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La “Ciudad...” de Manuel Martínez se ubica en el cruce perverso de lo urbano y lo utópico. Tal vez en la versión distópica de ambos términos. Cómo fuere, dónde fuere, le niega al hombre el escondrijo de la identidad personal. ¡Atrás, muy lejos queda la Civita Deis, la individuación y la salvación del hombre! En La linda Pelirroja, Apollinaire conserva el rastro y el rostro de París, ambos se salvan de la desintegración, y no hablo de ningún concepto judeo-cristiano, o religioso. En la “Ciudad…” de Manuel no queda nada de nada, precisamente por eso permanece la interrogación airada del hombre.

¿A qué ciudad se refiere aquella “ciudad donde nadie me conoce”? En la serie “Ciudades adormecidas” (páginas 68-87 de “Nadie me niegue vivir”, 2012) todos los poemas se aferran a una denominación, a una toponimia, a un espacio sellado por unos linderos nada evanescentes. “En una ciudad donde nadie me conoce”, y que aquí llamaré “Ciudad donde nadie me conoce”, sucede todo lo contrario a la serie. La ciudad está donde no está. Invisible, sólo es tangible en la reverberación del desierto personal. Abarca todo horizonte, todos los horizontes del hombre. Arriba, abajo, oriente y occidente están dentro de sus linderos. Ahí el hombre vive su infierno (ingenuo o pérfido) atado al desencanto y al asombro del expulsado, o negado por la cité. La aglutinación de la gente en el mercado, el viandante por la calle de la iglesia, el gentío escaso, no es abrigo, apenas desnudez, descampado. Lugar donde la instintiva pasión animal le arrebata al hombre su único sentido en la vida: ser dentro de una identidad. Ser su propia identidad.

Con todo y su técnica, o gracias a ella, la ciudad contemporánea aún es la ciudad medieval, invadida de comerciantes y banqueros, cambistas y tenedores de libro (hoy les llaman administradores de empresa) donde dracma es = a drama. La ecuación del poema (sculpte, lime, ciséle, tan rigurosa como un teorema) demuestra que “Ciudad…” es la ciudad de cualquier parte: Jerusalem Athenas Alexandria Vienne London Unreal.

En la poesía nicaragüense, pocos textos (¡huy! la palabreja) resultan tan clásicos al urbanismo de la poesía contemporánea, como este poema de Manuel Martínez. Rasgo que, curiosamente, no pertenece al canon de la poesía nicaragüense (tan alejada de lo urbano) ni a la propia tradición de Manuel. Puede que la explicación del hecho en la poesía nicaragüense radique en la carencia de vinculación directa y personal con la poesía francesa del Siglo XX –más allá del surrealismo–. Durante la época, salvo Luis Alberto Cabrales y Ernesto Gutiérrez, de forma esporádica, la literatura nicaragüense no tuvo traductores del francés. Claro, estaban las “otras traducciones”, pero nunca generaron en el poeta la fricción del “Panorama y Antología de la poesía norteamericana” de José Coronel Urtecho. Es quizá esa carencia la que Martínez salda en su poema. Una cierta forma de regresar a los principios de Charles Baudelaire.

Sin embargo “Ciudad donde nadie me conoce” no es una ciudad subtropical de las tantísimas en la poesía nicaragüense. Es enteramente su antípoda. Por su crueldad inhumana“Ciudad…” evoca a los grandes centros financieros del mundo, a los devoradores de identidad personal. Aniquilada la identidad de Manuel Martínez (basta la de un sólo hombre), la cité destruye, ha destruido todo vestigio del hombre. Hoy se vive entre zombies castrados. Son los mismos personajes y la misma Florencia del 1130, el nido que Bocaccio fustiga en el Decamerón; el ambiente burgués, la falsía espiritual, la máscara religiosa, el retorcimiento interior… los Bardi, los Cavalcanti, las grandes fortunas europeas que sirvieron y sirven de modelo al capitalismo y al neocapitalismo de Nueva York, París, Londres, Berlín y Tokio, no menos que a los urbanizadores de América y los reparteros de Managua.

La ausencia de referentes o circunstancias tangibles o palpables que indiquen qué es y dónde está, trasmutan a la “Ciudad” en el doble de todas las ciudades, en la esencia y visión psíquica de todas las ciudades del mundo, incluyendo las utópicas. Esa ausencia de huellas en el poema, no es un recurso literario. MM no lo eligió para insertarse en el urbanismo de Baudelaire, o Jules Laforgue; sencillamente se encontró con el detalle, fugaz, en la manera picassiana. En la serie “Ciudades adormecidas” sólo hay tres innominadas, ésta es una de ellas. La emblemática. La ciudad que Italo Calvino pudo incluir en “Ciudades invisibles”. En alguna forma, Troya y Cartago, Berlín y Londres, Hiroshima y Nagasaki, sitios donde el hombre arrasó, prácticamente, toda huella del hombre, incluso la psíquica, transitan en Manuel, o tales rumbos resurgen en la ciudad de Manuel. Todas pertenecen a la memoria donde nadie reconoce al hombre. “Ciudad donde nadie me conoce” es una parábola del hombre contemporáneo. Aldea y villorrio, burgo y breñal, pueblo y megapolis: el hombre es el eterno desconocido de siempre.

He leído todos los libros de poesía de Manuel Martínez, y en ninguno me parece encontrar, no encuentro, antecedentes de este poema ni del lenguaje que lo sustenta. Lenguaje desasido de toda metaforización, reconcentrado sobre sí mismo, sustentado en el adverbio más que en el adjetivo; pintor de Altamira, plantea los signos del hombre, su rastro. En el sarcófago de ese poema (suficiente para revelar una intención poética) permanecen, aún subsisten los cuencos y collares del finado, pero su rostro, su identidad yace oculta, devorada por el tiempo urbano. Lo que la vida lleva a la muerte, es, exactamente, lo que este poema trae de la muerte a la vida: la futilidad.

No es mi intención dar cuenta clara y detallada de la poética de Manuel Martínez, otros lo harán en el futuro. Sólo me interesa hacerle un guiño al lector, al joven lector, para que moroso, remiso, remolón con su atadero a cuestas sea testigo de vista del surgimiento de esta nueva ciudad en la poesía nicaragüense. Todo parece indicar que Ciudad Quesada, Febrero en la azucena, San Carlos y tantos otros pueblitos trazados por el naif, arteramente agazapado en la mano del poeta nicaragüense, entran al sotabanco de los calaches.

Claro, estas cosas no surgen al violinazo, ni de un día para otro. Quizás sea necesaria una cierta transformación del estar en los tempos y mores personales y sociales. Desde luego, también todo esto está vinculado con la atemporalización, subjetivación y objetivación del poema y otros procesos que apenas intuyo. Digamos la belleza y la sabiduría. Lo que parece cierto es que los tropos no dan para más, al menos en la poesía nicaragüense. Como el buen Homero, la metáfora también dormita. Horacio no estaba equivocado. Manuel lo sabe.

 

Septiembre in fine (infame) 2012.