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Como si no fuera suficiente el smog, el olor a muerte en vida

y aquel sonido que hace llamar la música.

Me siento observado.

El dolor en los instrumentos de la caminata diaria

empieza a manifestarse.

No me siento,

al contrario, de pie observo una pequeña bestia que me mira

desde el techo del bar más cercano.

Siento su mirada clavada en mí.

Tal vez sea porque soy el único que sabe que existe,

ya que la observo desde hace unos segundos.

La pequeña criatura sentada sobre sus patas,

con las alas ennegrecidas

por los residuos automovilísticos que nos llevan a casa casi todos los días

y su pico tan marcado

denotan una dura vida en la ciudad.

 

Me juzga con su mirada,

como si conociera los pecados de un simple joven

que tuvo poca suerte de hacerla realidad

en su mundo hace diez o quince segundos.

 

Al final, tanto tiempo pasó sin sentirlo,

mientras la observaba absorto en la intriga.

¿Por qué no me aparta de su mirada?

El golpe de un viejo hombre que pasa

me despierta de mi pequeño sueño,

solo para darme cuenta

de que me contempla desde arriba

sin saber que soy mucho más alto que ella.

 

Carlos Rubén Calero