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Cada muestra individual de Carlos Montenegro posee coherencia temática y plástica. Manejando la plumilla como técnica, comenzó a finales de los años 60, y a lo largo de los 70, trazando paisajes urbanos, iglesias coloniales, marginales seres humanos.

En los 80 realizó dos series que hicieron época. Una centrada en los personajes de la obra identitaria de la Nicaragua del Pacífico: “El Güegüense”; la otra, en las casonas y viviendas solitarias de Puerto Cabezas, frente al Caribe.

En los 90, Montenegro articuló otra serie, siguiendo su misma línea iconográfica: la de esquinas y escenas de nuestro mercado. Entonces se concentró en bodegones, verduras y frutas, de sobrio cromatismo, que fue reconocido por el Premio Único, en la segunda bienal centroamericana, celebrada en San José, Costa Rica, 1992. Luego, recurriendo a la técnica del pastel, recreó —a través de un personal colorido— temas y escenarios de ese homérico poemario que nos legara Pablo Antonio Cuadra: Cantos de Cifar y de Mar Dulce.

Hoy Montenegro es el mismo y también otro. Mejor dicho: logra de nuevo una serie —que integran sus reminiscencias familiares— admirable por los efectos claroscurales que le son propios desde hace más de treinta años. Pero ahora alcanza un nivel de búsqueda superior, independientemente de la figura humana, a la que infunde un toque de oculto dramatismo; ahora, con su finura habitual, utiliza el esfumado para rescatar imágenes íntimas; ahora, desplegando su gama monocromática —matizada con ocres y sepias, verdes y amarillos— hilvana misteriosos fondos abstractos.

Estamos, por tanto, ante una nueva y rigurosa calidad, ante una sincronía unitaria de luces y sombras, líneas y masas; ante un variado conjunto de remembranzas entrañables; ante, sencillamente, de un acontecimiento plástico.