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Con todas sus limitaciones, el primer Panorama de la literatura nicaragüense (1966) tuvo alguna importancia para las letras de Nicaragua. Así fue considerado por lectores nacionales y extranjeros. Dos profesoras de la Universidad Nacional de Heredia, al menos, la relacionaron en 1988 con obras homólogas del área centroamericana. A saber: la Historia y antología de la literatura costarricense (1957) de Abelardo Bonilla (1899-1969), Desarrollo literario de El Salvador (1958) de Juan Felipe Toruño (1898-1980), La literatura panameña: origen y proceso (1961) de Rodrigo Miró (1912-1996), Historia de la literatura guatemalteca (1981, 1982, 1986) en tres volúmenes, de Francisco Albizúrez Palma (1935) y Catalina Barrios y Barrios; más La literatura hondureña y su proceso generacional (1987) de José Francisco Martínez (1915).

Mucho espacio me concedieron ambas catedráticas —Seidy Araya y Magda Zavala— al analizar el Panorama dentro de una muy apreciable investigación sobre la historiografía literaria de la América Central (1957-1987), en la que colaboró Albino Chacón. Los tres le dedicaron a ese primer borrador de mis sueños todo un capítulo, señalando sus planteamientos teóricos (no míos, sino de Rubén Darío, Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho) y resumiendo su contenido. Este comprendía tres capítulos: Testimonios de los Cronistas, Poesía Indígena y La Colonia, más un Apéndice (I. Poesía popular anónima; II. Poesía callejera), Notas, Bibliografía y dos páginas finales de reconsideraciones.

Pero no fue sino hasta una década más tarde, ya cumplidos los 30 años, cuando acometí ese plan —con el mismo entusiasmo de los 20— en otro trabajo más compacto y esta vez maduro, pero con el mismo título, en homenaje a ese primer Panorama. Motivado por la necesidad de establecer una visión integral del estudio de una temática que sería una de mis constantes preocupaciones intelectuales, aquel intento primerizo e inocente, copioso en datos, poco original y pleno de voluntad nacionalista, tuvo la buena intención de cumplir una tarea que le correspondía al menos a una generación anterior, acaso a la misma de los maestros de la Vanguardia.

De hecho, la historiografía literaria de nuestro país se había descuidado y lo poco escrito al respecto carecía de método y, por tanto, de sistematización alguna. De ahí que Coronel Urtecho me dijese que la carátula del Panorama —con dibujo orlado en negro, letras también en negro y rojo sobre fondo blanco— podía colgarla, no sin orgullo, como un diploma de graduación universitaria de pre-grado. Pero, como era “normal” en nuestro medio, llamó la atención a escasas personas, especialmente a Pablo Antonio —diseñador de la referida carátula, inspirada en una tipografía barroca del siglo XVII— que le dedicó dos breves notas, sin firma, en La Prensa Literaria. Una de ellas decía: “A pesar de la juventud de su autor, este libro es un admirable despliegue de erudición y el más completo panorama de la literatura nuestra desde su prehistoria indígena. Fruto de una investigación insaciable, de una gran claridad y orden en la exposición, el primer tomo abarca desde los orígenes hasta finales de la Colonia. Y agrega a su exhaustivo estudio la constante transcripción de textos que hacen de su obra también una magnífica antología.”

De esta forma, comprensiva y generosa, Cuadra valoraba mi primer volumen impreso, cuyo original a máquina había presentado al certamen anual del Premio “Rubén Darío” de 1966 en la rama de ensayo, sin obtener ningún eco. Pero el Director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Pública, poeta y profesor Guillermo Rothschuh Tablada, lo consideró oportuno y apropiado para incorporarse a las ediciones oficiales del centenario natal de Rubén Darío a celebrarse, con todo el esplendor posible, el año siguiente.

