En los octosílabos acomodados en dísticos, podemos entender que la escena guarda a pesar del “cómo”, el “qué” de las Escrituras. Amnón domina y Thamar cede. Hay gritos de horror, y este horror pringa de escarlata los paños. La blancura de las telas es violada por el carmesí de una herida incestuosa. Los hermanos copulan en un poema que se va pareciendo menos al Medio Oriente y más a Andalucía. Vírgenes gitanas gritan en un coro que apoya a Thamar, mientras “otras recogen las gotas de su flor martirizada”.

 

“Violador enfurecido,

Amnón huye de su jaca.

Negros le dirigen flechas

en los muros y atalayas.

Y cuando los cuatro cascos

eran cuatro resonancias,

David con unas tijeras cortó

las cuerdas del arpa.”

 

Maestro de su arte, Lorca cambia al Absalón bíblico por la furia del mismísimo David, padre de ambos infortunados. Aquí el yo lírico ajusticia al personaje, lo acusa y lo condena. “Violador (…) huye”. Amnón huye rápidamente por la queja del pueblo, donde esclavos suben y bajan en búsqueda –desde luego por orden del rey David- del génesis de tanto griterío.

Las cuatro patas del caballo sucumben ante las flechas de los siervos esclavos, y por las resonancias sabemos de la muerte del ultrajador de hermanas. En ese instante, en el cual se utiliza el metalenguaje, David corta la música arrancando las cuerdas del arpa, claudicando también el poema y así la reescritura andaluza.

MEJÍA SÁNCHEZ

El autor nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez se vale también del Antiguo Testamento para dibujar una historia con los dos personajes en La Carne contigua (1948). Aquí el narrador del prosema (término que Pablo Antonio Cuadra usó para denominar estos poemas en prosa) fraccionado elocuentemente en pequeños párrafos que recuerdan los versículos bíblicos, no es ni más ni menos que el propio Absalón. Si bien García Lorca lo ignora, Mejía lo convierte en testigo, en los ojos del lector, que, a partir de sus discursos, sacará valoraciones y apuntes.

Entre los principales cambios con respecto al texto original -que hoy puede leerse en la edición Reina Valera, 1960-, está la facultad de observación de Absalón, la cual contrasta visceralmente con su antigua vocación beligerante y vengativa. Aquí Amnón arranca la virginidad de su hermana Thamar en discurso indirecto. Los párrafos deshojan la verdad en un ritmo fácil de leer, construido con intriga.

La revelación no cae de golpe, porque es hasta cuando nace el bebé de Thamar que Amnón huye en el lomo de su yegua. Absalón se declara protector de su hermana y se pregunta cómo es que Amnón, siendo en esta versión un hombre de virtudes y bondades, pudo alienar la pureza de Thamar.

En la obra de Mejía escasean negros y arqueros que den muerte al fugitivo Amnón. Y en un plano si se quiere más escandaloso, Absalón se conforma con usar la imaginación para dibujar el destino de su hermano incestuoso:

“He soñado que una noche Amnón vendrá (otra vez limpio y equilibrado como un ángel) a besar a su hijita, a vivir otra vez con nosotros (…).

En la puerta dirá Amnón: El Señor me ha perdonado y otra vez me protege. Madre mía, dame un beso en la frente. Con su misma antigua voz, hasta ahora delgada y pequeña como un niño; y ya entrando en confianza: Buenas noches, papá, ¿cómo están los viñedos?

Thamar está peinando a la niña. Yo estoy cerca de Thamar. Amnón nos dice: Hermanos míos ¿quién llora, ahora, y por quién, y a qué hora? Y ha tomado a la niña en sus brazos; la besa, le dice: Hijita mía, te está besando tu padre.”

Mejía construye nuevas personalidades y así nuevas posibilidades. La elección de Amnón y Thamar es vehículo para ilustrar algo. Del “qué” pre-escrito, pre-obsequiado, el “cómo” se exalta en la mente de cada autor de forma libre. Al candor de uno que nació en la Granada española, es verso y música; al capturar de otro que nació en Masaya, es cuento y desasosiego, duda, intranquilidad, y al final dualidad.

¿INCESTO Y BELLEZA?

El incesto, al ser hijo de la humanidad y de su hondura, es recurrente en el arte. La historia nefasta de Amnón y Thamar también inspiró una obra de teatro de Tirso de Molina (1634) y una novela de Dan Jacobson (1970), y es la misma que figura en la novela póstuma Los Hijos de Húrin (2008), del autor británico J.R.R. Tolkien. Los Hijos de Húrin fácilmente se acomoda entre las novelas más tristes jamás concebidas, pero también entre las —a mi juicio— más bellas.

La escritora nicaragüense Gioconda Belli, que exploró el tema del incesto en su novela El Infinito en la Palma de la Mano (2008), declara: “El incesto es usualmente producto de una gran soledad ya sea exterior o interior, de quien solo puede defender o confiar en un ser —igualmente solitario— con quien existe un vínculo de sangre. Ese ser se convierte en el universo, en el dador de todo. Por su propia naturaleza de dependencia, como toda relación absorbente y posesiva, la relación incestuosa suele ser atormentada, cuando no trágica”.

Y ante la interrogante de si el arte puede embellecer un pecado como el incesto, Belli afirma que: “Dependiendo quién lo retrate o describa por supuesto que (un pecado como el incesto) puede ser bello, con la belleza triste de los amores condenados o imposibles”.

Esta aseveración la comparte Sergio Ramírez, quien considera que: “El arte puede embellecer todos los pecados y las infamias. El arte se ocupa de lo más oscuro del alma humana, de lo sucio, de la transgresión, de las historias infelices, y por ende, de la culpa y el remordimiento como tormento”.

Cuando ungido en arte, cualquier tema puede resultar fascinante, y la libertad del arte puede incluso aflorarlo. La repetición del motivo Thamar y Amnón en diversas obras puede interpretarse a la vez como una crítica a la sociedad, un desafío a la moral imperante en la misma, cuyo valor radica en las acciones humanas en orden a su bondad y malicia, que son precios subjetivos. El incesto –cuando correspondido y buscado por ambas partes- puede incluso ser justificado; no obstante, un detalle que casi puede olvidarse en la obra de García Lorca y que aparece solo indirectamente en la de Mejía Sánchez, es que Amnón violó a Thamar, y eso nada lo justifica.

nicaragüense.