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Byron Gómez Chavarría, “Bygocha”, es un pintor nicaragüense (específicamente esteliano) radicado en Holanda. Vive esencialmente en el mundo del color. Es persistente y le sobra vida para amar. Próximamente expondrá su obra reciente en nuestro país. A propósito de tales planes y acerca de otras cosas relacionadas con su trabajo diario como artista, lo hemos entrevistado. Estas son sus palabras exclusivas para el Suplemento Cultural de EL NUEVO DIARIO.

–¿Qué es para vos vivir en la pintura?

La pintura es un mundo interminable donde puedes encontrar un pétalo amarillo y convertirlo en sol; es un compromiso sin conseciones, sin miedo a buscar lo que más anhelas; vivir en la pintura es una búsqueda constante de creación, saber que encontrarás momentos difíciles pero que te ayudarán en la búsqueda de tu identidad. Es un reto, un espacio de relajación; crear en la tela en blanco cada vez un mundo, que puedes cambiar, transformar; también te puede sorprender. Entras con una idea en el lienzo y sales con otra totalmente diferente; eso es la creación, no es estática, es movimiento constante; puede ser una mano que pinta, pero la dirección la lleva tu cerebero, tu corazón, tu alma, sin eso la pintura no tendría vida, por que no trasmite nada. Vivir en la pintura es un modo de vida, de fidelidad, de saber que eso es lo que amas hacer.

–¿Y qué es lo que pintás?

Pinto el alma de las cosas, aquello que me trasmite sentimientos, emociones, recuerdos; pinto la vida misma, pinto para alegrar aun más mis días, para que el observador, al ver mi obra, se sienta feliz, regocijado, que se lleve un recuerdo en sus ojos y en su alma. No pinto porque alguien lo quiera comprar, primero pinto para sentirme bien y trasmitir algo.

–¿Cómo te acercas a los temas de tu realidad?

Al observar cada día lo que se encuentra en mi alrededor físico y mental, auxiliarme de mis recuerdos, de conservar en mi memoria y en mi corazón los colores tropicales de mi patria, aunque lejana pero cerca siempre de mí. Me gusta cada mañana caminar o correr por el parque frente a nuestra casa en Holanda, tempranito; así escucho solo la música de los pájaros, el vuelo de las mariposas, el canto de los cisnes, el brote de las primeras flores en la primavera. Es raro, pero es ahí donde los recuerdos de mi Nicaragua son mas nítidos, puedo ver todos los tonos verdes y azules que hay en mi país. Holanda tiene mucha agua, muchos canales, ríos, estanques, lagos, que me recuerdan mucho a Nicaragua, por la luz reflejada, es una luz especial, como la que se da entre el Lago Xolotlán, el Mirador de Catarina y el Cocibolca; eso me ayuda a pintar los temas de mi realidad.

–¿Qué huellas sigues entre tus maestros?

Los grandes maestros, incluidos los de mi país, me inspiran por el ejemplo que trasmiten. Aunque hayan muerto su obra queda como herencia para las generaciones futuras; crearon sin importarles las limitaciones. Se aprende mucho de sus técnicas. Por otra parte me gusta Rembrandt. Mi sueño en Nicaragua, cuando estudiaba arte, era conocer su obra, tener cerca un Rembrandt. No hay palabras para describir lo que es estar frente a la casa donde vivió, su entorno es maravilloso; como pintor solo te queda seguir siendo fiel en lo que haces, aunque tu obra no sea clásica; debes creer en tu obra y pintar como el más bello de los actos.

–¿Qué lugar ocupa el arte en tu vida?

Mi vida es mi familia, mi esposa, mis hijas, mi madre, hermanos; siempre están presentes como fuente de creación e inspiración; también de atención, algo que no descuido, porque sé que el arte queda, uno se va de este bello planeta y que la historia se encargue de decir si tu obra fue buena o mala. Cada día estoy más consciente de las palabras que en 1996 me dijo el amigo y maestro Armando Morales, cuando tenía sentadita en mis piernas a mi hija mayor: “Bygocha, te diré algo que no debes olvidar jamás: la obra maestra mía y tuya, no es nuestra obra pictórica, es nuestra familia, nuestros hijos en este caso; es tu hija que tienes ahora en tus brazos”. Una gran verdad, algo que no olvido jamás; la mejor obra es nuestra familia.

–Frente a tus pinturas el color es comunicación, curiosidad, ejercicio de intuición, complicidad, sensibilidad y apego a la honestidad, ¿es así es tu vida interior?

Es la primera vez que alguién me hace una pregunta así. La verdad que el arte es nada sin saber cómo es la vida interior del artista, cuáles son sus sueños, sus locuras y bohemias. Saber qué hay en la fábrica de los sueños, en el cerebro donde nace la alquimia, donde puedes convertir el barro en oro. En mi crecimiento interior está presente Dios, un Dios que te ayuda a crecer, que te dice: debes trabajr y no esperar, no rezar para que te aparezcan las cosas, sino actuar.

Mi madre está presente siempre, sus consejos, el amor de mi esposa y mis hijas... La vida es un reto, es el más bonito de los actos; entonces me digo: hay que crear, trabajar constantemente, saber que hay momentos de abundancia pero también de escasez, que si hoy estás triste mañana no; todo es temporal; la busquedad de la realización es constante. Siempre hay una solución a las cosas, hay que ser optimista siempre, ver en un problema una solución y no al revés; ser honesto en tu creación y en tu actuar con los demás.

Si mi obra trasmite algo bonito, eso me da regocijo; en cada obra que uno crea hay una historia. Puedo recordar, al ver mi obra, qué pensaba en ese momento; creo que mis obras son como un libro colorido de mi vida. No hay permiso de irse de este mundo lleno, sino vacío, dejar todo tu potencial en esta tierra.

Hay que visualizar para obtener de una bella gota de rocío un bello oceáno tropical; de un tono verde una hermosa montaña; ver más allá... Todo lo que puedes tocar lo puedes transformar; las limitaciones no existen. Si no puedes subir la montaña, entonces toma tu caballete y píntala.