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En manos de una docena de doctores  y doctoras está la definición escrituraria de los nicaragüenses y sus atributos fundacionales. Desde las definiciones del Dr. Emilio Álvarez Montalván (continuador de las de PAC y Carlos Mántica) hasta las del Dr. Jaime Wheelock, pasando por las del Dr. Erick Blandón, Dr. Orlando Núñez, Dr. Alejandro Serrano, Dr. Sergio Ramírez, Dra. Ileana Rodríguez, et al. (Excluí a algunos miembros de la Academia de la Lengua porque sus trabajos giran alrededor, en mayor o menor medida, de los aquí presentados). Quise presentar sus títulos académicos que, muchos de ellos y ellas, no los necesitan, en efecto, y es una actitud que habla en alto de ellos y ellas, para decir lo que piensan, pero nunca lo ven así, desde el lado de los receptores, los demás a los que juzgan. Dije “escrituraria”, también, porque la identidad ha cabalgado a través de la música y el baile, con mucha más cobertura y probablemente mayor eficacia. Pero ese es otro tema que excede este espacio.

¿Por qué es materia de doctores y autores, un patrimonio de identidad que nos pertenece a todos, a través de unos títulos directamente relacionados con creer y obedecer, (autoritas y doctrina) que, a veces, llevados a sus extremos, terminan en el despotismo? ¿Por qué el silencio de la mayoría, o las opiniones que  no escuchan los doctores, o la indiferencia de los demás tomada por ignorancia, infinitamente mayor en número que los definidores, no se respeta, considera o toma en cuenta?

Un doctor es un doctor. Una doctora es una doctora. Y, querámoslo o no, hay o debe haber una distancia no sólo formal y jerárquica, sino, sobre todo, epistémica para guardar la más profunda de las diferencias: la tenencia del saber. Si por los de más alto rango fuera, con sus respectivas excepciones, los profesores  en las Universidades se rendirían entre sí el saludo de cortesía militar que, por otro lado, se brindan en los campamentos castrenses para distinguir, por la obediencia debida, los grados dentro del cuerpo de oficiales. Pero entre todos ellos hay algo más fuerte que los une y es su poder de definir.

Sin embargo, esa característica, en el marco de una relación en que todo es un objeto para un sujeto, relación epistémica cuya desembocadura final es la tecnología, preparó la superación, o al menos el descentramiento, de los propios pensadores. El pensador, archivo humano, terminó, en su ofrecimiento como modelo, excedido por un archivo electrónico universal y monstruoso que lo obligó a rebajarse y a ser humillado, al compartirlo con todos de modo masivo y atropellado, en especial con la doxa, la opinión pública, la masa, el pueblo, las audiencias, los usuarios, o como se le defina a lo que Sócrates y Platón llamaron en su día los “10 mil necios”.

Dejaron de administrar y ejercer con espíritu de dueño, discrecionalmente, el archivo (cuando eran bibliotecas, librerías y centros de documentación) y pasaron a sujetarse a él cuando se abrió para todos.  El triunfo de la venganza de los objetos, que preparó una especie de ‘contrarrevolución copernicana’, a contra pelo de la idea original de Kant, donde el sujeto ejercía su señorío, lo representa, emblemáticamente, el dominio del archivo electrónico. Tal el rebajamiento de los intelectuales que han pasado de jueces a intérpretes, de definidores a facilitadores. Y que le permite a la doxa, sin ningún remordimiento ni temor, desacralizarlos en sordina, sin escándalos ni tremendismos.

La relación que guarda el papel de los archivos  electrónicos y los pensadores, o intelectuales, es la misma relación que hay entre la memoria y el poder que ella misma, por acumulación, prepara sin saberlo.

El poder de un archivo universal, que es algo más que un Estado y más que la biblioteca inocente que soñó Jorge Luis Borges, nos invita a dejarnos administrar una memoria que, como Dios, será literalmente para todos y confiará a cada cual un placer ahora a cargo de la publicidad que ya reencanta a nuestra cultura y la está devolviendo a sus orígenes mágicos. Pues sólo en una sociedad hechicera, la publicidad contaría con el poder que tiene: que unos pañales Huggies, por ejemplo, no huelan a mierda y, con silbar su melodía, nos vuelva felices y despreocupados.

Leyendo indolentemente una obra de Bruno Latour (2001), “La Esperanza de Pandora”, tropecé con la dura crítica que efectúa a una de las obras de Platón, donde figura un célebre diálogo entre Sócrates y Calicles, el sofista.  Latour demuestra cómo ambos, en medio de su rivalidad, que no es otra que la del saber y el poder, la razón y el derecho, mantienen en el fondo una alianza en contra del pueblo de Atenas (la episteme contra la doxa), a quienes llaman los “10 mil necios”, pues no pueden  ser sabios ni retóricos, precisamente por su número,  y ocupar el lugar de quienes hablan (siempre pocos pero buenos) en nombre y, ocultamente,  en contra de ellos.

