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Javier González Blandino (1984), con dos libros publicados, se perfila ya como uno de los autores más representativos de la última generación de narradores nicaragüenses. En 2011 debutó exitosamente con Historia vertical, libro de relatos que ficcionalizan la realidad cotidiana de un mundo (rural, provinciano o urbano) con el que sus personajes nunca terminan de reconciliarse. Ahora nos entrega su primera novela, “El espectador”, también enfocada en la íntima cotidianidad de los seres marginales que suelen deambular como espectros en la más espectral de las ciudades latinoamericanas como lo es Managua a ciertas horas y en ciertos lugares de su dispersa geografía.

Y es precisamente en la fusión indisoluble entre el inconcluso proyecto de ciudad de nuestra capital y sus habitantes sin identidad donde reside el principal mérito de esta novela, en la que asoma la posibilidad, todavía no lograda, de incorporar nuestro paisaje urbano real al ámbito de la ficción narrativa. No es el primero ni el único intento, por supuesto, pero es uno de los más consistentes, literariamente hablando.

Me explico. En una buena novela la ciudad no es sólo el espacio físico o los puntos de referencia que sirven de decorado exterior o simple soporte para el accionar de personajes en nada vinculados a ella. Tal tipo de relatos se quedan en el nostálgico anecdotario de vivencias personales de personas mayores para las que todo tiempo pasado fue mejor o en la estampa pintoresca para consumo turístico, tan plana como una postal.

Las ciudades, como debería saberlo todo buen narrador, tienen su propia personalidad, que les viene no sólo del trazado urbano de sus calles y edificios, sino de cierta tradición adquirida en el transcurso de su historia, pero sobre todo del diálogo permanente entre ellas y sus habitantes, con sus grandezas y pequeñeces. Ese diálogo, imperceptible para el ojo profano, sólo puede ser captado por el ojo certero de un artista (poeta, pintor, cineasta o narrador), o mejor dicho de muchos artistas que serán quienes la fijen de manera permanente en el imaginario colectivo y para la posteridad.

¿Dónde reside la autenticidad del New York de John Dos Passos, Paul Auster, Woody Allen o Martin Scorsese? ¿O la de La Habana de Guillermo Cabrera Infante? ¿O la del Buenos Aires de Jorge Luis Borges, o el Dublín de James Joyce? En todos ellos, los personajes están impregnados del espíritu de la ciudad que les ha servido de matriz en el desarrollo de sus caracteres: un neoyorquino nunca va a sonar como un habanero, ni un habanero como un porteño de Buenos Aires, y menos como un dublinense. Entonces, ¿cómo debería sonar un personaje managüense para que pueda dar existencia imaginaria a esta urbe que pretende ser la ciudad de Managua, débilmente presente todavía en nuestra literatura?

Quizás la mayor dificultad resida en el carácter proteico de nuestra ciudad capital. Su perfil ha cambiado mucho en menos de un siglo, lo que ha hecho difícil fijar su fisonomía en el arte narrativo nicaragüense. Dos terremotos y una larga guerra, primero insurreccional y luego de baja intensidad, más una permanente calamidad económica la han desviado severamente de sus también cambiantes ejes y han desconcertado a sus habitantes, haciéndolos sentirse hasta hoy como seres permanentemente desubicados o, como repite reiteradamente el protagonista de la novela de Javier, como espectros “en medio de ninguna parte”.

Los intentos más meritorios de caracterizar este mítico espacio que podría ser la cambiante urbe managüense en el vigoroso inicio de nuestra narrativa de los cuarentas a los setentas se quedaron en el costumbrismo pintoresquista de Adolfo Calero Orozco o en los acercamientos prometedores pero inconclusos de Juan Aburto (“Narraciones” y “Se alquilan cuartos”), Mario Cajina Vega (“Familia de cuentos”) y Carlos Alemán Ocampo (“Bording House San Antonio” y “Vida y amores de Alonso Palomino”). La desaparición física repentina de la Managua seductora que se venía perfilando en esos años previos al terremoto parece haber dejado poco tiempo a sus cronistas para estudiarla apropiadamente y recuperarla para la literatura. Cuando la evocan, siempre terminan evocando su apocalipsis más que su dimensión de espacio urbano vivo.

Dos intentos meritorios más recientes han sido los de Erick Aguirre (“Un sol sobre Managua” y “Con sangre de hermanos”) y Franz Galich (“Managua Salsa City”), los primeros novelistas de la pos guerra que se atrevieron a invocar los fantasmas urbanos de este espacio inexplorado que es la nueva Managua, dispersa, extendida y fragmentada como un inmenso archipiélago lleno de misterios y peligros. A ellos se les une ahora Javier González Blandino con “El espectador”.

