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Semana Mayor.

Solo, seco el tiempo.

Impertinente, cotidiano.

Sol fulgurante,

diferente de aquel

sudoroso y cálido brillar

que me hizo afincarme

sobre lisa llanura

en cielo purísimo de luz,

entre lago y crestas azuladas.

Sólo así cambié mis cerros

y dejé aguas cristalinas,

ventosos atardeceres,

sonidos de campanas.

Sólo así amé

tráfago con asomos de ciudad

y perfiles académicos

en que quise florecer.

Y allí, en viejo caserón

se dio la letra,

la vocación de magisterio

jamás imaginada.

Y la otra vocación,

la de mujer, la de madre,

los ideales de lucha

traídos desde la infancia

y heredados de los padres.

Así fue asomando

como ventana entreabierta

en días radiantes

y noches pensativas,

entre ideales coartados

y esperanzas nunca desistidas,

entre una y otra entrega

del ser mujer y madre,

entre tanteos iniciales

de letra y pensamiento

esta otra manera de existir

en el tiempo y espacio cerebrales

porque allí afinca el corazón

las burbujas de los sueños

y también las pesadillas.

 

Así corrió antigua quebrada cristalina

por meandros de soledad

entre temblores y ruinas

más allá de las “carnes ausentes”

flotando en éter astral

renovando la conciencia

reconciliando pedazos del ser

esparcidos en la “calle del dolor”

y juntándolos

en esta nueva vía

serenamente asfaltada.

De ahí que la Semana Mayor,

la de este 2011

exorciza la otra soledad

y en ciudad paralizada

desde rincón solitario

que me sirve aún de nido

avizoro el esplendor

más allá de mis verdes montañas,

las del Boaco juvenil,

más allá de mis lagos, lagunas y volcanes.

 

Sobrepuesta al polvo seco del verano

y al sol extenuante de los días

asoma el alma

convirtiendo los años

en ánimo sereno,

en balance de sonrisas y quebrantos

trasmutando experiencias por espíritu.

Así voy llenando de sentido

rigor y placer

beso y llanto

ausencia y presencia

locura y sensatez

nostalgia y esperanza

ángeles y esperpentos

paraíso e infierno.

Están todos aquí,

las vivencias, los recuerdos,

las cavilaciones,

prendidos de mi mano abierta,

de mi corazón dilatado

por los múltiples amores.

Están aquí, conmigo,

en esta Semana Mayor

y me hablan

con esa voz milenaria

que me dice:

toma tu fardo a cuestas

y sígueme

que soy tu sol,

tu viento y montaña,

el esplendor que buscas

desde días iniciales.

Cobíjate con mi palabra.

Así tus pájaros

acarrearán a tu nido

nueva, gustosa paja.

 

Managua, 2010-2013.

 

Margarita López Miranda