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La más reciente exposición de Ramiro Lacayo Deshón, “Conversación con el Expresionismo Abstracto”, próxima a inaugurarse este 12 de diciembre en el nuevo Centro de Arte Fundación Ortiz Gurdian / BANPRO de Managua, constituye un hito no sólo en la carrera del artista, sino del arte nicaragüense. La serie nace como consecuencia de la indagación personal: resumen de la evolución lógica del artista y de su compromiso ético y artístico ante la realidad.

El punto de arranque de esta serie en la que Lacayo ha venido trabajando intensamente durante dos años (2012-2013), se localiza hacia mediados de la década de los años noventa, a raíz de la decepción que significó el curso que tomó la Revolución sandinista, obligando al artista a un denodado silencio, impelido por la necesidad imperiosa de reevaluar toda tradición. Es esta angustia existencial la que lleva a Lacayo a un intenso período de producción en soliloquio, de estudio, asimilación y reevaluación de las tradiciones locales y universales.

Amparada por las nociones de la cultura del hipertexto y del remix en tanto rasgos distintivos de la era contemporánea, la serie “Conversación con el Expresionismo Abstracto” es colofón de un estudio de la condición cultural contemporánea y de la tradición del arte nicaragüense.

El intenso y, por momentos, angustioso diálogo con los grandes maestros del Expresionismo americano (De Kooning, Francis, Frankenthaler, Gorky, Gottlieb, Hoffman, Kline, Mitchell, Motherwell, Newman, Pollock y Rothko) deviene caballo de Troya para el análisis de polémicas medulares en torno a la identidad y el arte nicaragüense, es específico, la recurrencia a la pintura de colores oscuros y la predominante tradición figurativa.

No es casual que para Lacayo uno de los puntos de referencia vitales para esta serie sea el grupo Praxis Praxis (1963-1973) que, dentro del panorama del arte nicaragüense, significó una revolución sin precedentes asumida, justamente, desde un lenguaje abstraccionista. Otro acontecer fundamental, dentro de la historia nicaragüense, explica también esta necesidad compulsiva de comenzar de cero. Lacayo recuerda que el terremoto que sacudió Managua en 1972, barrió con todo: “La fuerza tremenda de la naturaleza se imponía sobre siglos de historia y nos hacía conscientes de uno de los rasgos identitarios más definitorios de la región caribeña: la exuberancia e inclemencia de nuestra naturaleza, los colores intensos, la humedad y el calor que abrazan.” En el plano cultural, el terremoto de 1972 significó también la reevaluación de la tradición precolombina: Lo mismo que para los expresionistas americanos, la revisión del pasado autóctono milenario asomaba como la única puerta hacia la autoafirmación.

La mayoría de los cuadros que integran la presente serie de Lacayo se apoyan en el paisaje. Asistimos a paisajes internos donde el trazo trepidante más que retratar procura asir la exuberancia e inclemencia del trópico y la tradición precolombina profundamente enraizada en el artista, que asoma a través del color. El tríptico dedicado a Gottlieb, inspirado en la icónica serie “Burst”, es sintomático en este sentido. En esta conversación confluyen de manera orgánica los universos de Gottlieb y Lacayo, encarnado el primero a partir del círculo y la espacialidad en tanto arquetipos universales que dialogan con el impacto gestual del brochazo negro en primer plano, tan caro al estilo de Lacayo. El arquetipo Jungiano del inconsciente colectivo -piedra angular de “Conversación con el Expresionismo Abstracto”- es sintetizado a partir del color: el tríptico, resuelto en gamas de amarillos y azules intensos, transpira la fuerza de la herencia prehispánica nicaragüense, en especial, a través de su cerámica.

Por momentos, el diálogo fluye acompasado, apacible. Tales son los casos de las conversaciones con Hoffman, Mitchel y Sans Francis. Otras veces, sin embargo, la lucha es encarnizada. Como ocurre con las conversaciones con William de Kooning, Jackson Pollock y Mark Rothko.

En ocasiones, el carácter secuencial resultante convierte al tríptico en una única pieza. La “Conversación con Barnett Newman” está marcada por eje temporal: Newman en un extremo y Lacayo en el otro. El tríptico está impregnado de profundo un sentido cinematográfico, como si el ojo de Lacayo –cineasta consagrado- hubiera percibido la obra en una secuencia donde cada cuadro funciona como un fotograma que se integra en el tiempo cargándose de movimiento.

Acercarse a la serie “Conversaciones con el Expresionismo Abstracto” con la visión estrecha que presupone la antinomia figuración-abstracción es un reduccionismo que, inevitablemente, nos destierra de esta conversación. La serie que, de manera magistral, incorpora un valioso cúmulo de referentes impostergables (tradición abstracta, herencia precolombina, arte nicaragüense, historia nacional reciente, entre otros tantos), busca a través de la subjetividad, el recuerdo y descubrimientos aleatorios, abrir la puerta a una compleja cadena de resignificaciones que constituye una declaración de principios en torno al arte:

“En la serie –explica Lacayo- hay también un argumento de mi parte, afirmando que el expresionismo abstracto continúa siendo una forma de expresión válida, actual y americana (en el sentido de continente), que lo que tenemos es que buscar es cómo integrar nuevos elementos que han surgido… y nuevas crisis.”

Ahora terminada y expuesta al público, estas conversaciones devienen reminiscencia reveladora: el pretexto para nuevos textos capaces a su vez de suscitar nuevas cadenas de significaciones en ese magnífico entramado de revisitaciones que es la cultura contemporánea.