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Es realmente curioso que la forma y técnica, digamos, que se emplean para escribir sobre un TEMA, cualquiera que sea este, necesita siempre llevar un determinado sentido, siempre.

Veamos: Para empezar quiero primero aclarar que todo lo que aquí estoy escribiendo no se debe considerar dentro de la línea de lo que representan mis escritos anteriores. No; esto es algo que me sucedió a mí hace poco y que ahora lo cuento así como pasó.

Una de estas tardes sentado en la terraza de mi casa tranquilamente, se presentó a la reja de enfrente el cartero, el cual se acercó enseguida a la terraza donde estaba yo sentado y me entregó, sin más ni más, una carta que luego en su cuaderno le firmé el haberla recibido.

Me quedé todavía viendo irse al cartero hasta que el señor se subió en su bicicleta y siguió en la calle.

Entonces tranquilamente leí lo escrito en el sobre fijándome en el remitente que decía: / Joaquín Alvarez Lejarza/ -Frente al Calvario, casa amarilla de en frente No. 102- Masaya. Abrí el sobre y saqué la carta que empecé a leer con mucha sorpresa. La carta decía así:

“Me llamo Joaquín Alvarez Lejarza y le escribo con el único objeto de informarle que tengo a su favor la cantidad de tres mil doscientos córdobas que por encargo de José Suárez Alegría me pidió que le enviara a usted esos reales, los cuales él hace ya algún tiempo le debe a usted y que ahora por mi medio quiere cancelárselos. Le pido que pase cualquier día aquí por Masaya y me visite a la dirección que lleva esta carta, para entregarle ese dinero. Le suplico que sea en horas del mediodía… etc.

Al día siguiente, y muy interesado yo con ese asunto, porque yo nada tenía que ver con ello, ni sabía quiénes eran los personajes, me fui a Masaya y llegué a la dirección que estaba apuntada en el sobre de la carta que recibí.

Toqué la puerta y me vino a abrir un señor ya entrado en edad, a quien no tuve más que referirle el asunto preguntándole desde luego por la existencia de Joaquín Alvarez Lejarza. El señor, con mucha amabilidad me dijo que él creía tener únicamente noticias de ese señor, nada más; y me dijo que iba a llamar mejor a su nieta porque ella tal vez me podría dar una mejor información.

Llamó a su nieta que se llamaba Inés y cuando la muchacha llegó, yo le repetí el cuento ya sabido de la carta. Ella me dijo:

–Yo en realidad no conozco a ese Don Joaquín, pero quizás el cuñado mío, me parece a mí, que como está casado con una nieta de un señor que se llama Joaquín… y que creo yo que ese tal señor vive en Costa Rica.

Con eso yo me quede extrañado con todo, pero no tuve otra opción que esperar a ver qué podía suceder después.

Al siguiente día como a las seis de la tarde me llamó por teléfono Joaquín Alvarez Lejarza, quién se me identificó como tal y me dijo que hacía dos días que había regresado de Costa Rica y que traía con él el dinero que me enviaba un José Suárez Alegría; desde luego que yo le expliqué que no tenía nada que ver con ese mentado Señor; pero él me dijo que personalmente me iba a explicar todo este asunto y para lo cual me pedía cita para el próximo viernes a las diez de la mañana, que vendría a mi casa, cuya dirección le era bien conocida.

Efectivamente, ese viernes a las diez de la mañana se apareció un señor, tocó la puerta; la persona que fue a abrir lo pasó adentro y él se vino a donde yo estaba sentado en la sala.

–No quiero que hablemos muchas cosas, que en realidad son enredadas –me empezó a decir él–.

–Sin embargo yo necesito tener alguna claridad sobre este asunto –le dije yo.

–De todas maneras –me dijo él–, solo necesito que usted me firme este papel.

–¡A ver, quiero ver de qué se trata! –le dije yo.

Me alargó un papel escrito que decía: “Por medio de la presente hago constar que Joaquín Alvarez Lejarza me vino a visitar este día viernes del mes de octubre y que su visita, como él me explicó, debía de hacerse constar en este papel, que además, no significaba eso más que asegurar únicamente que su visita se había cumplido sin más ni más”… y me agregó:

–Sobre el asunto del dinero, más tarde vamos a hablar sobre eso.

–Yo no tuve ningún inconveniente en firmar algo que no me daba ningún compromiso, aunque no dejara en ningún momento satisfecha mi gran curiosidad.

Enseguida el señor se levantó, se despidió de mí con toda amabilidad, dio la vuelta, mandé que le abrieran la puerta y salió; pero enseguida, pasarían muy pocos minutos, volvió a tocar la puerta; la muchacha le volvió a abrir y el señor se dirigió otra vez adonde mí y me entregó una nueva carta pero esta vez no tenía nada escrito en el sobre.

Como es de esperarse, el señor volvió a salir y esta vez sí que se iba, porque oí el ruido del taxi donde andaba.

Entonces más intrigado yo que otra cosa, con rapidez rompí el sobre y me encontré con una tarjeta nítidamente impresa que decía lo siguiente:

“Yo soy JOAQUIN ALVAREZ LEJARZA

EL PERSONAJE IMAGINARIO

 

18/10/2013.