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Durante los primeros años de la década de los treinta irrumpió y empezó a desarrollarse en Nicaragua el Movimiento Vanguardia (el único de tal tipo que registra la historia centroamericana), en el cual confluyeron postulados estéticos de las vanguardias europeas, pero en el que también tuvo mucha influencia la poesía norteamericana moderna, así como una corriente nacionalista y telúrica muy ligada a sus diversas concepciones estéticas.

Como se sabe, el movimiento estuvo integrado por un grupo de jóvenes relativamente cultos e irreverentes. Entre ellos, quienes más destacaron fueron Luis Alberto Cabrales, José Coronel Urtecho, Manolo Cuadra, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos y Octavio Rocha. Igual que todas las vanguardias en el mundo, la nuestra constituyó un movimiento estigmatizado por la ambigüedad y la contradicción. Con gran aspaviento intentaron destruir el estatus imperante en el gusto literario local, pretendiendo además la construcción de un nuevo arte.

La figura más influyente del grupo, desde una perspectiva ideológica-literaria, fue Coronel Urtecho, quien viajó muy joven y durante mucho tiempo por los Estados Unidos, de donde regresó compenetrado y entusiasmado con la poesía moderna norteamericana, cuya influencia, unida al también influyente regreso de Francia de Luis Alberto Cabrales, luego de absorber fervorosamente la poesía francesa de vanguardia, constituirían una “doble influencia decisiva” y una “marca” que habría de permear desde entonces a todas las posteriores generaciones de poetas nicaragüenses.

En su momento, los vanguardistas la emprendieron, y a veces se ensañaron –hasta el punto de llegar a ignorar sus mejores dechados– contra un monumento inconcluso: el de una adolescente tradición literaria nicaragüense, embelesada aún por la parafernalia modernista de Rubén Darío. Pero también la emprendieron contra la ignorancia y la chata perspectiva cultural de la incipiente burguesía local, a la que, sin embargo, ellos mismos estaban ligados por lazos familiares.

Pugnaban por fortalecer una cultura nacional asentada en la raíces y la tradición vernáculas, pero proyectada hacia “lo universal”, aunque de hecho se refugiaron en la tradición patriarcal de su estirpe oligarca. Políticamente predicaban una especie de ultra-nacionalismo, de origen católico-hispánico, que devendría en fascismo, del que más tarde se alejarían arrepentidos, pero conscientes de que sus intentos de ruptura estética abrirían por fin las puertas de Nicaragua a una plena modernidad literaria.

Poeta y traductor

“Pol-La D’ananta Katanta Paranta Dedójmia T’élson / Imitaciones y traducciones” (1970), es el primer libro de poesía de Coronel Urtecho, quien pese a haber sido el maestro, ideólogo y guía de la vanguardia nicaragüense y su larga secuela, quizás haya sido también el “menos poeta” del movimiento. Luego publicaría “Paneles de infierno” (1980), un poemario en prosa en gran medida político y casi panfletario, en homenaje a la revolución sandinista.

El título de su cronológicamente tardío primer libro proviene de una cita de Homero que en castellano quiere decir: “Y por muchas subidas y caídas, vueltas y revueltas, dieron con las casas”; y es la reunión de sus poemas hasta entonces escritos y publicados de forma dispersa en periódicos y revistas desde las primeras décadas del siglo; aunque en general son, como lo indica el subtítulo, ejercicios de traducción e imitación de poemas y poetas admirados por el autor.

Acerca de si se trata de poemas “originales” o traducciones o meras imitaciones, el poeta Ernesto Gutiérrez ha puntualizado, luego de entrevistar al autor, que son más bien textos “sugeridos por algún otro poema de algún otro poeta en alguna de sus innumerables lecturas”. Según Gutiérrez, Coronel Urtecho consideraba sus traducciones como parte sustantiva de su obra poética, “porque al hacerlas, esos poemas de otros poetas se han hecho nuevamente poemas, pero a su manera, o sea que, al hacerlos a su modo, de cierta forma, ha hecho suyos esos poemas”.

Preguntado acerca del origen del título de su único libro de poesía, Coronel Urtecho explicó que el sentido de la frase homérica es muy significativo respecto a la forma en que él mismo solía proceder como autor:

“Tomo una cosa, me inspiro en alguna técnica que encuentro o la arreglo a mi manera, y hasta que la agoto a mi sentir digo: bueno, ya he hecho bastante de esto… ya agoté mis capacidades de expresión… Cuando estaba muy joven… en el Movimiento de Vanguardia, solía decir que a mí cada año me ocurrían cambios, sobre todo por las lecturas de poesía… Me ponía en otra situación y cambiaba y así íbamos entonces, con altibajos… algunas veces va mejor… otras veces descendés… por muchas subidas y bajadas, veredas, recovecos…”

En esta ejemplificación brindada por el propio Coronel, quizás se encuentre la esencia de su ejercicio creativo, de su “ars poética”. Por algo el poeta Ernesto Cardenal, uno de sus tantos discípulos intelectuales en Nicaragua, lo veía como un hombre siempre inquieto, “distinto cada día”, y afirmaba que la movilidad fue un constante signo de su vida, pues lo único permanente en su temperamento siempre fueron las mutaciones. “Hombre de muchas piezas”, lo llamó, parafraseando a Unamuno.

