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Es como cuando ya no temes a los espejos porque sabes que no son reales; como si en cada árbol viviese un cristal que muere de frío y podés sonreírle libremente a esa mirada brillante que decodifica un nuevo lenguaje y pinta el mundo.

El lenguaje; ese organismo al que siento moverse dentro de mí con todas sus ramificaciones. Hablar otra lengua es pensar la realidad dos veces. Es nombrarla dos veces. Es redescubrirla y aquella máquina que aprendió dos o tres idiomas de pequeña se molesta porque no supo degustarla lentamente como se hace con los viejos y buenos vinos. Es la sombra del ala de un avión cortando las nubes. Es poner pies a tierra y sentir el olor de las piedras en Albuquerque. Poco queda de aquella mujer que llegó a esta ciudad perdida en el desierto; rodeada de las Montañas Sandía e iluminada por soles rojos y espesos; enmarcada por senderos fértiles de álamos y olmos chinos. Poco o nada queda de aquella que en su primera noche aquí escribió: Querida humedad, te extraño. Y mis ríos empezaron su verano. Y comprendí por qué el verano era necesario para mi cuerpo; para respirar tranquila y caminar por Central con las manos abiertas y mezclarme con los olores de las esquinas y paradas de buses; para entender esas miradas que levitan en dos mundos y sueñan las veinticuatro horas. Albuquerque me cobijaba y me entregaba dos tesoros: su enigmática luz y una lengua nueva; que escuchaba hablar cuando en las azoteas de sus edificios el lejano ruido de los carros simulaba el acontecer de una ola desplegada y buscando con determinación la única orilla.

¡Cuántas mañanas de café caliente mojaron mis labios! ¡Cuántos idiomas mis oídos probaron! Árabe, mandarín, coreano… y no sentía vértigo, sino admiración por Babel ante mis ojos; Babel y un solo puente que silenciosamente en la complicidad de una sonrisa tendía su camino de hierro para que todos nos atravesáramos sin miedo. Y ahí, en ese templo, donde los maestros construyen los puentes sentí que mis nervios se alargaban y que una nueva tierra se araba en mí; unas semillas me eran cultivadas y yo sentía esas pequeñas raíces moverse; yo contemplaba a una nueva tradición revelándome sus secretos más preciados; sentí un beso profundo; sentí a dos lenguas tocarse.

Me tendí sobre el césped frente a la pileta donde nadan patos grises y de plumas verdes y sobre el viento seco y juguetón escribí la palabra gracias con mi dedo índice. Luego la traduje a mi propia lengua y la pronuncié en voz alta: ¡Ashisho! Ashisho que también significa todo.

Albuquerque, julio 25, 2013.