Ambos dicen, según Latour, que el pueblo de Atenas es menor de edad, cambia de opinión a cada instante, se distrae con facilidad y no sabe lo que quiere. “Sócrates y Calicles tienen un enemigo  común: el  pueblo de Atenas, la multitud congregada en el ágora,  parloteando sin cesar, configurando las leyes a su antojo, comportándose como chiquillos, como personas enfermas, como animales, cambiando de opinión tan pronto se tuerce el viento”. (Latour, 2001:262)

Esta capacidad de poder representar a quienes no pueden, no quieren o no desean hacerlo, por múltiples razones, es de donde deriva la  autoridad bautista de todo definidor, usualmente pensadores o intelectuales. Platón al separar la Academia del Ágora (donde los filósofos llegaban hasta masturbarse) le asestó un hachazo a la relación orgánica que se mantenía con la gente común y corriente. Los llamados “10 mil necios”. Y  tal tradición, probablemente, haya sido recibida en herencia de la cultura de los sabios mesopotámicos que impartían sus enseñanzas en cualquier lugar donde hubiese gente que deseara escucharlos. No se sentían superiores ni inferiores a  los demás. Se sentían parte literalmente de la gente común y corriente. Y su oficio no era asumido como excepcional por lo que era considerado como el de los herreros, marineros y alfareros.

Aún hoy, todas las Universidades lo primero que enseñan, pero no dicen, es hacer sentir superiores a quienes proceden de hogares populares y humildes en contra de su propia familia. Es una violencia que los separa para siempre, reproduciendo la escena primordial que la Academia efectuó en su origen. Y la que hoy persigue  reconciliarse con una masa que no lo ha solicitado y la está sepultando con su desinterés.

¿Podemos decir que definir a alguien y, con mucha mayor razón a toda una población, es el ejercicio de una violencia discreta y refinada, cierto, pero violencia epistémica al fin? ¿Y cuando esta masa “animal, enferma y cambiante” se impone o se hace temer, como lo está permitiendo nuestra época electrónica, qué efecto estará produciendo “el horror al gran número” (Latour, íbid: 264) en la aristocracia letrada? ¿Pánico? ¿Humillación? ¿Ira? ¿Desautorización? Creo que son preguntas claves dentro de las cuales se ven arrastradas, entre muchas otras, las de identidad de un pueblo.

De nuevo, la promesa vuelve a girar alrededor de la reconciliación entre un espíritu disponible y a la vista de todos  y una carne para disfrutarla. La novedad de la situación es la prescindibilidad de la mediación de los intelectuales. La fórmula será algo así como “Google + doxa”.

El privilegio epistémico de definir objetos, dentro de campos especializados, desde una autoridad lograda a base de esfuerzos, méritos y sacrificios, está siendo rivalizado y banalizado por hordas infinitas de usuarios ligeros  que pueden componer una definición a base de copiados y pegados o, si concedemos el beneficio de la duda, crear sobre las referencias acumuladas, nuevos modos de conceptualizar a base de combinaciones proporcionadas por un archivo siempre a la mano.  Exactamente como lo hicieron los clásicos. Sucede que ya no hay originales, ni los hubo nunca, como una vez lo dijo Derrida, sólo huellas, copias y copias de copias.

He querido decir cuatro cosas que sirvan de amparo a la forma en que algunos definen la identidad  de los nicaragüenses:

Es una violencia, pero de carácter epistémico, el derecho que los pocos ejercen al definir a los muchos. El problema, viejo, es el lugar de la verdad. ¿Está del lado del número o del lado de una fórmula?

Desde Platón y su Academia, los pensadores se separaron de la gente común y corriente de la que desconfiaron y que ahora vuelve, con la furia de su número, a reclamar su lugar. ¿Le llamaremos, como Tocqueville le llamó una vez a la democracia, “despotismo de la mayoría”?

El paso del archivo humano al electrónico, por el nivel de cobertura y accesibilidad, es la causa del reflujo de los intelectuales. ¿La Academia quiere reconciliarse ahora con el Ágora? ¿La Universidad con la calle?

La identidad encuentra en la alteridad su sentido, igual a la inversa, pero la red que fundan, sin nada por debajo que la soporte, ya sólo puede leerse como una relación desnuda de poder entre definidores y definidos. ¿Será nueva estrategia subalterna, para pasar de la servidumbre a la hegemonía, seguir dejándose nombrar en silencio?