Según Sergio Ramírez, la poesía de Coronel, aunque “no desprecia los parámetros clásicos, busca en otros momentos romperlos, y desde la perfección del soneto va hacia los poemas descriptivos, hacia lo que él mismo bautizó como exteriorismo. Ramírez describe a Coronel como un “escritor de dedicación y vocación absoluta… poeta, narrador, ensayista, historiador y conversador ingenioso e inagotable”. Por eso fue también un maestro.

Coronel Urtecho ejerció un incuestionable magisterio entre casi todas las generaciones poéticas del siglo veinte en Nicaragua. Ernesto Cardenal lo proclamó “el maestro de todos”. “No sabemos a qué se deba la aparición de Darío en Nicaragua –afirmó Cardenal–, pero podemos decir que si Nicaragua vuelve a dar otro nombre a la literatura mundial, en caso de no ser Coronel Urtecho, se deberá, al menos en mucha parte, a él”.

Un prosista cervantino

En la Nota Preliminar a la segunda edición que publicó la Editorial Aguilar, en 1959, de “Rápido tránsito” (el libro más conocido de prosas de Coronel Urtecho), el crítico español Pedro Laín Entralgo destacaba con admiración la profundidad, agudeza e intuición evidentes en la prosa narrativa de Coronel.

Se congratulaba el erudito por esa prosa “felicísima” con que el escritor nicaragüense despliega sus variadas descripciones, “una prosa líquida, ondulante, clara, tornasolada”, que ya varios críticos nicaragüenses e hispanoamericanos han comparado con el ritmo fluyente del río San Juan de Nicaragua, que Coronel también describe en sus textos, y donde al cabo se retiró para morir.

Precisamente en esa observación de Laín Entralgo, Carlos Martínez Rivas se apoyó (en otra Nota Preliminar, pero esta vez a un volumen más amplio de prosa coroneliana publicado por la Editorial Universitaria Centroamericana, en 1972) para establecer una interesante y en apariencia audaz comparación entre la prosa narrativa de Coronel Urtecho y la de Miguel de Cervantes.

Para Martínez Rivas era ese uso insustituible de las palabras adecuadas, esa transmisión directa y precisa de los hechos gozosos y materiales, ese interés siempre humano y sustantivo (“típicamente cervantino, nunca abstraccionista o general”) por los personajes de sus relatos y los recuerdos de sus crónicas; lo que a menudo le hacían recordar a Cervantes en la prosa de Coronel, quien, al igual que el autor de El Quijote, parece detenerse a observar con detenimiento y en particular a cada uno de sus personajes y cada uno de los hechos o ámbitos recordados, recreados o descritos en sus textos, con la misma curiosidad y detalle, con igual “voracidad de veracidad”.

Martínez compara la evolución de esos valores literarios en la prosa coroneliana (desde sus tempranas noveletas tituladas “Narciso” y “La muerte del hombre símbolo”, hasta sus textos prosísticos tardíos como “El mundo es malo” y “Segunda relación”) con la evolución de esos mismos valores en el propio caso de Cervantes.

Para Martínez, la prodigalidad en dones y la maestría en el estilo prosístico del Coronel inicial, se acendran después y alcanzan su síntesis, una vez que el autor se ha sometido “a la acción del fuego y (las) pruebas de la vida”. Su propuesta es que, en el caso de Cervantes, se trata de una evolución semejante a la de Coronel, la cual parte del “trazo sentencioso” y la “gracia” de las Novelas ejemplares, hasta llegar al estilo más denso y apretado evidente en “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, obra póstuma que, según prólogo de Ángel Balbuena (citado por el propio Martínez Rivas) a las Obras completas de Cervantes editadas por Aguilar en 1967, el autor de El Quijote firmó en su agonía.

Pero no se crea que fue solamente la fluidez, la inventiva y la claridad de la prosa coroneliana, ni su “cualidad de verdad”, ni su “consumación en la síntesis”, tan similar al procedimiento estilístico del autor de El Quijote, lo que llevó a Martínez Rivas a comparar el trabajo narrativo de Cervantes con el itinerario prosístico del también poeta Coronel Urtecho; especialmente con el fluido, limpio y para entonces novedoso despliegue descriptivo, evocativo y elucubrativo de su libro “Rápido tránsito”.