Con estos tres últimos intentos, nuestra narrativa parece insertarse por fin en una de las tendencias más importantes de la nueva novela hispanoamericana posterior al Boom sesentero. Me refiero a la novelística que supera el relato épico y trascendental que concebía la ficción como interpretación de la historia nacional y continental para dar paso a un relato de hechos aparentemente insignificantes e intrascendentes que reivindica la ficción como vehículo de microhistorias locales relacionadas con personajes marginales que pueblan las ciudades latinoamericanas.

Dentro de esta nueva lógica narrativa, “El espectador”, de Javier González Blandino, relata la angustiante historia de un personaje inexplicablemente atormentado y existencialmente des-ubicado, para quien el sentido de la vida siempre parece estar en otra parte que él no atina a alcanzar o por lo menos localizar. Como la mayoría de sus habitantes, vino a Managua de otra parte y se quedó para siempre, pero por alguna razón no explicada en la obra, no logra encontrar un sentido de pertenencia que le permita construirse un hogar. Prestándole el concepto a Albert Camus, bien podemos definirlo como un extranjero que por no tener cabida en el mundo de los seres “normales”, siempre parece sentirse “como un espectro, en medio de ninguna parte”.

A partir de este leitmotiv (vivir en medio de ninguna parte), el espacio urbano en que se mueven este y los otros personajes del relato empieza a adquirir un protagonismo que no habíamos notado en otras novelas cuya acción se desarrolla en la Managua actual. En un sutil proceso metonímico, el autor logra sintetizar en este personaje gran parte de las incertidumbres padecidas por los temerosos seres que viven provisionalmente en una ciudad que no los termina de acoger y más bien los condena al destino incierto de eternos transeúntes devorados lentamente por la inhóspita ciudad capital.

Literalmente, el protagonista de “El espectador” siempre está “en medio de ninguna parte”: su existencia es errabunda porque se la pasa yendo de un lugar a otro sin saber exactamente qué es lo que busca. Por eso su actitud frente a la realidad es de total extrañamiento: no se siente parte de ella, sino que está yuxtapuesto a ella. El mundo y él giran en órbitas diferentes, aunque paralelas. Desde su yo enajenado, su mirada, que es la protagonista real de esta novela, deconstruye y reformula las vidas de las personas que se cruzan en su camino a partir de conjeturas derivadas de los gestos observados en ellas y de lo que su propia imaginación y estado de ánimo, siempre depresivo, le dictan. La alienada incoherente y el absurda vida cotidiana vivida por él mismo lo impulsan a construir mentalmente una vida imaginaria de los seres que provocan algún interés a su inquisidora mirada, y la virtualidad imaginada tendrá preponderancia sobre la existencia real de las personas atrapadas por su mirada.

Dada su naturaleza kafkiana, el espectador es incapaz de conectarse con sus dos amores obsesivos: la Carmen, una mujer maltratada por la vida y entrada en años pero aún atractiva, y la Managua grisácea pero todavía seductora de la posguerra. Ambas, la mujer y la ciudad, se le ofrecen como refugio a su desamparo, pero una barrera invisible, más fuerte que él, le impide avanzar en el rumbo correcto y termina sucumbiendo, solo, en medio de ninguna parte. Esta relación conflictiva es el motor que mueve todo el relato. Desde el inicio queda patente la atracción que la Carmen ejerce sobre el protagonista, que al igual que ella ya está entrado en años.

Ella, madre de dos hijos ya hombres, fue atractiva en su juventud, pero el paso del tiempo y una vida de trabajo la han envejecido prematuramente; sin embargo algo de su encanto perdura, y conocedora de las necesidades afectivas de este hombre neurótico, le allana el camino de muchas formas en espera de una propuesta que no dudará en aceptar sin condiciones. Él lo adivina o lo sabe, pero algo más fuerte que su deseo lo hace actuar en sentido contrario, despreciándola y lastimando su amor propio, en una actitud suicida que terminará por aniquilarlo.

Esta relación ambivalente con Carmen se funde casi metafóricamente con la experiencia migratoria del protagonista, cuya errabunda existencia transcurre desde su temprana infancia entre La Paz Centro, su terruño natal, y Managua, donde quedará finalmente atrapado, como una mosca en una telaraña.

A partir de la tortuosa interioridad conflictiva del pasivo protagonista de su novela, cuyo único atributo parece ser su mirada inquisidora, Javier arrastra al lector a momentos y lugares diversos que le permitirán avizorar la esquizofrénica personalidad de nuestra accidentada geografía urbana. Las impresiones y las concomitancias de una conciencia crítica incansable presentes en esa mirada, nos invitan a repensar nuestra ciudad y la relación que tenemos con ella, lo cual podría ser una experiencia perturbadora pero enriquecedora.

 

(La novela “El espectador” será presentada el jueves 28 de noviembre a las 6.30 pm en LITERATO, tienda de libros. Avenida principal Colonial Los Robles)