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Con el antecedente ejemplar de Leoncio Sáenz, Carlos Montenegro Altamirano (León, 22 de mayo, 1942-Managua, 6 de septiembre, 2013) elevó el dibujo a categoría de arte mayor. Yo tuve el privilegio de seguir sus pasos para demostrarlo. Por eso reproduzco cuatro textos breves sobre su quehacer artístico, escritos en 1977, 1983, 1988 y 2000.

Inicios (1963-1977)

El dibujo de Montenegro impuso su calidad orientado en una sola línea: la búsqueda de la identidad nicaragüense. Esta la encontró en el claroscuro que había tenido un precursor en el grafito de Juan Bautista Cuadra (1887-1952), a principios del siglo XX. Pero Carlos con su plumilla, redondearía un mundo más variado y, acaso, más profundo. De manera que hoy día cualquiera de sus obras constituye una hermosa realidad plástica.

Si se toma en cuenta el desarrollo de sus coetáneos como Leonel Vanegas y Orlando Sobalvarro, es fácil comprobar que el suyo maduró lentamente, pues entre su primera exposición colectiva —inaugurada en el Centro Cultural / Americano el 11 de marzo de 1963— y la personal de Bellas Artes que lo consagró en 1971, hay casi diez años. Sin embargo, esa lentitud no revela sino un afán de autenticidad que requiere mayor atención.

Tras sus desengaños abstractos e incipientes intentos impresionistas, Montenegro descubrió en el ejemplo de Leoncio Sáenz que se podía hacer mucho con la tinta negra sobre el papel blanco; en consecuencia halló en ellos su manera de expresión. Así entraba, durante la segunda mitad de los años 70, a ejercer su creación, no obstante el compromiso con la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde impartía clases.

En esta casa madre de la pintura nicaragüense contemporánea, tras su debut personal en la galería Praxis —donde presentó trabajos inseguros, por ejemplo su “Retrato de niña”, de 1966— expuso en 1967, 1968, 1969 y, como se vio, en 1971. Para entonces dibujaba paisajes urbanos, ubicados en nuestras pequeñas ciudades o en los barrios de León y rostros trágicos, agobiados y abolidos por la miseria, de borrachos, mendigos y ancianos, entre otros, “Mama Yoya dormitando”.

Serio, activo, responsable, Montenegro adquirió mayor conciencia de su arte con el transcurso del tiempo, llegando a tres convicciones, paralelas a la evolución de su plumilla que fue afinándose, siendo sus tramas más seguras y delicadas. Sin duda, sus contactos con los grabados decimonónicos de algunos viajeros y sus estadas de estudio en países vecinos —Costa Rica y Guatemala— le reafirmaron la necesidad de “buscar la personalidad colectiva de Nicaragua”, mejor dicho: aquellas características propias de “lo nuestro”.

De ahí surgió su primera convicción o inmersión en la historia, reflejada en las iglesias —a las que considera no solo imágenes del pasado, sino eslabones del mestizaje— y en escenas de la Guerra Nacional contra el filibusterismo del siglo XIX. En estas se observa más creatividad que en aquellas, calcadas, en su mayoría, de grabados antiguos; pero ambas revelan esta primera convicción plástica.

La segunda no es otra que en su “descubrimiento del entorno mágico y lírico que impregna nuestra realidad”, el cual fijó en personajes vesánicos, populares, creyentes en ilusiones (“La Santos Lucero”, “La Verdolaguita y el capitán Vílchez”, etc.) y aludido en elementos fantásticos, como las ceguas de uno de sus paisajes con el volcán Mombacho de trasfondo. Por eso escribió: “Posiblemente el arte en Nicaragua llegue a ser la síntesis de la fantasía colectiva del nicaragüense”.

Y su tercera convicción, a mi parecer la más importante —aunque desprendida de la primera— se reduce a la “intención de crear nuestra nicaraguanidad haciendo real la iconografía general del país” —en gran parte desaparecida— y negando la enajenación impuesta por la influencia extranjera. Todo: para ilustrar, como él mismo establece, el rostro sin forma de nuestra identidad.

En otras palabras, Montenegro penetró en la dolorosa frustración de Nicaragua, decidiendo contribuir al rescate de su memoria colectiva y a la reconstrucción de su integración espiritual. A esta empresa trascendente, debe consagrar toda su carrera plástica.