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(Poesía de Juan Carlos Vílchez. Editorial Zorrillo, Managua 2011)

 

La poesía está colmada por multitud de paisajes. Es probable que la contemporánea, especialmente la urbana, de añoranzas del paisaje. Y tal vez sea la añoranza lo que hace reconsiderar los paisajes poéticos, o la poesía del paisaje. En cualquier caso, el poeta siempre está escindido entre el paisaje exterior, que lo conmina o lo salva, y el paisaje interior, que lo nutre o lo consume.

Esa aparente contradicción, esa dialéctica, es la poesía. Por eso las preguntas: “¿Hacia dónde tu vicio / drena la sangre? / ¿Con cuál disfraz asolas / el jardín de las hespérides / y suplantas sus frutos?” (p. 41).

Es probable que la poesía sea el intento (¿inútil?) de atrapar imágenes y habitarlas. O sencillamente dar cuenta de ellas. Y para ello hay que vérselas con paisajes de toda índole, esos innúmeros paisajes de la modernidad, o de una posmodernidad de cartónpiedra que se muerde la cola. Y quizás sea ese el anhelo del poeta: transmutar las imágenes terribles y grotescas de los paisajes simultáneos en imágenes más asequibles, humanas y sensibles; con nostalgia o con esperanza. O sin ellas.

Y justamente eso es lo que se percibe en el texto poético de Juan Carlos Vílchez (Estelí, Nicaragua, 1952): un esfuerzo por salvar la imagen de la fotografía ramplona, de la estampa mística, del audiovisual telerisible, de la tarjeta para turistas. Una apuesta por rescatar la imagen del poeta y de la poesía en la insufrible concordancia de imágenes impostadas que ocultan o violentan la realidad, o la suprarealidad; como se quiera, o se pueda, ver.

Es que vivimos en un infierno de imágenes donde los paisajes se diluyen como fundidos o aguafuertes cotidianos. Peor aún, imágenes que nos birlan la verdadera realidad, la que sentimos, anhelamos, sufrimos y amamos.

Y es que el paisaje puede ser un animal, como un perro que “mueve la cola / hasta olfatearme / huellas persigue / acoplamientos de carne / y tiempo / escenarios para instalarse / como una coreografía. / No es fácil para un paisaje / encontrar su propia memoria / un huésped dónde incrustarse / límites para reposar / sangre con la cuál fundirse.” (P.10).

He allí las verdaderas vicisitudes del paisaje. Por eso el poeta, cuando deambula por la ciudad (“Esos basureros / con apariencia de jardines”, p. 25) encuentra marcas de su pasado en reminiscencias imaginarias o reales: el paisaje lo persigue por el mercado de la compraventa total. Puesto que el paisaje son también las sombras de otros paisajes, o pasajes, o personajes; mejor dicho: las “huellas del olvido” (p. 19).

En última instancia pareciera que el poeta persigue las imágenes de su infancia, que son las auténticas imágenes de su patria, su verdadera patria, es decir, su matria. Y entonces no queda más que abrazarse hacia adentro, hacia su propio paisaje: “Habito mis imágenes / solo de este lado” (p. 31). Esa es la única manera de garantizarse una cosmovisión y una seguridad en su forma de mirar y poetizar: “En el transcurso de mí mismo / me he preguntado también / con qué ojos ver…” (p. 31).

Acaso sea esa la manera de restituir los paraísos (¿artificiales?), o el paraíso perdido, que a final de cuentas es el que todas y todos anhelamos y perseguimos “como si todo fuese / un desafío / una obligación de regresar / una odisea” (p. 33).

De tal modo que estamos ante un libro de búsqueda poética y de reflexión ontológica a la vez. Un libro de múltiples espejos, de imágenes paralelas, de multiversos según la física cuántica, el cual a su vez pregunta por el maestro (Rubén Darío) y por otros profetas del paisaje, la meditación y la imaginación. Allí aparecen Emil Cioran, Giuseppe Ungaretti, las reminiscencias platónicas de la caverna, Goya (en una extraordinaria fábula del fast food posmoderno), entre otras iconografías.

Son los acompañantes del boceto de un viaje donde el paisaje nos invoca y convoca, o al menos provoca. Y en ese boca a boca la poesía fluye por intersticios terrenales y celestiales como un río que siempre va dar a la mar. O se regresa hacia el niño que fuimos “para recoger algo de luz / unas gotas de rocío / y un poco de aroma a pino / y lejanía” (p. 76).

 

Vargas Araya/Monterrey, diciembre 2013.