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—¿Cómo vas a ir a la iglesia así? Andá quitate eso y ponete algo más decente —le dice Mario a su hija, que se ha puesto una minifalda para ir a la misa del domingo por la tarde. Ella, no muy contenta, vuelve a su cuarto a cambiarse. Mario y su esposa salen al corredor a esperar. Cuando su hija sale con un bluyín ajustado y una blusa bien escotada, Mario hace un gesto de disgusto pero no quiere llegar tarde a misa. Salen a la calle rumbo a la iglesia. Van a la misa de las cinco.

Cuando salen del alero del corredor, Mario mira hacia el cielo. Parece que va a llover. Es mayo, la época lluviosa, y la tarde es gris y se siente un aire de tristeza en la ciudad encapotada. El cielo parece que está al alcance de la mano.

A esa hora, Bluefields es un hervidero de gente que ha salido a la calle para ir a misa o para ir a gozar de la última noche libre del sopor que comienza el lunes, y que no amaina sino hasta el viernes por la tarde. Mario ahora mira hacia la calle Patterson, le quedan cinco cuadras para llegar a la iglesia. Le gusta hacer ese recorrido todos los domingos. Aprovecha para saludar a la gente, para observar el paisaje.

El paisaje son dos hileras de casas de cemento pintadas de colores fuertes. Desde que el incendio de 1970 destruyó el centro de la ciudad, los blufileños habían decidido construir sus casas de cemento. Antes todas eran de pino, y por eso el incendio consumió el centro en menos de cinco horas. Casi treinta años después, el huracán de 1988 destruyó muchas casas de madera, y eso hizo que los blufileños se convencieran aún más de que había que construirlas de cemento. Sin embargo, al hacer esto habían abandonado la arquitectura tradicional de la ciudad: la de la orilla de la bahía que era de casas victorianas blancas y verdes, de dos pisos, con techos de zinc y largos corredores; la de los barrios periféricos que era de casas de madera, algunas pintadas de verde o de amarillo, otras sin pintar, con techos de paja o de zinc, y todas en zancos. Ahora Bluefields se parecía a cualquier pueblo del Pacífico.

Aun así a Mario le gustaba caminar por esa calle en la que había vivido muchos años. Era catedrático de turismo en la universidad local y aprovechaba para observar detalles que les podían servir a sus estudiantes. Cada domingo observaba algo nuevo. Un día se fijaba en los tipos de ventana que ayudaban a refrescar las casas del bochorno del verano. Otro día en la inclinación de los aleros que servía para evitar que se mojaran las hamacas de los corredores. Y otro día, en las flores que por sus colores vivos parecían adosadas a las fachadas de las casas. Los lunes hablaba en clase de sus nuevas observaciones.

Además de enseñar se dedicaba a los negocios. Sus socios eran sus compañeros con los que había andado movilizado en los años ochenta. Algunos de ellos habían seguido activos en política y tenían puestos importantes en el gobierno. De ellos recibía información confidencial que le permitía sacar buenas ganancias.

Mario ahora dobla la esquina donde estaba el Club Chino y divisa al Gato viene del lado del muelle, por donde está la Casa de los Delegados. Se da cuenta de que se van a topar y mira el reloj. Son las 4:45. No tiene mucho tiempo para hablar y al Gato le gusta hablar. Pero ya no puede esquivarlo, el Gato también lo ha visto. Solo por si la técnica funciona, decide hacerse el disimulado y cruzar la calle.

—Crucemos aquí —le dice a su esposa y a su hija, y cruzan la calle. Pero el Gato también hace lo mismo.

El Gato es uno de sus conectes en el gobierno. Los dos se conocían desde chavalos. Habían cursado la primaria y la secundaria en el mismo colegio. Después habían estado movilizados en la misma compañía. Se conocían tan bien que la relación entre ellos era casi de familia, aunque el Gato nunca había aprendido a vosearlo, quizá porque cuando estuvieron movilizados Mario era el político de la unidad y él solo era un soldado.

El Gato le sale al encuentro frente a la iglesia.

—Ideay, doctor —le grita—. ¿Va para misa?

—Así es —le contesta Mario, tratando de no entablar conversación.

—Quería hablar con usté—le dice el Gato y saluda a las mujeres. Después le dice a Mario:

—Vengo de hablar con el Hombre.

El Hombre era el jefe de los delegados populares ante los pueblos del Caribe nicaragüense.

—Me dijo que si lo miraba que le preguntara si quería entrar en el negocio de las langostas. Ya le había hablado de eso, ¿no? —le pregunta el Gato.

—Creo que sí. Dejame pensarlo —le contesta Mario, mientras su esposa le sube la blusa a la hija para que el escote no esté tan bajo.

—Con permiso —le dice el Gato a las dos mujeres y se lleva a Mario aparte.

—¿Qué negocio ilícito me vas a proponer ahora? —le pregunta Mario, arqueando las cejas y medio sonriendo.

El Gato sonríe maliciosamente y lo mira con sus ojos gatos, pequeños e intensos.

—Doctor, esta noche nos vamos a reunir con el Hombre en su casa. Van a llegar unas chavalas, para que vaya. Estas chavalas son nuevas, no son usadas —le dice en voz baja para que no oigan las mujeres.

—La voy a pensar —le contesta y después le pregunta —: ¿Pero no es que hay veda?

—No se preocupe, doctor. Para eso mandamos. Ya hablamos con el biólogo marino.

—¿Con Juancho?

—Con el mismo que viste y calza.

—¿Y qué dijo?

—Dijo que él podía resolver eso. Yo no le entendí, fue una cosa técnica. Dijo algo como que algunas langostas son caníbalas.

—¿Y qué es eso?

—Dijo que hay langostas que son depredadoras y que se comen a las otras, que las exterminarían dijo. A nosotros nos autoriza sacar solo a las depredadoras. Pero usté sabe, es difícil distinguir entre las depredadoras y las presas. A’i se vienen otras en las nazas, ¿no?

—¿Y eso es cierto? —pregunta Mario.

—¿Qué? ¿Lo de las caníbalas o lo de que las nazas agarran todo?

—Lo de las caníbalas, como les decís vos.

—¿Y yo qué sé, doctor? Yo no soy biólogo.

Mario mira a su esposa que le da a entender que va a entrar a la iglesia. Él asiente con la cabeza.

—Véngase a la reunión esta noche, doctor. El Hombre me pidió que lo invitara. Va a estar buena.

—Bueno, ahí llego —le dice Mario.

El reloj del campanario da las cinco y Mario le dice al Gato que ya va a comenzar la misa. Entra a la iglesia, se persigna. Mario busca a su esposa y a su hija y, cuando las ve, se dirige hacia donde están ellas sentadas. Comienza el canto de entrada.