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Después de la fatigosa travesía de regreso al presente, en la charla nocturna donde sus invitados lo esperaban, el viajero en el tiempo relató su fantástica experiencia. Quizás el mismo Wells era ese personaje aventurero que construyó la máquina, tiró de las palancas y partió al inconstante y estrepitoso desplazamiento por las grietas del tiempo, donde el sol que marcaba los días en el cielo duraba segundos y se deslizaba de solsticio a solsticio.

Siglos enteros se escurrían en segundos. Debió de ser aterradora la visión de la realidad derritiéndose ante los ojos por la velocidad del viaje y del tiempo. Los arboles naciendo, creciendo y derrumbándose en un instante; las grandes estructuras arquitectónicas erigidas y derruidas en segundos; la asfixia y el vértigo de la máquina fluctuando en el espacio. Y todo eso en la violenta velocidad de la máquina.

Toda esa visión, esa hermosa pesadilla, se la imaginó un inglés de clase media a los 39 años, en una pensión de Sevenoaks, en Kent. A Herbert George Wells (1866 -1946), estudiante de biología y graduado en zoología, el padecimiento de tuberculosis lo obligó a dimitir de su cargo de profesor. Por consiguiente, en sus horas solaces –que eran la mayoría– se dedicó a la escritura. En 1895 dio a luz su primera novela de ficción: “La máquina del tiempo”, a la cual los años le han deparado la categoría de clásico, por su vigor narrativo y fantástica imaginación. Además del artificio imaginativo, planteaba su escepticismo ante el maquinismo frenético del hombre que se reflejó en la división de clases: Los Elois y los Morlocks.

Los primeros, inermes, sutilmente frívolos, estaban a la merced de los segundos, salvajes y feroces. El futuro encontrado por el viajero no era nada parecido al imaginado. La humanidad vivía su ocaso. Los humanos divididos en dos clases criaturas, moraban en dos espacios. Los Morlocks desde las entrañas de la tierra, vivían en la penumbra y en la salvajismo. Los Elois, en la superficie, pasaban sus pueriles días, jugando y comiendo. Al caer la noche, los Morlocks se alimentaban de los desamparados Elois. Así funcionaba la cadena alimenticia.

Los Morlocks esconden la máquina del tiempo. El viajero padece el pánico de quedar cautivo lejos de su época. El repentino rescate de una Elois en un río lo amiga con ella. A pesar de la frialdad del ámbito, hay un atisbo de sentimiento entre ellos. Juntos emprenderán una aventura: conseguir la máquina y sobrevivir a los Morlocks, que de noche los asechan. Viajes y paradojas a través del tiempo, visiones fantásticas del mundo y sus seres futuros, caben en este imprescindible relato. Wells fue el primero en figurarse, hace más de un siglo, la asombrosa idea de viajar hacia otro tiempo. Y lo hizo realidad a medida que leemos su relato. Ahora sólo falta que la ciencia lo haga patente más allá de la imaginación.