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Empezaste a verme como un bicho raro. Y no me inmuté en lo mínimo. El silencio, en estos casos, es la posible estrategia para comunicar lo que uno desea. Prudencia ratón casero, prudencia gato nocturno, prudencia pájaro que olvida la mano que lo aprisiona, podías habérmelo dicho. Me mirás como si nada mientras pasás la hojas de El obsceno pájaro de la noche. Tus razones están alojadas entre el espejo, la talquerita, los lápices labiales, las tarjetas de crédito y un pañuelito de tela por si hubiera una lágrima para levantarle un monumento a la alegría. La laguna de Xiloá, como un ojo suspendido en lo negro de la pantalla, me punza la memoria. La noche está sostenida por la insistencia de la nada. Y son precisas unas diez o veinte estrellas.

Así es la historia de algunas mujeres. No creen en la fuerza del pensamiento, sino en las batallas naturales de las intuiciones. Pero existe la certeza de que se conmueven con la visión de que algo las hiere, sin que haya plasma; pero es un temblor secreto, la conmoción intelectualizada cede ante el misterio de lo que atrae y las empuja a ser o no ellas.

Muchas las admiran y se rinden al gozo, ante la trascendencia que las hace inmortales mientras chatean. Pienso que la crisis del tiempo posmoderno comienza en la fortaleza de la memoria. Es como si volvieran las cosas muertas a una forma inmaterial y eterna con el simple rabo de una mirada, o el dejar los ojos por un segundo en esa persona que te atrae, aunque sea solo por unas cuantas palabras. O te marca con los códigos ocultos y seminales, la sutileza y sus emociones que no se limitan sino dan cauce a las calles y buzones abiertos del corazón andariego. La melancolía y los días tristes no tienen sentido. Todo es vida. Lo virtual es más creíble que la propia realidad se nos dice ahora.

Cuando te escriba o simplemente susurre, no me creerás; pienso que las mujeres bellas coronan las grandes ciudades. Están como un pabellón de luz con carne abierta, les dan nombre, las pueblan con pasiones secretas que saltan de las arquitecturas invisibles. Todo se resuelve con abrir la boca y suspirar bajo la lluvia, tocar tus pómulos en los ventanales, acercarnos a la falda que rasgan los vientos con ladridos de perros en las vidrieras que coleccionan las piernas más altas y potentes con las que me has vuelto loco, me has quitado el sueño, me has dejado el deseo como pétalo sangrante en las madrugadas.

Mujer y ciudad o ciudad y mujer se traban en una aleación espiritual que nos hace tal vez más humanos. Y sentimos que los pulmones van a reventar de felicidad. Siempre nos satisfacen los boleros desde los cincuenta hasta el siglo veintiuno, y por siempre las emociones tendrán la fuerza avasalladora para pensar y sentir que el eros es una pastilla para la salud cotidiana del alma, la cual transita por los muros y las carpetas íntimas de lo que seleccionamos para guardarlo porque nos ha conmovido.

No me creíste porque evadís responderme que te parecés al Cairo en el parque de Al-Azhar Park con la ilusión de caminar sobre alfombras de piedra; o te levantás con Alejandría, me hablás con la voz de Nínive, te paseás con Venecia sin espadas ni sangre en las venas, y siento el golpe de tus tacones en una de las doce avenidas de la Place de l’Etoile, en París, sintiendo en el corazón la llama de esa estrella para después deja tus besos en las cortinas del aire en la Plaza de la Bastilla; entonces tengo la posibilidad de que te escucho en las borrascas blancas y terribles de New York sobre una altura de barcos y muelles congelados por el tiempo de la violencia y el olvido; como también me achico cuando caminás con ese paso largo y audaz pasando por los ventanales de Praga, porque ese gris nos vuelve íntimos; y si sacás la mano de tu abrigo tiembla Buenos Aires, con abertura de piernas como navajas y mi cerebro desata un tango en el escenario de los parpadeos porque una vez me dijiste que hablar de vos es como mencionar las ciudades.

A fin de cuentas todo te lo creo ahora. Estás pensándome. Vas a encender la computadora. Unos creerán que es el demonio del amor lo que te tienta. No andés creyendo en esas babosadas. Uno siente, mide, pesa y vence. En estos asuntos de pareja no hay vencidos, quizá lo patológico sea el pretexto de la intolerancia con nosotros mismos. A veces te intimida la distancia y mi rostro casi anónimo que te busca todos los días. El otro lado de la razón nada o poco tiene que ver con las decisiones fundamentales. Amemos. Todo esto ya va viajando en el correo que no conociste, que no leíste, porque tuviste miedo. Vivimos con “la libertad de ser esclavos”. Eso nos aproxima matemáticamente a la felicidad. Este sueño odioso, vacuo, intelectualizado, te marcará toda la vida. Tonto sentimiento, digámoslo ahora que podemos.

Por la convicción de conocerte, esto está en los pozos de mi mente. Puedo presentir que el miedo permanece incólume en las vidrieras luminosas de nuestros pensamientos, y es valedero el viaje por el mundo entero, con solo tocar una tecla y salir volando con la escoba a propulsión o plasma, a como sea, desde la ciudad de Managua.