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Imaginemos todos aquellos juegos que una vez jugamos. Imaginemos ahora todos aquellos juegos que se jugaron cerca de donde crecimos pero de los cuales por una razón u otra no formamos parte. E imaginemos por último todos los juegos que se han jugado una vez en Nicaragua, robadores de sonrisas en miles de rostros de niños, adolescentes y adultos. Esos juegos son los que construyen “¡Juguemos, pues!”, la nueva perla de la Academia Nicaragüense de la Lengua, obra de Hilda María Baltodano Reyes.

“¡Juguemos, pues!” es lista, diccionario, guía y álbum de recuerdos del nicaragüense, y, yendo incluso más lejos, es un cerco de colores que encierra el léxico de aquellas mañanas, tardes y noches, en las cuales la pelota, la rayuela, la creatividad, la competitividad e incluso la lluvia alimentaron nuestros saltos, nuestras corridas, nuestros tropezones y nuestras amistades.

Recuerdo bien aquellas tardes de kickball en que mis primos, unos amigos y yo, jugábamos en el patio de la casa. Por lo general dividíamos los equipos en hombres y mujeres, y les dábamos a las mujeres tres o más carreras de ventaja antes de comenzar cada partido. Desde luego, esa ventaja era irremontable, y más de una vez, llevados por la excitación de las corridas, las patadas y los gritos, sacábamos la lengua bien enojados a esas chiquillas que nos ganaban con todas las de la ley.

Terminados nuestros reclamos y finalizadas sus celebraciones, los raspados de leche calmaban los ánimos de todos y nos unían a ambos equipos para alistar el partido del día siguiente, donde prevalecerían los semas jonrón, carrera, out, pichar, etc., parecidos a los del béisbol.

Fotografías como esta se van apareciendo en nuestra memoria al recorrer los más de doscientos juegos registrados alfabéticamente por la autora, recopilados a lo largo de una vasta investigación que se llevó a cabo en trece departamentos y las dos regiones autónomas.

La riqueza de esta obra se divide en dos grandes vertientes. Funciona como plenario de los juegos y aficiones del nicaragüense, del cual podemos aprender muchísimas actividades e inmiscuirnos en ellas, pero también es un aporte significativo en los estudios del español de Nicaragua al ofrecer una rica aproximación lexicográfica de todo un universo: el de jugar.

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE, 22ª edición, publicada en 2001) precisa el verbo jugar en su primera definición como: “hacer algo con alegría y con el solo fin de divertirse”. “¡Juguemos, pues!” cumple justamente con eso. La alegría con que ha sido elaborado es palpable, nos invita a recordar, a aprender y a jugar.