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“¿Qué les pasa a los hombres que no pueden ni respirar sin las mujeres?” Esta pregunta de una reclusa prostituta define en gran medida el leiv motiv de esta novela, que es la historia sin fin de la búsqueda de la Mujer –así con mayúsculas- real o irreal que obsesiona a un guerrillero asesino, prófugo y presidiario.

Hay tres aspectos que tenemos que analizar en esta novela: la estructura, el lenguaje y el manejo del tiempo.

Estructuralmente la novela está diseñada con cierta malicia que logra su objetivo: sorprender al lector. Llevándonos a través de una narración lineal, que cuenta la historia de un guerrillero que ha participado en el asesinato de un torturador, y el crimen, la huida, el refugio en una casa de seguridad, el arrepentimiento, todo nos hace suponer –y aquí es donde ya somos partícipes de la trama- la posible resolución de ésta: el enfrentamiento, la captura o la muerte. Pero no. El guerrillero se enamora de la esposa del dueño de la casa de seguridad y comienza otra historia, la de un amor violento, cargado de sadomasoquismo, que lleva a los amantes a planear la muerte del esposo o el propio suicidio de la pareja, sin atreverse ni a una cosa ni a otra, y deciden en cambio fabricar un claustro, donde no entra ni un rayo de luz y donde se aman salvajemente “como sombras”, “sólo con el tacto”, en un abandono suicida.

Naturalmente, el marido ofendido los encuentra y derriba, con ayuda de la policía, las paredes. Él se lleva en una ambulancia a su mujer adúltera y la policía al malagradecido guerrillero, finalmente a la cárcel.

Este escabroso pasaje abre la novela a un segundo plano insospechado, acercándonos poco a poco y –ya lo dije– con una aparente inocencia maliciosa, a un tercero y cuarto planos narrativos. La novela se va desenrollando como una serpiente.

En el período en que el guerrillero está en la cárcel tiene un nuevo romance con una prostituta; en medio de un ambiente aberrante la muchacha es un símbolo de pureza, a pesar de su personalidad distante y misteriosa. En pleno “inferno” ella se llama Celeste. A partir de aquí las fantasías de nuestro protagonista van teniendo preeminencia sobre los sucesos reales. Fantasías siempre con mujeres que huyen, igual que él, hacia un destino indefinido. La realidad literaria suplantando a la realidad concreta retratada en los primeros capítulos de la novela.

El fantasma de Matus –el asesinado– se convierte en una constante en los capítulos finales, mezclado con mujeres imaginarias o reales, fugaces, lo que las hace casi imaginarias, deambulando en ciudades mezcla de bares, y calles llenas de soledad y de lluvia.

Una de las mujeres, con una figura parecida a María Callas y vestida siempre de rojo, se va de la vida de nuestro personaje, unida a una comparsa bailando samba, en una escena muy felinesca, Ocho y medio o La dulce vida. Recuérdese la experiencia de cineasta de Ramiro Lacayo.

Finalmente un enano que dice conocer la dirección de nuestro guerrillero –el sótano inmundo de un viejo edificio- lo conduce en su taxi por mil vericuetos que provocan al guerrillero vértigo y semiinconsciencia hasta llegar “a su destino”, donde encuentra a la policía y a una ambulancia que va a recoger un cadáver: el suyo, que yace tendido sobre el pobre catre donde sueña.

El tiempo en esta novela es manejado sin exabruptos, ya que los cambios se hacen a manera de un deslizamiento; a esto ayuda el lenguaje claro y sencillo en que está escrita Tejedor de vientos. De fácil lectura, lo que no quiere decir que el novelista más que meternos en el libro, saca a sus personajes de él y hace que nos acompañen y nos lleven a un viaje de sonámbulo horror y de desparpajado humor.