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Educadora en Nicaragua y diplomática en España, Margarita Gómez Espinosa (San Marcos, Carazo, 3 de junio, 1935-Jinotepe, Carazo, 24 de julio, 1998), cultivó la novela pero dentro del marco de la subliteratura. Seis sumaron sus aportes.

Por Almas y por Mares

El primero fue Por almas y por mares (1956). Se trataba del cuarto libro de una maestra graduada. Tres colecciones de textos escolares —Pétalos (1941), Alma indígena (1942) y Nuevos rumbos (1955)— lo precedían. Pero hasta ahora llamaba la atención con un facilismo escritural y por el título de la serie, “Grandes novelistas de nuestro tiempo”, en la cual la editorial Colenda, de Madrid, la había incluido.

Sin embargo, la realidad era otra: excesivamente palabrera, la novela pertenecía a la subliteratura, a un nivel casi absoluto de desconocimiento técnico, a la presencia de una tónica romántica fuera de época, a la reiteración del tópico con similares términos o planteamientos. En Por almas y por mares, que consta de 411 páginas y seis partes, figuran Agustín Sánchez Vijil y Federico Arana, dos cirujanos —honra y prestigio de la ciudad de Jinotepe— que operan con éxito un tumor en el cerebro de la niña Carolina, hija de Ángeles, cuya esmerada educación no impidió que fuera engañada por David al casarse este con otra y dejarla en estado de embarazo.

Lo acontecido a Ángeles era un baldón para él soberbio y altivo don Miguel Zampieri, su padre; por eso ha vivido sola con su hija y Petrona, una abnegada anciana. Pero Miguel busca a su nieta para llevarla a su casa y educarla. Ángeles la entrega y hace su propia vida. Fallecido don Miguel, sin ver ni perdonar a su hija, esta es acogida por su madre Rosita y se reencuentra con Carolina, que está por graduarse de bachiller. Pero Ángeles no asiste a la ceremonia. ¿Cómo habría de penetrar al colegio la mujer que no supo guardar sus enseñanzas? No se sintió redimida ni con el dolor ni con el perdón de su madre. Con una despedida en el aeropuerto de Las Mercedes a Carolina en traje de bodas, pues acababa de contraer matrimonio, termina su primera novela Margarita Gómez Espinosa.

La Bruja

En la segunda, La bruja —publicada en 1958— explota de nuevo su veta subliteraria; pero el argumento es más atractivo, no obstante las extensas disgresiones éticas e ideológicas. Pedrito, un niño huérfano de madre, es el protagonista. Su padre alcohólico y su madrastra lo someten a maltratos hasta que huye y se refugia en casa de Rosa, que tiene fama de bruja. Con ella vive Mina y entre ambas nace una profunda amistad.

A Ometepe —donde residen los tres— llega un desconocido en busca de Pedrito. Antes de partir, el niño promete a Mina retornar algún día para esposarla. La niña es hija de Pedro Moreno, un español, y de una india casada con un viejo rico; para evitar el escándalo, la madre había regalado a la recién nacida a tercera persona que, a su vez, se la entregó a Rosa.

Luego el escenario es otro: la guerra civil de España, concretamente el sitio del Alcázar de Toledo defendido por el general José Moscardó. El médico que asiste a los heridos es Pedro Núñez, criado por un sacerdote, quien se hizo cargo de él al morir su protector, don Fernando Moreno: el desconocido que se llevó a Pedrito de Nicaragua.

Graduado de México, Pedrito regresa a su patria para cumplir su promesa de casarse con Mina, hija de Pedro Moreno, el hermano de su protector don Fernando. Pero no la encuentra. La novela pierde unidad y la acción queda trunca ante las excesivas divagaciones de la autora que exalta la civilización maya, describe el puerto de Génova, elogia al general Franco, condena el comunismo, diserta sobre la responsabilidad de las madres y el deber humanitario de los médicos, entre otros temas. Además, es subyugada por la España de pandereta.

