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Tengo entendido que el material que ahora conforma “Perfil del olvido” se comenzó a escribir a principio de los años 70, en España. Su andar por el desierto es nada más y nada menos que 43 años. Toda una vida, no muy breve. Pero al fin, largo el viaje, vuelve a casa. En cierto modo se debe y se puede leer o decir que en éste libro —en todo libro— se cumple un destino odiséico. Un viaje de retorno. Otra vez Ítaca.

Desconozco los avatares de Humberto, no sé cómo se signó y designó su vida. No sé en qué esquina perdió, alteró o trocó su rumbo, su vida original. ¿A cuál Polifemo atacó? ¿Qué majada sustrajo de la cueva? No lo sé, pero algo interrumpió su camino. Su ser en sí mismo. Los dioses, Poseidón, Eolo; el canto de las Sirenas qué no debía escuchar, cuáles fueron. No lo sé. Pero sabemos que su propia tripulación tampoco fue generosa con él. Desprovisto de la cera que aliviana los desiertos reales, o fantasmagóricos, académicos, o domésticos, políticos, o administrativos, su errancia cuadruplicó los años del Odiseo.

Ahora, “Perfil del olvido” lo arroja en la costa de una Ítaca súper poblada de poetas pretendientes. Y aunque no tengo Eumeo ni Argos, he procurado escribir estas notas intuyendo en la poesía lo que Argos olfateaba en la mendicidad de Ulises. Encuentro el oscuro olor de la poesía. Encuentro ráfagas donde la poesía se mezcla con la arena, el viento y las olas; y después de la travesía aún siento el infecto y maravilloso olor, a veces, quizás orillado por el tiempo, la enfermedad, la maldición, y la maldad que exhala —arena o mar— cada rosa del infierno o el cielo.

La rosa de Coleridge podría ser otro modelo de lectura. El viejo Samuel Taylor Coleridge soñó la rosa y despertó con ella en la mano. Avilés la estuvo soñando por 43 años y ahora nos entrega su tesoro, el cofre del pirata, el morral del judíos, la travesía del desierto, la pista de los buscadores; las señales de Osiris y Tetis; la chancleta calcinada por el ardor. ¿Qué hay adentro? Me gustaría usar, apoyarme en una de las palabrotas, de las gigantescas palabras de Heidegger (ontología, fenomenología, axiología, no estarían mal) para intentar responder a esa pregunta. No lo haré, prefiero la lección de Kavafis.

Sería cicatero retacear Ítaca buscando acomodar, aquí y allá, versos que se enlacen con mis pseudo ideas para, al fin, sugerir el carácter odiséico de este libro. Mejor dejémoslo implícito. Aceptemos que los años de desierto acuoso le otorgaron noches de Circe, días de verano, gozo y alegría; aceptemos que Calipso (la última en la ristra, cualquiera que sea la ristra y cualquiera que sea la última) le acompañó al mercado (en Fenicia, Madrid, Málaga, Sevilla o Salamanca); juntos compraron bellas mercancías: madreperlas, coral, ébano, y ámbar, y perfumes placenteros de mil clases. Eso es lo que contiene o podría contener este libro: perfil del olvido. La bruma que acompaña a lo que ya entró al Hades. Al reino de la desmemoria, al borrón que nadie rescatará. Al hoyo negro de Eurídice sabedora que Orfeo no volverá más. Al limbo en el cual lloran los libros escritos y aun los no escritos en cualquier parte del mundo.

Un libro como un hombre es básicamente, enteramente, lenguaje. No hay en Perfil ningún afán por deconstruir el lenguaje en su vertiente castellano-americana, concretamente nicaragüense. No lo mueve la voluntad de una nueva sintaxis, o una nueva gramática personal. Afortunadamente, no lo tienta el lenguaje filarmónico, o sinfónico, ni tan siquiera uno de los múltiples injertos del Joyce traducido e insuflado, quirúrgica y catastróficamente, en las venas del poema nicaragüense, o americano. No lo tientan esas operaciones de corazón abierto. Me parece un enemigo a muerte del catéter.

No sé cuál fue su caldo de cultivo en España. Ignoro qué libros sagrados le acompañaron en su travesía. ¿Quién le acompañó junto al oasis? Igual, no sé cuál fue su zarza ardiendo ni su dialogo con el dios de Abraham, pero me pregunto: ¿Habrá escuchado alguna vez la orden de degollar al libro hijo del hombre? Del caldo nicaragüense muy poco se adivinaSe avista un lenguaje simple, pero ajeno al imaginismo que los criollos y los creoles llaman exteriorismo, cuando no, (peyorativamente) cardenalismo, o cardenaliano. Falsa denominación, salvo que aceptemos que Nicanor Parra y Eliseo Diego (el remo y la canoa) igual son exterioristas.

Hubo en Nicaragua quien traficaba con los marbetes literarios para insinuar que la poesía se decantaba por una u otra forma de su ser poesía. Pero nunca por la orilla donde el fuego arde en la humedad. Total, nunca dijo nada del facto poético, pero si mucho de las etiquetas y los marchamos. Y la poesía explorada se quedó tan solitaria e incomprendida como siempre.

Intento evitar, vadear al menos, la senda de las clasificaciones, y apenas me atrevo a señalar simples avenencias y desavenencias con algunos de los estratos que conforman (¡uy qué palabreja!) el marco de la poesía nicaragüense. Su desparpajo familiar, su aire de elementalidad, su sesgo frente a la naturaleza de las cosas, y por qué no, frente a la celeste carne. Quizás por eso mismo, hay en “Perfil del olvido” un soplo tribal, concordancia poético genética, pero también rasgos extraños, disímiles, anormales; desavenencias, formas distintas de atisbar el tronco de la poesía nicaragüense. Etcétera, etcétera. Lo demás, como ya es lugar común indicarlo, lo pone, lo posibilita y potencia el lector, avispado o lerdo.

Al ser lenguaje, enteramente lenguaje, un poema también es lectura y audición. Un sistema de sonorización, representación y percepción. Es lo que se lee y lo que se escucha, lo que se tacta y se paladea. Y no admite oído perezoso ni ojo legañoso.

Ahora hay en casa un poemario más allá del bien y del mal!

 

Managua, 31 de enero de 2013.