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Retrato de un poeta de 50 años

Tributo a E.M.S., mi padre y autor

 

Niño como todavía soy o como fui una vez,

vine hasta Luis Kuhne Núm. 28,

Las Águilas de México. D.F.

temeroso de que me colgaran el teléfono, temeroso de un portazo,

encontré al iracundo, al neurótico, al traicionado

que me tendía la mano,

como otro niño arrinconado

más que contra la pared del mural del gato de Elvira Gascón,

contra el témpano de la soledad, el delirio y la muerte.

(Unas muchachas se asomaban desde una tercera planta

por la ventana de la escalera de caracol para divisar al condenado)

El ojo brillante de negro se le desorbitaba por la injusticia

y su calvicie lo dotaba del filo feroz y de la debilidad de una espada

que no saldría nunca de su vaina misma.

–Soy calvo porque mi melena ardió en Pentecostés

Y salí por España y volví a Nicaragua natal y celeste

Y torné a Málaga y Jaén, Nuevo Orleans y Nebraska, Nerja,

Marruecos tras Francisca

y al Huerto de Fray Luis y me quedé definitivamente en México.

Hablando el verso en prosa y la prosa escondiéndola en el verso

Pero nadie me entendió. Yo que como el otro creo

que la poesía es la otra santidad,

Los muy inquisidores me negaron los dones y solo me concedieron la filología

me distorsionaron mis poemas de amor, aun para el Cristo,

el maligno me acusó de insectoide brujo del nuevo mundo

Saulo guardó un silencio indígena

El viejo maestro me delató de incestuoso sin entender

“La Carne contigua”, 1948, ni las distintas máscaras de la literatura

Pero yo mismo me condené a la perfección, corregía una y otra vez

los poemas o prosemas, una palabra sobre otra y otra sobre otro vocablo

Un verso enredado con otro verso

El epígrafe, el anverso y el reverso del texto

Hasta que ascendía purísima la criatura.

Siempre me asedió el mal, nunca hice el bien que quise sino el mal que no deseaba

y no me quedó mas que aullar como un condenado;

me devoraban,

me asediaban, me acosaban

todos los defectos del Hombre y del Mundo.

Hasta las colillas de cigarro se me transformaban en diminutas bestias.

 

Santo sin altar, humano

No metía las manos al fuego por nada ni nadie pero amaba libros,

cuadros, recuerdos, padre y madre,

Quinta Lylliam y monjifera, el Coyotepe y la Barranca,

Zeledón, San Dino y el Ferrocarril del Pacifico.

A los 50 años era pulcro, lúcido, lúdico

Sus uñas pulidas sin cutícula para tocar su Darío, su Alfonso Reyes

su Fray Bartolomé de las Casas…

Se afanaba en limpiar el mundo y las manos le quedaban limpias y frescas

como que si lo que tocaba se le convertía en milagro.

 

México, julio de 1973.

 

El poeta se llama Asmodeo

 

(Antitributo a C. M. R.)

 

Cuantas veces vencí en la carrera de obstáculo de mi casa

hasta su casa

cuantas veces cedió la verja

el cerrojo el candado de combinación

y alcancé la segunda puerta sellada

 

siempre tuve la certeza

de estar golpeando y llamando a voces

a la morgue de una ciudad deshabitada y en escombros

donde hasta el velador parecía haber muerto y

yacía contra las gavetas del freezer

 

–¿Está el poeta?

No respondió nadie

 

–¿Está el poeta?

Volvía a gritar y hubo más silencio

 

El hedor de las habitaciones

después de una tercera puerta

siempre clausurada

No es la inequívoca señal del cadáver, me dije

 

–Buenos día poeta… y nada

 

Tampoco sería extraño que un día lo encontráramos

semanas después del deceso con la familia doliente de gatos

–Las únicas criaturas que amó en su existencia devorándole las viseras–

Hasta el rato se escucharon pasos, pasitos

El único habitante de ese universo

dandy del tufo.

 

Príncipe del Reino del Dolor

avanzando con una silla como andarivel:

legañoso y con la barba hirsuta

quien de muchacho había sido Dios o Semidios

un bello atleta entrelazado con las Gracias

el semental de las Musas del Parnaso era el MALIGNO

 

–¿Qué son los berridos, qué son esos gritos?

¿A quién puta le importo?

¿Cuándo van a apuñalar y a pasar por la daga y el garrote vil a Ernesto Cardenal?

¿Cuándo me traerán la noticia de que le quebraron la nuca a Mejía Sánchez?

 

¡Qué terrible maravillosa visión:

Tenía tres rostros en su cabeza!

 

Uno rojo de odio por la creación y él mismo

otro pálido amarillento verdoso, la soberbia

y el tercero negro: su sapiencia, su erudición

de diccionario Larousse experta en obviedades

 

Cada una de sus tres bocas trituraba a un condenado:

En la primera mordía a su madre

En la segunda rumiaba como Saturno a sus hijos

Y en la tercera masticaba a sus devotos y los escupía

 

–Aquí no vive ningún poeta.

Retírese al confín del mundo.

Quien está es Asmodeo y soy yo –dijo siete veces siete, iracundo

interponiéndose en la pareja

impidiendo el auténtico amor

 

(Por eso amaba a sus gatitas, y profesaba pasión

a los travestis, transexuales…)

 

Hasta aquí mis apuntes.

No quise pensar nada más.

No podía pensar

Mal supe dar la vuelta y desandar despacio mi camino

Me detuve en la esquina:

 

ROJO el semáforo, en busca de un poco de aire

¿Este será el poeta?

¿Este sería el poeta irradiado una vez por la poesía?

 

Hoy es un sádico torturador de la palabra, un destructor del poema

La salida de baño abierta lo dejaba ventrudo, con el costillar de la Bestia,

las piernas escamosas con el brillo ondulante de las víboras

se revolvía con dificultad contra la redención y

me echaba de su paraíso infernal.

 

Managua, 12-X-94.