La Maraña

La tercera novela de Gómez Espinosa obtuvo en 1963 el segundo premio en la rama de novela de los Juegos Florales de Quezaltenango, Guatemala. La maraña era su título y consistía en una novela corta editada ese mismo año en España; Alejandro Covarrubias Z., jefe de la Misión de la Unesco en Nicaragua, la prologaba.

En relación con las dos novelas anteriores, La maraña posee menos lugares comunes en su lenguaje y una vinculación más directa con la realidad. Don Carlos, un “nuevo rico” a causa de las alzas de los precios del algodón, es el personaje central. Lleva una vida plena de halagos con su familia. Pero la baja de los precios de la mota blanca lo conduce a la ruina. Sus amigos lo desconocen y su familia sufre el desaire social. Entonces busca un remedio heroico: irse a las selvas de las Segovias (la maraña verde) en compañía de Juan, su viejo sirviente. Reconstruye su capital a cambio de la separación de sus seres queridos.

Parte del argumento se desarrolla en Nueva York, circunstancia que la autora aprovecha para producir el contraste. De una parte, la maraña de la selva primitiva y salvaje; de otra, esa maraña —tal vez más tenebrosa— de la primera ciudad del mundo. Una crítica social se hace presente, sobre todo —en palabras de Covarrubias— “a nuestras juventudes despreocupadas que, armadas de dinero fácil, se pierden guiadas por el frenesí de los placeres y que suelen buscar su salvación en el gran país del norte, humillados y oscuros, en la moderna jungla de nuestra civilización”.

Cuatro párrafos, que dan la tónica de la novela antes de desatarse la “crisis”, vale la pena transcribir:

Las avionetas fumigadoras saludaban y hablaban del progreso, de la redención por el trabajo, de la justicia y de la honradez; los insecticidas velaban por la tranquilidad del plantío; al amanecer saludaban al alba los aviadores bañando aquella verdura con un fino polvo blanco de olor penetrante y desagradable, que sacrificó a muchos trabajadores para restar peligro a la plantación. Vino la floración con toda esplendidez y el campo se cubrió de irisadas mariposas amarillas; abrió sus pétalos un conjunto de aves risueñas y luego… la guayaba, protegida contra el “picudo” destructor, abría su diminuto vientre y daba a la vista el copo blanco salvado por los modernos métodos que aplicaba la técnica agrícola y al retirarse los dueños en sus vehículos, calculaban: —Lo menos, mil córdobas la manzana.

Todos los cortes eran al mismo tiempo, se volcaba la actividad humana y el dinero llegaba desde el mísero estanco, donde el cortador bebía, hasta el Terraza y el Country donde el magnate celebraba con los amigos sus ganancias futuras, pues las contaban por el número de “guayabas” y la atención prestada a sus plantaciones.

Luego, entre cantos de una tropical vendimia, recogían la falda blanca al plantío y… el vértigo del oro recorría el país; los implementos agrícolas con rubia insolencia roturaban el suelo, pisaban la tierra suplantando al hombre y con esa economía humana quedaban a los dueños centenares de miles en cada año.

Las vacas gordas, como al pueblo egipcio, abrían rutas de despilfarro sin que un José previsor apartara algo en los graneros para el futuro. Y gracias al grano púrpura y al copo blanco eran posibles lujosos Cadillac, suntuosas mansiones, viajes a apartados sitios del mundo, compra de mayores extensiones de tierras, pues los cálculos eran cada vez mayores y las proporciones en las ganancias según las manzanas sembradas; no se le temía al crédito porque la cosecha era segura. El lujo trazaba sendas de Basora y Bagdad y todo el aparato de un festín nacional preparaba a diario danzas alrededor del becerro.

Por algo el entonces gerente del Banco Nicaragüense, don Arturo Cruz Porras, elaboró un ensayo titulado “Sentido económico y social de una novela”, que leyó en una de las sesiones del “Festival del Libro Centroamericano”.

