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Amelia Mondragón

 

Hace más de cuarenta años, en su Panorama de la literatura nicaragüense (1977), Jorge Eduardo Arellano había señalado que el estudio de la novela revela tres etapas: en la primera prevalece el costumbrismo, en la segunda –a raíz de la intervención estadounidense– la novela madura al incorporar e interpretar hechos históricos y, en la tercera, Arellano busca y localiza los intentos novelísticos que aspiraban a nuevas formas de representación, más complejas o más a tono con la renovación novelística que se estaba viviendo en otras zonas del continente hispanoamericano.

Era una buena clasificación, sin grandes complejidades, atenida al hecho de que la novela en Nicaragua –país entre otros muchos donde no existieron los grandes conflictos sociales ni la riqueza política y cultural de México y el Cono Sur (los centros de nuestra versátil novela del siglo XX)–, habría de empezar, tal como lo hizo, como novela de costumbres. El aliento histórico que para los años treinta dichas costumbres cobraron, venía precedido por una guerra y sus subsecuentes cambios sociales. Así, el panorama novelístico de Jorge Eduardo estaba firmemente apoyado en claras fisuras históricas.

Arellano comienza su libro con las novelas de finales del siglo XIX (Capítulo I) evitando muchos de los problemas que le han salido al paso a proyectos similares, aunque menos ambiciosos que el suyo. Así, trata de no anclarse en definir o más bien redefinir estilos (romanticismo vs. modernismo, por ejemplo) puesto que en la Centroamérica de fines del siglo XIX los modos de representación se superponen, como sucede en muchas otras regiones de la América Hispana, aunque quizás de manera más notoria. Es a veces imposible deslindar el modernismo del romanticismo y, muchísimas más, a este de sus vástagos: el costumbrismo y el criollismo. Arellano simplemente usa la terminología en su más genérica acepción, con un gran sentido práctico, para demarcar las tendencias en curso y las que resultan anticuadas en un momento dado.

En ese espléndido primer capítulo del libro, el interés de Arellano es casi arqueológico: en él rescata la imaginería de las primeras novelas, la recepción que tuvieron, nos brinda datos valiosísimos sobre sus autores y, por último, ofrece largas y muy entretenidas citas de algunas novelas. Sólo quien haya intentado penetrar esa oscura red que es la novela nicaragüense decimonónica sabe de su carácter esquivo y de la perseverancia que implican las 47 páginas que Jorge Eduardo le dedica.

En el segundo y tercer capítulo del libro prosigue la riqueza de datos de contenido y bibliográficos en las dos primeras décadas del siglo veinte (II) y en los años treinta (III). Varias primicias quedan apuntadas: primera novela epistolar nicaragüense –La última calaverada (1913) de Anselmo Fletes Bolaños–; dos novelas de corte fantástico –El tesoro oculto (desaparecida hasta la fecha) y De mi viaje a París (1919), ambas escritas por Manuel Antonio Zepeda–; la primera novela de una nicaragüense –Los piratas (1935), de Carmen Mantilla Talavera–; una novela pionera sobre Sandino –¡A sangre y fuego! (1935), del panameño Alfredo Cantón– y, desde luego, las novelas que se acogen a la prosa contemporánea: las dos de José Coronel Urtecho, La muerte del hombre símbolo y Narciso, ambas publicadas en 1936, y el interesante testimonio político de Manolo Cuadra: Itinerario de Little Corn Island (1937).

Dos capítulos separados merecen Hernán Robleto (IV) y José Román (VI); el primero por ser el novelista nicaragüense que marca el estilo rápido, la atmósfera conflictiva de la región –o áreas no urbanas– y las más íntimas consecuencias, siempre violentas, de los choques ideológicos que dominaron la vida nicaragüense hasta muy entrado el siglo XX. Por su parte, a José Román le pertenece el haber creado en su novela Cosmapa (1944) una alegoría de la nación nicaragüense, promisoria y sin embargo frágil, tanto por su perfil social como por su inmensa dependencia de las improntas geopolíticas de los años cuarenta. Los análisis dedicados a las novelas de ambos escritores, aunque abundan en detalles, son sumamente claros y entretenidos.

Los capítulos V (“Novelas de los años 40”) y VII (“Novelas de los años 50”), siguen sorprendiendo por su riqueza numérica y los datos que de ellas aporta Arellano. En ambas décadas predominan los relatos testimoniales y biográficos. Y también nos sorprenden las citas de los textos porque en su mayoría muestran un español maduro y extraordinariamente estructurado, pero sobre todo diestro en absorber las peculiaridades de la cultura nicaragüense y sus giros coloquiales.

La novela nicaragüense: siglos XIX y XX, Tomo I (1876-1959) es una obra distinta: un texto excelente que por mucho tiempo habrá de ser guía fundamental en los estudios sobre la novela en Nicaragua. Siendo su propósito rastrear todas las concreciones –logradas, incompletas o no logradas– de que se tiene noticia y las que provienen de autores extranjeros pero que han permanecido vinculadas a Nicaragua, los futuros estudios sobre la novela nicaragüense partirán de una amplia base, ideal para corroborar, dirimir y discutir los problemas estéticos o de género que se dieron en Nicaragua y que pueden afectar o modificar los criterios generales que se usan o han usado en Hispanoamérica en el estudio de la novela. Entre las reflexiones que me ha suscitado este libro, anoto la siguiente:

En su introducción al primer capítulo, Jorge Eduardo Arellano apunta que la novela es un género difícil, más difícil que el cuento (p.21). Es ya una norma en Nicaragua pensar de tal manera para explicar la pobreza del género y sus razones: falta de tiempo o de recursos de los escritores. Sin embargo, al leer los primeros tres capítulos de La novela nicaragüense: siglos XIX y XX, se tiene la impresión de que ha existido una rica novelística en Nicaragua, particularmente en las primeras décadas del siglo XX, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa población para esas fechas en el país centroamericano, el índice de alfabetismo (seguramente muy bajo), y el hecho de que la novela no sólo es un género esencialmente “escrito”, de imposible reproducción oral, sino que además requiere de una infraestructura bastante desarrollada, tanto para que el escritor acceda a los torrentes de información que suelen circular en ella como para su impresión y divulgación.

También, a juzgar por las citas de Arellano, tanto las novelas logradas como las carentes de feliz término, aún sin ser ninguna de ellas necesariamente orgánica, nos ofrecen un gran despliegue de disciplina lingüística y una gran racionalidad novelística. Sin lugar a dudas, el problema de la novela o la visión que de ella se tiene en Nicaragua, nace después de los años cincuenta, quizás por equívoca comparación con la novelística del Boom y porque en Nicaragua, a partir de los años setenta, se acentuaron los géneros que podían difundirse con rapidez y, en muchos casos, en forma oral: el cuento y la poesía.

Sea o no cierta esta reflexión, motivada por el libro de Arellano, el caso es que los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX merecían una revisión: no sólo para escrutar la intima red de una escritura considerablemente rigurosa, sino también por el simple gusto de descubrir que los cimientos de la novela nicaragüense gozaron de una salud ahora envidiable.