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Para presentar la película-documental Searching for Sugar Man, recientemente premiada en Gran Bretaña y los Estados Unidos, podrían bastar los títulos de un documental anterior de la TV de Sudáfrica: Los muertos no hacen giras; y otro titular aparecido en The Guardian: El cantante que volvió de entre los muertos. Porque sobre Sixto Rodríguez circularon versiones de su suicidio con alguna malicia de la piratería discográfica; aunque acompañaría el rumor la fría realidad en la poesía de sus únicos discos de comienzos de la década de los setenta: Cold fact y Coming from reality.

Todos comparan sin dificultad a “Rodríguez”, como lo llaman, con Bob Dylan. Pero sus maneras son reservadas hasta el anonadamiento y no se muestra, se oculta; su hablar es oscuro, aunque sin perder una ligera sonrisa cómplice del rostro. Sus gestos personifican los mensajes crípticos de sus canciones. Porque Rodríguez ya no perteneció a la eclosión de los sesenta sino a las catacumbas de los setenta. Cuando todo se nos volvió oscuro en Latinoamérica. En países como Italia comenzaron los “años de hierro” de una violencia calculada, de una inseguridad promovida para que nadie se moviera. Como ahora vuelve a suceder en algunas sociedades centroamericanas y sudamericanas.

La conciencia social en la música de este obrero e hijo de obrero en Detroit, aparece sobre un trasfondo como el que delinean con más extensión los documentales de un Michael Moore, y transcurre entre el humor y escepticismo como la obra de un Matt Groening. Pero sus canciones tuvieron la suerte del doble mensaje, necesario en los regímenes represivos, de una lectura superficial que ocultaba al oído de los censores los símbolos que movilizan la rebeldía de la juventud. Y encontraron eco en el movimiento antiapartheid de Sudáfrica, un movimiento por la democracia y contra la represión; y por lo tanto contra la discriminación étnica, como en EU había sido la lucha por los derechos civiles de los sesenta. Pero Rodríguez ignoraba aquella recepción de su música.

Cuando llegaron las canciones de Sixto Rodríguez a las cantinas de barrio obrero de Detroit, la industria discográfica ya estaba de vuelta de su aperturismo de los años sesenta. La música de Rodríguez se hundió en el olvido, precisamente porque se resistió al programa New Age, su naturismo y macrobiótica; cuando se acorraló el arte de los músicos independientes en las radios universitarias, y aparecieron los nuevos directores de cine independiente para cinéfilos de pequeñas salas de cine. Solamente la dura realidad de Sudáfrica en los años setenta pudo dar aire de masas a la música de Sixto Rodríguez. Por el carácter de la música, cuando llega en su momento y tiempo generacional, las canciones de Rodríguez resonaban con gozo en la sensibilidad de esa juventud enfrentada a una tarea seria por la democracia.

Lo menos que encontrará el espectador de esta película-documental será un argumento de misterio a lo Sherlock Holmes, pero no anticipo nada más. También se observa el negocio del mercado del arte y de la piratería de tráficos ilegales a gran escala. Pero, cuando el artista se sale del programa de las cadenas de la distribución mediática, fracasa; aunque reconocida su calidad, por su papel de censores y por las cuentas del negocio, los gestores de la industria mediática los tiran a la papelera.

La búsqueda del director Malik Bendjelloul para financiar la edición de esta película tuvo los mismos ingredientes del argumento de Searching for Sugar Man. Pero, por suerte, se resolvió en menos años que la historia de Rodríguez. Un guión excelente con una fotografía, cuyas imágenes serían intraducibles a otros lenguajes, como las secuencias de Rodríguez apareciendo en la ventana, la de su andar sobre un fondo de nieve espectral o la de su camino de vuelta a casa. Lleva al espectador a los límites de lo creíble y lo increíble sobre una historia completamente verosímil de tantos artistas perdidos. Pero, si vuelve Sixto Rodríguez entre nosotros es porque todos estamos volviendo a unas maneras de ser y parecer un poco más auténticas.