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Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914–1999) publicó en 1973 Dormir al sol, novela de excepcional belleza narrativa y argumental. Pocos narradores saben conducir al lector hasta los confines de la curiosidad tan bien como Bioy Casares. El sabor que dejan sus relatos es tan inquietante como admirable.

En Dormir al sol todo es un sueño. La vigilia se pierde de vista rápidamente. Presenciamos una inevitable distorsión de los hechos. Poco a poco a la novela se la va comiendo una monstruosa fantasía. Bioy Casares –narrador de espléndida precisión literaria– construye, como nadie más, una historia simple, apocada, que en las postrimerías se transforma en una gran perplejidad. Bordenave, relojista nervioso, gris, perturbado, asiste a la mutación de su realidad en un compuesto de absurdos –no exentos de un insólito humor– y falsificaciones de perspectivas. Los del Frenopático se llevan a su despótica mujer y se la traen como nueva. Amable, lejana, extraviada, no se parce a la antigua Diana, a la auténtica.

Este simple hecho provoca una maraña increíble de sucesos extraordinarios, salpicados de interesantes dilucidaciones por parte Bordenave, el narrador. La incertidumbre, las forzosas postergaciones, conducen a un estado de paranoia total.

Los desvaríos se acrecientan y los pasajes del barrio se disipan. Hay una suerte de conjuro que invalida a los personajes actuar. Poco a poco la épica nace en Bordenave y se arriesga en sorprendentes aventuras, con tal de dar con el misterio de su Diana.

Bioy Casares, paulatinamente, va dispersando en el relato filosofías y apreciaciones de las relaciones humanas. Temas como el amor y los celos se convierten en demonios invencibles que amenazan la congruente realidad.

La novela está dividida en pequeños capítulos a manera de esquela. En ningún momento mengua la exacta prosa de Bioy Casares. Todo está construido con inteligencia y sabiduría literaria. Divertida, placentera, aguda, es un impagable placer leerla.