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–Sí. Las mataría de nuevo –respondió el hombre–. Al salir del bar mi mujer me seguía. Caminé lo más rápido que pude, para no sentir sus enormes ojos negros como un animal sobre mi espalda. El viento me tumbaba de un lado y del otro, y no sabía a dónde iba. Me encontré en las afueras de la ciudad, en tierras abandonadas. Sólo recordé que vi minutos atrás el Cementerio y la silueta de mi mujer, incansable, detrás de mí. Esa noche parecía una tarde soleada, la diferencia era el color de la luz blanca de la luna. La luna era enorme, creí que iba a aplastarnos. No sé en qué momento me alcanzó. Eran sus ojos una gran sombra frente a mí. Y vi cada movimiento inútil, de desesperación, que hizo cuando estaba sobre ella. Empecé a caminar con el extraño temor de sentirla viva, con sus enormes ojos puestos en mí. Ese temor me condujo a la casa de su mama. Y al salir de la casa, su mirada no tenía ningún efecto en mí –el hombre hizo una pausa, escupió.

–¿No sentís culpa o remordimiento? –dijo un hombre pequeño sentado en un rincón de la celda.

–No. Me siento libre de sus acosos. Presentía que un día ella me iba a matar. Donde yo estuviera allí también andaría ella, observándome sin disimulo; a veces muy cerca y otras veces a una distancia que para algún distraído ella sería imperceptible. Pero yo sabía que ella estaba observándome. Era tan hija de puta, nunca me hizo un reclamo, ni cuando estaba con otras mujeres ni cuando llegaba a la casa borracho. Nunca, sólo se limitaba a perseguirme para observarme.

–¿Y por qué no la dejaste? –dijo un hombre obeso, aplastado en el suelo.

–Era una hembra hermosa, de quiebres marcados. Sabía cómo corresponderme. Y ella era sólo mía.

–Ese fue el error de mi mujer, con dos tragos era de cualquiera –dijo el hombre pequeño–. La molí a golpes. Aquí estaré jodido unos años, pero ella quedará irreconocible para toda su puta vida.

–¿Y vos, la mataste o la malmataste?

–No –dijo el hombre obeso–. Yo maté a un tipo en defensa propia, intentaron asaltarme, tres o cuatros rateritos como esos los del fondo –señaló con la boca a un grupito de jóvenes en harapos.

–Sí, con ese cuerpo de buda, con un manotazo le arrancás la cabeza a cualquiera –dijo el hombre pequeño.

–Lo golpié y cayó en la cuneta, se desnucó.

–No te dije, lo mató de un manotazo. Seguí, estabas en que tu mujer era buena, estaba buena y era tuya.

–Sí. Hace dos meses empecé a soñarme muerto, asesinado por ella, de formas atroces, me despertaba asustado, temblando, sudando el guaro. Y ahí estaba ella durmiendo a mi lado, imperturbable. Después de los sueños sólo dormitaba hasta que amanecía y daba gracias a los sueños que me mantenían alerta, despierto y vivo. En esos meses conocí a una mujercita. Llegaba por la noche al bar El Royal, sola, y pensé que buscaba compañía, le pregunté:

–¿Espera a alguien?

–No –dijo ella.

–¿Me puedo sentar?

–Bueno –dijo con su voz dulce.

–Se está poniendo bueno –dijo el hombre pequeño frotándose las manos.

–Nos tomamos muchas cervezas, reímos de cualquier tontería hasta que cerraron el bar. No sé cómo llegamos hasta el motel, pero sí sé cuan ansiosos estábamos, con ganas de hacerlo hasta la madrugada. Creo que dormité una o dos veces y volvíamos. Después de esa noche, nos veíamos cada dos o tres días en el Royal. A la semana mi mujer empezó a frecuentar el bar. Sabía que después de trabajar en la Farmacia yo pasaba un rato por allí, el bar quedaba a media cuadra de mi trabajo, en la Calle Central. A veces entraba y pedía una hamburguesa. Otras noches, se sentaba en la acera de una tienda de calzado, frente al bar y desde la ventana me observaba. Pensé que haría lo mismo que en mis calenturas anteriores, observarme, cómo diciéndome: “No creás que no lo sé”.

Mi mujer empezó a perseguirme desde que tuve mi primera mujercita. Cuando entró al bar fue incómodo, pero a ella parecía no molestarle, por el contrario, creo, incluso, que lo disfrutaba; después ella era una mujer más en el bar o un poste más en la calle, sólo que siempre me observaba –el hombre calló un rato y volvió a escupir, pasó sus manos por la cabeza, respiró profundo, hasta que se le escuchó nuevamente–. Nunca había molestado a ninguna de las otras mujeres, ella sabía que esas relaciones terminaban tan fácil y rápido como iniciaban. El mes pasado empezó a molestar a mi mujercita. Se asustó cuando a la salida de clase de computación mi mujer estaba esperándola. La siguió a pocos pasos detrás de ella, hasta que llegó a su casa. Me dijo que algunas veces pasaba horas esperando a que volviera a salir. Mi mujercita atemorizada la veía desde su ventana, inmóvil como una estatua o una guardia apostada en la acera vecina. Yo le dije:

–No te asustés, no va a sucederte nada. Lo mejor es que pensés que ella es una desconocida, una mujer perdida por las calles, sin rumbo. Sin embargo mi mujercita no aguantó a la desconocida que a diario la seguía y que siempre estaba en el bar o cerca de nosotros, observándonos. Una noche mi mujercita no llegó a nuestro encuentro en el bar, días después la miré en una calle cerca del Parque Central, cuando me vio empezó a correr, la alcancé y me dijo:

–Nunca más te me acerqués, tu mujer me tiene loca, por todos lados la veo –y no era para menos, mi mujer era su sombra.

–No va a hacerte daño –le dije–. Es para que desistás y terminés conmigo. A mí siempre me ha perseguido y mírame estoy vivo.

–No creo que por mucho tiempo –me lo dijo como si me estuviera viendo muerto al igual que yo en mis sueños. Durante la tarde esa frase se repetía y se repetía: “No creo que por mucho tiempo”. De manera automática atendí a los clientes. La frase rondaba por mi cabeza. Cuando me di cuenta era de noche y estaba sentado en la barra del bar. No la miré cuando ella entró. Después de haberme tomado algunos litros de cerveza, la vi cuando regresaba del baño, era ella observándome con sus enormes ojos negros brillantes, desde el fondo del salón a penas iluminado. Si ya he terminado con mi mujercita, pensé. Sabía que ella no llegaría. Entonces, ¿por qué ella estaba allí otra vez, con sus enormes ojos negros puestos en mí? Me di cuenta del peligro y me dije: Sí, es cierto, ella me va a matar.