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El Guiso

Fernando Silva

 

Mi tía Evangelina, me comentaba mi compadre Félix López que era una vieja embelequera; así, como si se tratara que ella fuera como un cuento.

Ella y mi otro tío, tío Ramón, siempre estaban ahí los dos juntos. Un día mi tío Ramón se enfermó él. Un médico que lo vio le dijo que en verdad lo veía mal y que debía de cuidarse mucho.

–¡Qué vaina fue eso para la tía…!

Me dijo el compadre Félix que eso les había preocupado mucho; pero hasta ahí, pues.

Como en otros días esa vez a la hora del almuerzo, tío Ramón, como lo hacía siempre se sentó a la cabecera de la mesa.

En un plato hondo se sirvió primero unas dos cucharadas de sopa de carne con yuca, dos tucos de quiquisque, culantro y también un huesito carnudito; luego en otro plato tendido se puso una ración de arroz, frijoles y uno dos pedazos de maduro frito.

Cuando se acercó la tía le dijo que no se olvidara del “guiso de pipián” que le había encargado.

Tranquila, la tía Evangelina se fue a la cocina a ver, y ahí se tardó porque tuvo que calentar el “guiso de pipián”, aunque de todas maneras se le olvidó ponerlo, porque además le faltaba traer algún bastimento; pero lo peor fue que al llegar a la mesa donde estaba comiendo el tío Ramón lo halló al pobrecito tronchado sobre la mesa.

Dice mi compadre Félix que cuando la tía lo vio se asustó mucho, levantando los brazos afligida y diciendo que eso le dolía muchísimo en el alma, y me agrega mi compadre Félix que así como estaba la tía Evangelina de atribulada le gritó al compadre:

–¡Qué triste es esto de Ramón, compadre Félix…; pero sobre todo me duele y lamento mucho el cuento de que el pobrecito de Ramón no se haya podido dar el gusto de comerse su “guiso de pipian”.

 

16/Junio/2013.

 

 

Nadie

Fernando Silva

 

Más de alguna parte tiene que haber adonde yo me pueda apear.

–¿No conoce usted… algún lugar? –le preguntó el otro a un viejo que estaba sentado allí en la acera de su casa, fresquiando.

–Aquí… –le contestó con toda tranquilidad el viejo.

–…pero que no vaya a ser caro –dijo el otro–, que yo ando escaso.

El viejo lo alzó a ver.

–No sé yo qué es lo que Ud. lo vería caro.

–…pues ni sé qué decirle; si Ud. me da una idea.

–¿Cómo le parecerían unos cincuenta pesos la noche?

–¿…y el día..?

–…todo…

–¿...con desayuno…?

–No, con desayuno; no.

–¿…tiene baño, si…?

–No.

–.¿..y?

–El baño está en el patio, con una pila.

–¿…y el excusado…?

–Allí mismo.

–…pero le ponen ropa a uno.

–¿No anda usted la suya?

–No.

–…pues no le resulta aquí, pues.

–Tal vez usted sabe de alguna otra parte.

–¿…como de qué…?

–No hay nada aquí; ¿qué hacen, pues, en este pueblo?

–Nada.

–Cómo que nada…

–Si algo le digo no me va creer…

El otro se puso incómodo.

–…pero me decían que aquí vendían piñas…

–En cosecha, sí.

–¿...y ahora...?

–Ahora ya pasó la cosecha.

El viejo se levantó de donde se había sentado. Una mujer que salía de adentro le ayudó a levantarse.

–Ese –le señaló el viejo al otro–.

–Cuál –le preguntó la mujer–.

–Ese de allí. –dijo el viejo–; aunque tal vez ya se fue.

La mujer se puso a reír de las frecuentes locuritas del viejo.

–No veo a nadie; a nadie –le dijo la mujer.

El viejo entró disgustado a la casa, gritando… ¡Nadie entonces, pues…! ¡Nadie…!

Las gentes que pasaban en la calle se quedaban paradas oyendo curiosas al viejo.

Y el viejo desde adentro seguía gritando:

–¡Nadie… Nadie…

 

15 / Junio / 2013.