Herencia fatal

Dos novelas más de Margarita Gómez Espinosa fueron galardonadas, con segundos premios, en el certamen referido de los Juegos Florales de Quezaltenango, convocatoria promotora casi siempre de materiales subliterarios. Al menos caben en ese nivel Herencia fatal (1963), cuarta novela de Gómez Espinosa. La otra novela suya, merecedora de ese reconocimiento, quedó inédita: Cañaverales rojos.

Herencia fatal ficcionaliza la heroica actitud de la joven Rafaela Herrera en 1762 frente a la invasión inglesa de ese año a la provincia española de Nicaragua. Mas lo que logra es una estampa vernacular, incluso en el léxico empleado: bolas, bulla, buruscas, cucmiche, elotes, penquiar, tenamastes, etcétera. También realiza lo mismo con la intrusión de los filibusteros estadounidenses en 1855 y el incendio de Granada que perpetraron al año siguiente. La maestra —no la novelista— preside esas páginas en que, además, describe la fiesta patronal de la ciudad de Jinotepe dedicada a Santiago apóstol.

Encuentro en Ibiza

El talento subliterario de Margarita Gómez Espinosa lo refleja también Encuentro en Ibiza (1969). Con prólogo del periodista Francisco Pons Cano, sus 62 páginas mezclan páginas descriptivas del turismo de la isla de las Baleares (en la que no falta la comunidad hippie) con un argumento meloso y tardíamente romántico: el idilio de Virginia, la extranjera solitaria, y Rodolfo, el apátrida.

La vida de este se narra en varios capitulillos después que ambos coinciden en el acto inaugural de una exposición pictórica. Rodolfo había visto caer bombas de niño y sufrido lo indecible: miseria y hambre. Huérfano, tras fallecer su madre de tuberculosis, un cura consigue ingresarlo a un orfanato, de donde se fuga y, con el tiempo, se transforma en artista de traje sucio bajo el cielo de París; allí procrea una hija con una mujer que se vuelve loca y luego se traslada a Ibiza. Ha pintado una obra maestra que concursa en la Bienal de esa isla y obtiene el primer lugar. Virginia, presente en la premiación, besa a la hija de Rodolfo.

Como trasfondo de esa simple historia trunca, Gómez Espinosa se deslumbra ante la afluencia humana sobre Ibiza que ha hecho florecer en una generación espontánea, centenares de hoteles que elevan la soberbia de sus moles y, en contraste con la dureza del cemento y del hierro, lucen a sus pies la policromía de las flores, las rotas palmeras y la suavidad de una piscina que tienta con la frescura y llama con su bocaza no pintada con carmines, sino con intenso azul celeste. Utilizando léxico propio de España (caña, chato, duro, majo, perra, tarta, sereno, zumo), la turista y diplomática nicaragüense —más que la escritora— traza párrafos como el siguiente sobre la pequeña isla de 572 kilómetros cuadrados:

Allí llegaba el arqueólogo a buscar huellas milenarias y con creciente interés trataba de descifrar el mensaje que al futuro dejaron los audaces cartagineses. Ibosim, fundada por ellos, habría de llamarse Ebusus por los romanos; esta Ibiza Púnica donde tantos pueblos pusieron su planta ha tenido el destino de ser siempre cosmopolita, de congregar razas y culturas, pues cada siglo, cada década, señala el paso de los visitantes por las diferentes influencias que le dejan, y que cada día se abarcará más, por la avalancha heterogénea que a ella acude.

Mallorca, isla invadida

Otro texto subliterario de Gómez Espinosa es Mallorca, isla invadida (1971). Esta sexta obra es una crónica novelada en torno al turismo desbordante de los años 60 en esa famosa isla española del Mediterráneo. Desde luego, Rubén Darío es citado, unido a otras referencias inevitables: Raimundo Lull, el archiduque Luis Salvador, los pescadores, la cárcel, las sirenas, la cartuja. La anécdota amorosa se cuenta en el capítulo titulado “Bajo las flechas de Eros”. La frase manida no se destierra, pero algunas líneas adquieren eficacia como estas: Para no conducir al hombre a la fuente del olvido donde velan los canes de la muerte.