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Arquímedes González

 

Como a las doce de la noche mi mujer comenzó a quejarse de dolor. Las últimas semanas se había desvelado mucho. La panza le impedía dormir con comodidad. El calor la despertaba en la madrugada y caminaba por el pasillo de la puerta de la sala a la puerta del patio para cansarse.

Como dije, fue un poquito después de las doce que ella me despertó.

Fran… Fran…

¿Qué pasó?

¿Yo creo que ya es hora?

¿De verdad?

Sí, ya no aguanto. Tengo fuertes contracciones y creo que se me va a romper la fuente.

A como pude me levanté porque había sido un día pesado en la construcción y preparé la mochila con las cosas. Ya teníamos todo listo para el parto. Hasta el dinero para el taxi lo teníamos guardado desde hacía varios días.

Mi mujer se sentó en la silla y yo fui reuniendo las cosas. En cinco minutos estábamos listos, pero tuve que esperar a que a mi mujer le pasara la contracción. Después la levanté y salimos a la calle.

No fue tan difícil encontrar un taxi. Aunque dos taxistas no nos quisieron llevar por temor a que mi mujer pariera en el asiento trasero.

En el camino estuve consolando a mi mujer y varias veces le besé la panza.

Si es machito, ya sabés que le vamos a poner Camilo dije yo.

Si es hembrita, Camila me contestó ella.

De suerte había poco tráfico y llegamos en menos de media hora. Ahí nomás sentamos a mi mujer en una silla de ruedas y la llevé a la sala de parturientas donde nos recibió la enfermera. Mientras atendían a mi mujer, la enfermera pidió los datos. Yo ya estaba nervioso. No me aguantaba las horas de ver a nuestro morenito, porque sí, entre dos negritos, tenía que salir un morenito lindo. Y como pueden ya saber, sí, yo quería un varoncito.

Después fui donde mi mujer.

¿Cómo estás?

Me duele mucho me dijo.

El doctor se apareció a los quince minutos. Yo me aparté de la cama y el especialista comenzó a hacer su trabajo. Le tocó la panza y preguntó a mi mujer que cuánto tiempo llevaba con las contracciones y que cada cuánto minutos le daban. Ella que es muy exacta con las cosas, le dijo desde qué hora le habían comenzado las contracciones y los intervalos.

El doctor pidió que mi mujer se quitara el calzón. Yo me puse serio, crucé los brazos y saqué el pecho, pero me quedé callado. El único que le pedía a mi mujer que se quitara los calzones era yo, pero ni modo. El doctor se sentó en la cama, se sacó unos guantes y yo me puse ojo al Cristo, porque uno nunca sabe, doctores vemos… abusones no sabemos. ¿Qué le va a hacer a mi mujer? le dije dando un paso adelante.

Voy a sentir si ya se le reventó la fuente me explicó el médico.

Yo no supe qué decir, pero no me gustó que el doctorcito ese comenzara a toquetear a mi mujer.

¿Y es preciso que mi mujer se quite el calzón?

¿Y cómo cree que va a salir el bebé? ¿Entre los calzones? me contestó arrogante.

Como mi mujer vio que ya me ponía rojo de furia, me pidió calmarme. Ella sabe que yo soy un fosforito y que con cualquier cosita me pongo furioso. Hasta una vez me agarré a golpes con el vecino, porque lo encontré silbándole a mi mujer en la calle. Terminó bien coscorroneado y se le quitó lo gracioso.

Yo no contesté nada. Para qué iba a hacer el escándalo si ellos iban a atender a mi mujer para que mi retoño naciera. El doctor me preguntó:

Entonces, ¿puedo?

Sí, sí puede le dije de mal ánimo.

Mi mujer se quitó el calzón y lo dejó a un lado de la cama. El doctor abrió las piernas de mi mujer y le metió una mano enguantada. Qué arrecho es ver que otro macho le meta mano a tu mujer. Estuve a punto de pedir que llegara mejor una doctora, pero la metedera de mano no duró mucho.

El especialista se levantó y dijo:

Vamos a tener que llevarla de inmediato…

¿Dónde? pregunté.

A la sala de parto.

Yo tomé la mano de mi mujer y le dije:

Negrita, vas a estar bien.

Sí, amorcito, ¡Ya pronto vamos a ser padres!, ¡Ay, qué dolor!

Con ayuda de una enfermera volvimos a poner a mi mujer en la silla de ruedas y en pocos segundos me quedé solito en el cuarto de la sala. Salí a fumarme un cigarro y luego otro y otro más hasta que me aburrí de estar ahí afuera. Volví al cuarto y nada de aparecer mi mujer con mi heredero.

Pregunté a la enfermera que se había llevado a mi mujer que qué era lo que pasaba.