Es en el sueño frustrado de Cervantes de viajar a la entonces mítica América y lo que de ese sueño cervantino puede haber en buena parte de la obra en prosa de Coronel, donde se podrían encontrar los motivos que verdaderamente incitaron a Martínez Rivas al aparente atrevimiento de establecer semejante comparación.

Todo lo que Cervantes hubiera visto, adivinado y recreado si hubiese llegado a “Las Indias”, según Martínez, es una realidad en la prosa de Coronel; aunque yo diría, secundando a Sergio Ramírez, que también es una vasta y rica realidad en casi toda la narrativa latinoamericana desde Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier.

Sin embargo, el “audaz” establecimiento del símil Coronel–Cervantes no es del todo gratuito. Desde un punto de vista estilístico, mucha de la prosa de Cervantes se asemeja a la de Coronel en diversos procedimientos. Los más evidentes o visibles son, desde mi perspectiva, cierto exhibicionismo del narrador en muchos de sus relatos; el establecimiento sólido y temprano de su punto de vista; la confianza que su discurso despierta en el lector y hace que éste se deje llevar y acompañar, como si lo tomaran del brazo y lo condujeran por la historia narrada; y la plástica o plasticidad que caracteriza a la mayoría de sus textos breves de narrativa, especialmente las noveletas.

Pero esa plasticidad no consiste sólo en el uso hábil y el manejo preciso (en ambos autores) de la espacialidad en el transcurso de la narración, sino en la relación que en muchos casos el narrador establece entre el comportamiento de sus protagonistas y otros ámbitos que rebasan los límites de lo narrado en el texto.

Podría alguien, incluso, aventurarse a encontrar, con relación a lo aquí mencionado, similitudes estilísticas de alguna manera evidentes entre “El celoso extremeño” (una de las Novelas ejemplares de Cervantes, en la que su protagonista, después de largos y accidentados periplos, encuentra su destino en América) y “La muerte del hombre símbolo”, la noveleta coroneliana que, particularmente, suelo releer y disfrutar con más frecuencia.

Por otra parte, yo mismo, también, me atrevería a establecer comparaciones entre la prosa de Coronel (y no sólo en la de él, sino en la de muchos de los escritores que le subsiguieron en la conformación o restauración de una tradición literaria conservadora, arraigada en el viejo ideal hispánico-católico que se ha sustentado y confortado con los ecos y nostalgias de una desmedrada noción de oligarquía nacional) y alguna prosa escrita en castellano a finales del siglo XVI.

Me refiero no a los autores que, como Cervantes, permanecieron en la península durante el periodo de conquista y colonización de América, sino a los propios conquistadores que en sus crónicas (llamadas “de Indias”) dejaron no sólo un interesante y cruento legado testimonial de su odisea, sino que también participaron beligerantemente en la fundación de nuestras aún patriarcales y extendidas tradiciones literarias.

No se equivoca, pues, quien cree encontrar la naturaleza y el origen de los visibles “parentescos” literarios y de ascendencia familiar (anómalamente desprovistos de impugnaciones generacionales) entre muchos autores canónicos nicaragüenses, no sólo en el inevitable influjo de la poesía norteamericana (especialmente la de Ezra Pound), introducido en nuestro ámbito por el propio Coronel Urtecho, sino también en la constante y significativa consulta, afición e identificación con los cronistas españoles, que los escritores nicaragüenses pertenecientes a esta tradición extendida en Nicaragua hasta finales del siglo XX, han hecho tan evidente.

No en balde el texto “Viajeros en el río” (incluido en “Rápido tránsito”) de Coronel, al igual que “Los viajeros en Nicaragua”, de su cofrade vanguardista y compañero de generación, Joaquín Pasos, intenta proclamar que la conciencia nacional es un producto-reflejo o una derivación consecuente (de donde se desprende “todo el valor de Nicaragua”) del “ojo del viajero”, y que la “época ideal” de gestación de esa conciencia fue la Colonia.

Ya algunos críticos nicaragüenses, que van desde Ileana Rodríguez hasta Miguel Ángel Herrera y Leonel Delgado, han subrayado con reticencia y ánimo impugnador la permanente insistencia de nuestra tradición literaria por establecer esa identificación con el viajero, que no es más que su natural aproximación a los ancestros conquistadores y colonos.

En fin, si es verdad que los códigos ocultos de nuestro inconsciente colectivo están imprevistamente revelados en las crónicas de viajes y conquista de esos vanamente ennoblecidos viajeros (de cuya onerosa estirpe fue excluido Cervantes por el destino), y si es cierto también que en esos textos de dominación colonial están las “características seminales” de determinadas formas de ver y de pensar que se desarrollarían y se asentarían a lo largo de nuestra formación histórica, entonces, ¿por qué no creer en la nada antojadiza relación entre la prosa de Coronel y la de Cervantes?

Después de todo, ambos, además de viajeros y conversos, fueron artistas auténticos, cuya verdad personal se sitúa más allá de cualquier verificación inequívoca.

 

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