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“La maravilla de sentirte un ser” es uno de los libros de poesía más serios, profundos y reflexivos de la literatura nicaragüense. Su invocación o advocación de la Iglesia Católica a nadie debe extrañar, o llamar a engaño. Los cinco grandes poetas mencionados por Dante surgieron de la invocación a los dioses de aquella época, y el propio Dante surge del cristianismo (Infierno, Canto IV, verso 39). La pintura del Quattrocento y la música Barroca igual devienen del sentimiento cristiano, en su mayor parte. Pero no es, solamente, esa invocación la que da al poemario de Fanor Téllez su carácter reflexivo. Todo el libro es la búsqueda, o si se quiere, el encuentro de un ser espiritual en un mundo enteramente descreído del cristianismo y, por lo tanto, de la iglesia católica y su prédica universal.

Aunque el autor alude en una de las contrasolapas del libro a la “tradición de la notable poesía católica nicaragüense”, resulta bastante difícil e insuficiente encontrar una confirmación de la hipótesis. Claro, hay evidencia de esa poesía católica. Pablo Antonio la practicó. “Libro de horas” y “Canto temporal” son un buen ejemplo. En el Cardenal anterior a los años 80, hay poesía mística (“Gethsemaní, Ky”), pero no propiamente católica y apostólica. El Cabrales avasallado por la vida recala en el cristianismo. El “Canto para poner a Dios de moda”, de Horacio Peña, ya su nombre lo indica. Algún Joaquín Pasos, “Las Bodas del Carpintero”, el “Canto de guerra de las cosas” se arranca con un epígrafe de Paulus ad Rom. (8, 18-23).

Los versos del Pater Pallais no trascienden el quicio de lo piadoso. El Rubén cristiano surge de la vacuidad existencial. Por lo demás, la poesía nicaragüense, en general, es bastante light; poco reflexiva y muy elusiva en su tratamiento del tema cristiano que, desde luego, no agota la trama humana. Una rotunda afirmación de fe en la iglesia fundada por Pedro, sólo se encuentra en los versos de Fanor: “Sólo tú, Hijo de María, has vencido la discordia” / “Sólo tú, Hijo del Hombre, que no caduca / y tú también, Miriam asunta” / “Sólo, tú, Iglesia Católica, me vas dando a luz / sobre la teoría de la relatividad”.

Declaración de fe en una sola iglesia y un solo pastor, ésos versos también constituyen un principio de exclusión y marginalización en un mundo cada vez más abierto a los particulares credos del orbe. Esto no tiene nada que ver con la calidad de su poesía (además de la fe, está la verbalización, la estructuralización, la fonetización del sentimiento, el lenguaje); un lenguaje sometido a la tensión de casi todos los recursos y funciones poéticas del discurso (sonidos, imágenes, ritmos, sintaxis, técnicas narrativas, coloquialismo, símiles literarios, etc.) que deja al lector, al escuchante del discurso existencial, frente a “la maravilla de sentirse un ser” dentro de la iglesia católica. El resto de la condición humana, según se desprende de la contraportada, discurre, vive en el “hedonismo y las distracciones culturales y existenciales del placer sensual y las novedades.” Los descreídos quedan con las hurís en el paraíso de Mahoma. ¡Ah!, de esos infelices soy yo mismo. ¡No importa, el amor perdona!

Puede ser, (y de hecho es así en mí, tan poco “enraizado en lo sagrado”) que el mensaje de su discurso sea retenido por mi razón, pero no por mi corazón profundo. En todo caso, superado, admitido, racionalizado ese escollo extra poético en el libro de Téllez, el escuchante (quien escucha lo que verdaderamente debe escuchar), se encuentra con la mirabilia de sentirse ser en su poesía. Fresca, luminosa, lúcida et ludere; en cada verso dueña de su oficio, o un oficio dueño de sus versos enteramente alejados de toda retorica metaforizante.

A dos mil quinientos kilómetros a la izquierda de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano (los primeros teóricos de la metáfora), sus poemas y, no citaré ninguno por incordio personal con la estilística de Amado Alonso y el caballito de combate de Álvaro Urtecho (además, todos son de lo mejor que hoy se escribe en Nicaragua), destilan gracia y gracia de la fe, hasta el milagro de creer el escuchante que Fanor, el hablante, encontró en su libro una vía de ascesis personal. Que el escuchante no comparta su mundo religioso, poca o nada tiene que ver con sus poemas. Dilucidar ese asunto sería cosa de Mircea Eliade, o de la filosofía de las religiones. Cosa que no me interesa en lo más mínimo. Sus poemas, verso por verso quedarán plenos de luz en uno de los odres más antiguos de la civilización occidental.

¿De dónde proviene ese frescor? Desde luego, no del mensaje, pero sí del trovador. No del significado y el significante, no de la sombra que emerge tras el autor, no de todas las vituallas de la postmodernidad. Lo suyo no es Teresa (la Carmelita, ni Juan de Yepes), lo suyo proviene de la autenticidad, de lo verdaderamente esencial a su persona, a su vida y forma de vivirla. Es lo que él llama “éschaton”. Asunto que claramente ha entendido en sus ocho o nueve libros anteriores, especialmente en “El pie sobre el camino”, casi todo él apoyado en la epigrafía versícular de Johannes.

El Coro de los esclavos hebreos (Nabucco, acto III), dice: “va, pensiero, sull’ ali dorate…”. Lo mismo se puede decir de los poemas de Fanor Téllez: vuelan con alas doradas para encontrar al Señor, al Cristo, al Espíritu Santo acunados (según la fe) en su vida personal, cotidiana. Y aunque en los ríos de Babilonia no existía ni se sospechaba el misterio tridentino, ahora sí existe, y es el viento paráclito quien le dicta esos poemas a Fanor Téllez.

 

23/ 09 /13.