Su esposa está en la sala de operaciones. Le están haciendo una cesárea porque el bebé venía al revés me explicó.

Yo me quedé preocupado por mi mujer, pero me convencí que entonces íbamos a tener un machito porque los machos desde pequeños causan problemas y este macho ya nos comenzaba a sacar las canas.

Me esperé otro rato y fui otra vez a fumarme unos cigarros. No habían pasado ni cinco minutos luego de volver cuando trajeron a mi mujer en una camilla. Se veía como si en esos minutos la habían golpeado o zarandeado. Venía como dunda y apenas podía decir palabra.

Amorcito, pronto van a traer al bebé me dijo.

¿Ya sabés si es machito?

No, no pude ver.

Estuvimos un rato esperando hasta que se apareció la enfermera con nuestro bebé. Venía bien cubierto con sábanas y sólo pude ver su cara hasta que lo colocaron en el regazo de mi mujer. Yo me quedé sin habla, aunque mi rostro lo dijo todo.

¿Qué es esto? le pregunté a la enfermera.

Es su hijo me respondió con una media sonrisa nerviosa.

¡No puede ser! le grité.

Pero… trató de decir ella.

¡Que no ve! ¡Nosotros somos morenos y este bebé…!

Mis gritos llamaron la atención del personal y de pronto me vi rodeado de enfermeras y otros médicos.

¿Qué pasa? preguntó uno de los doctores.

Esto es lo que pasa le dije señalando al recién nacido. Nosotros somos dos morenos y este bebé es blanco y ojos azules… ¿Cómo es posible? ¿Qué diablos pasó aquí?

El doctor se acercó. Yo sabía que debía ser un error. La cara de mi esposa también era de desconcierto. Los médicos conversaron entre ellos y las enfermeras corrieron a la sala de parto a averiguar quién la había cagado y había intercambiado a nuestro bebé…

Al rato vino otro médico y nos hizo varias preguntas: No, en nuestras familias no había antecedentes de mezcla de razas y menos con alguien blanco y de ojos azules. El médico que le metió mano a mi mujer se apareció y examinó al bebé. Nos aseguró que el bebé era de nosotros, estaba sano y que, en definitiva, no era albino.

¿Negra, qué es esto? le pregunté a mi mujer.

No lo sé, amor. No lo sé.

¿No se equivocaron de bebé? insistí al doctor.

No, definitivamente ese es su bebé. No sabemos explicar por qué es blanco y ojos azules. Tal vez es una rara mutación genética, pero no tenemos una respuesta clara.

Quiero que nos hagan una prueba de ADN les dije.

Los médicos y enfermeras me quedaron viendo como si yo estaba demente.

¿Usted sabe qué es la prueba del ADN? me preguntó el especialista que había operado a mi mujer.

Yo me levanté y lo apunté con mi dedo índice.

Miré, le voy a decir una cosa: Aquí donde usted me ve, es cierto, soy un pobre obrero que no terminó la primaria, pero tampoco soy pendejo. Yo leo los periódicos y veo la tele y sé que con esa prueba se puede asegurar quién es el padre de un niño.

Eso puede tardar…

No importa que tarde. Quiero…, queremos estar seguros dije mirando a mi mujer.

Mi mujer se quedó en silencio y bajó los ojos.

El doctor agregó:

Y le va a costar dinero…

Yo lo pago. Ya les dije: No importa lo que tarde o lo que valga la prueba de ADN. Yo quiero saber la verdad.

Esa noche nos llevamos al bebé blanco y de ojos azules a la casa. Yo no hablé con mi mujer. No le dirigí la palabra ni esa noche ni el resto de la semana. Yo seguí con mi trabajo normal, hice un préstamo en el banco para pagar la prueba de ADN y a los tres días fuimos a hacernos el examen. Aunque muchos compañeros me preguntaron si ya había nacido mi hijo, les dije que aún faltaban unos días.

A los doce días nos llamaron por teléfono del hospital. Fuimos a las tres de la tarde y esperamos a que nos dieran el resultado de las pruebas.

El resultado de la prueba de ADN ha sido positivo. Usted es el padre del bebé nos informó la enfermera.

¿Están seguros?

La fiabilidad de la prueba de ADN es de un 99,9 por ciento nos explicó.

Yo me rasqué la cabeza y no supe qué decir. Mi mujer abrazó al niño y le dio un beso. De camino a la casa, abracé a mi mujer, acaricié la mollera del bebé y le dije a mi mujer:

Ya no le vamos a poner de nombre Camilo.

¿Y eso por qué?

Mejor lo vamos a llamar Bonito. Bonito Pérez.

 

(Este relato es parte del libro de cuentos “Clases de natación”, publicado en España por Ediciones Irreverentes)