Desde su cargo, Rothschuh Tablada patrocinó esa edición que colmaría mis aspiraciones de investigador recién salido de la adolescencia. Porque la impresión del Panorama de la Literatura Nicaragüense terminó de realizarse bajo mi propio cuidado en la Imprenta Nacional de Managua el 20 de octubre de 1966. En el colofón se consignaba este detalle, además de otros: la autoría de la cubierta (Pablo Antonio Cuadra), la cantidad de páginas: 180; la calidad del papel: bond 40 y el número de ejemplares: mil quinientos. Sin prescindir de los editores: el Ministerio referido y la Comisión Nacional para la celebración del Primer Centenario del Nacimiento de Rubén Darío, y de su justificación: en homenaje al eximio poeta.

En su otra nota sobre el Panorama, titulada “Un libro de gran aliento sobre nuestra literatura”, el director de La Prensa Literaria terminaba de reconocerlo y de subrayar la idea de honradez que me animaba, puntualizando que en la nota final ya concebía sustituir el prólogo por otro, debido a nuevos hallazgos y lecturas que habían cambiado mis iniciales puntos de vista. Ello indica que se trataba de una labor en marcha, sujeta a enriquecimientos continuos, si no deslumbrantes. Labor que asumí por iniciativa y cuenta propia, al margen del ámbito universitario limitado a la formación profesional, sin importarle mucho sus otras funciones: la investigación científica y la extensión cultural.

Por eso Rothschuh Tablada se adjudicó un crédito que siempre le he agradecido al estimular mi aspiración de historiador literario en el momento preciso, aunque sólo haya recibido —en términos de retribución— una cantidad insuficiente de ejemplares. Buena parte de ellos confié a un poeta nica-caribe para su venta en algunos colegios. Mas ese ácrata de Laguna de Perlas, a quien yo estimaba mucho, invirtió el producto de dicha venta en bebidas alcohólicas, obligándome a rebatir no pocos sitios capitalinos de mala muerte hasta que di con él y pude recuperar algunos pesos.

Un error cometí en esta primera edición de 1966: validar como auténtico un texto apócrifo. Me refiero a la crónica de un tal “Fray Nemesio de la Concepción Zapata”, datada supuestamente de 1640 e inserta en la citada Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, perteneciente al volumen Caciques heroicos lanzado desde Madrid en 1920 por la Editorial América, que dirigía el venezolano Rufino Blanco Fombona. Fue el jesuita Manuel Ignacio Pérez Alonso quien me advirtió el gazapo: él había intentado consultar el supuesto manuscrito del documento que, de acuerdo con la presentación de la citada revista, se localizaba en la correspondiente sección de la Biblioteca Nacional en Madrid, bajo el número 3207 J 140: “Armada Real. Defensa de las Costas del Mar Océano”. Ni el número ni el legajo existían. Oportunamente, esclarecí ese error atribuyendo la responsabilidad del fraude a Blanco Fombona. Y no andaba despistado: la crónica —plagada de anacronismos— se la había encargado el escritor venezolano a su coterráneo Rafael Bolívar Coronado y tenía de base la valiente acción bélica del cacique Diriangén.

Finalmente, en el Panorama de mis 20 años aplicaba la herencia de la historiografía liberal en los principales países de América Latina: otorgar cierto orden a una materia dispersa y establecer un corpus básico de autores y obras. En mi caso, valoraba los aportes orales indígenas y populares de carácter sincrético, eludidos por la historiografía conservadora. En consecuencia, resultaba un hijo directo del movimiento nicaragüense de vanguardia que había emprendido, en la tercera década del siglo XX, la búsqueda de la identidad nacional en la literatura popular. “Se ocupó —afirmaron Araya y Zavala en 1998 del lejano autor de la primera edición del Panorama, aparecido hace 40 años— de los valores políticos de las manifestaciones populares. Su búsqueda deja de ser arqueológica y comparte el interés de los modernos estudios de evaluar el folclor como elemento vital de nuestra época. En este sentido, adopta actitudes culturales propias de la década de los años sesenta.”

Por eso Rolando Steiner, en son de broma, me presentaba en la cafetería “La India” diciendo: “Jorge Eduardo Arellano, nacido en 1946, pertenece a la generación de Vanguardia de 1930”.