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La historia del Archivo de Rubén Darío custodiado en la Biblioteca Histórica “Marqués de Valdecillas” (Noviciado 31), de la madrileña universidad Complutense, se remonta al 25 de octubre de 1956. En esa fecha fue trasladado a Madrid —dentro de un gran baúl— desde el pueblito de Navalsauz, provincia de Ávila, por el matrimonio de Antonio Oliver Belmás —entonces profesor adjunto de la Complutense— y Carmen Conde, poeta. De hecho, había sido donado al Ministerio de Educación y Ciencia por su septuagenaria dueña y celosa guardiana Francisca Sánchez del Pozo (1882-1963), compañera del poeta a partir de 1899. A ella, en compensación, se le otorgó una pensión vitalicia.

El material extraído por Ghiraldo

No eran esos papeles todos los que Rubén conservaba y clasificaba meticulosamente, a raíz de la presentación de sus credenciales el 3 de junio de 1908 como ministro residente de Nicaragua en España, sino de la mayor parte de ellos. Los ausentes, y más significativos, los había facilitado en 1925 el esposo de Francisca, José Villacastín, al escritor argentino Alberto Ghiraldo (1874-1946), designado por Darío —según Rafael Ángel Arrieta— “albacea de sus documentos literarios”. Ghiraldo editaría en dos volúmenes (uno en Santiago de Chile, 1940; el otro en Buenos Aires, 1943) ese riquísimo material, cuyos originales no devolvió jamás al fondo de donde lo había extraído.

Con todo, el Archivo cedido por Francisca Sánchez al Estado español constaba de 4,795 documentos que se distribuyeron en 79 carpetas, organizadas con paciencia por Oliver Belmás y la ayuda de su esposa, de María Dolores Enríquez y Rosario M. Villacastín, nieta del matrimonio Villacastín-Sánchez. El mismo Oliver Belmás inició en 1959 la publicación de un Boletín, creado a este propósito y también para dar cabida a estudios sobre Darío. Dicho boletín alcanzó 12 números en los cuales se difundieron 42 artículos de tema específicamente dariano.

La Cátedra de Sánchez-Castañer

En 1963 fue creado el Patronato del Seminario-Archivo Rubén Darío y en 1967 —año del centenario natal de Darío— se estableció la “Cátedra Rubén Darío”, ocupada primero por Oliver Belmás y, desde 1969, por el doctor Francisco Sánchez-Castañer, profesor de literatura hispanoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras, luego de Filología. En el curso de 1972-73 yo tuve el honor de ser alumno de su cátedra, durante la cual don Francisco desarrolló el tema “La Andalucía de Rubén Darío”.

Las actividades del Seminario-Archivo se multiplicaron. Entre otras, patrocinó el primer y único Premio Rubén Darío de Cultura Hispánica, concedido a Pablo Antonio Cuadra en 1965 por un jurado que presidió Oliver Belmás y en el que participó el poeta Vicente Alexandre. Luego Sánchez-Castañer fundó en 1972 la revista Anales de Literatura Hispanoamericana, manteniendo desde entonces una sección rubendariana. A raíz de mi doctorado en la Complutense, su coordinador Luis Sáinz de Medrano y su sucesora Rocío Oviedo Pérez de Tudela difundieron algunos de mis estudios críticos en esa sección y en el restante cuerpo de los Anales, uno de los más prestigiosos órganos en su especialidad en el ámbito de la lengua.

Las Huellas del Poeta

Al mismo tiempo, recibí de Rocío otro honor: el de colaborar en la obra colectiva Las Huellas del Poeta (Madrid, Universidad Complutense, 2008): un volumen ilustrado de 254 páginas que contiene las intervenciones en la Mesa Redonda celebrada el 17 de noviembre del mismo año, durante la clausura de la exposición que se había inaugurado el 8 del mes anterior, y cuyo título era igualmente “Las Huellas del Poeta”. Integraron dicha exposición fotografías, retratos, cartas y notas manuscritas, autógrafos de poemas, postales, tarjetas de visita, recibos, contratos, primeras ediciones, esculturas y pinturas.

El retrato de Darío pintado por Juan Téllez

La más impactante fue la del retrato al óleo que en 1907 le trazó a Darío en París su amigo el pintor mexicano —nacido en Sevilla— Juan Téllez. Sin duda, consistió en el retrato que más agradaría al poeta, hasta el punto de reproducirlo como tarjeta de visita y colgarlo en la oficina de la Legación de Nicaragua. Solo un detalle no le gustaba: la mano izquierda —demasiado regordeta— sobre un libro. En carta a Téllez, fechada el 17 de junio de 1908, Rubén le escribía: “El retrato que usted me hizo me gusta mucho, como a todos los que lo ven, apartado del defecto de las manos”. Darío evoca, en ese óleo, al “Erasmo” de Holbein, pese a no estar retratado de perfil.

Ciento noventa y uno sumaron los documentos expuestos, divididos en tres secciones: el ámbito familiar de Darío desde 1899, sus relaciones y proyecciones como escritor, y su intensa actividad diplomática. En la primera, se revelaban los íntimos detalles de su espacio hogareño, en la segunda la versatilidad y fecundidad de su pluma, y en la tercera el orden estricto y capacidad de trabajo como representante de su país natal ante Su Majestad Alfonso XIII.

Dos postales a “Madame Rubén Darío”

He aquí dos muestras —ambas postales— enviadas por Darío a su compañera española. Una del 11 de mayo de 1904, remitida desde el Central-Hotel de Berlín, y la otra desde el Hotel Des Douanes de Ambers el 22 de junio del mismo año. La dirección de la destinataria en ambas es: “Madame Rubén Darío / 30 Rue Feydeau, París”.

La primera postal dice: “Querida Tataya, Sigo bien. Espero tener buenas noticias tuyas en Venecia. Te contaré muchas cosas. No dejo un solo momento de acordarme de ti. Quiero que me cuentes mucho cuando nos veamos. Te mando un gran abrazo y muchos besos. Recuerdos a Théodora y demás. Tuyo / Rubén”.

Y el texto de la segunda es el siguiente: “Querida conejita. Recibí los doscientos francos. Lo del sastre, debiste darle un cheque. Todavía es tiempo. O si no, que tenga todo listo para mi llegada. Cuídate y muchos besos de / Tatay. / Escribes muy poco / Hay que tener todo listo. Sólo un día estaré en París”.

De la exposición madrileña de noviembre, 2008, procede la muestra selectiva que se ha expuesto en León, Granada y Managua, gracias a la iniciativa e interés de la Embajada de España en Nicaragua, encabezada por don León de la Torre Krais. Pero el Archivo, naturalmente, es mucho más vasto. Por ejemplo no fue posible que figurasen aquí los dos libros copiadores en que se haya transcrita la correspondencia oficial y privada de Darío, ni el famoso Cuaderno de hule negro –donde su autor escribió el “Poema del otoño”– ni otro manuscrito: el del extenso ensayo “El castellano de Victor Hugo”.

Libros suscitados por el Archivo

Por otra parte, la cantidad de libros que ha suscitado el Archivo es más que apreciable. En primer lugar, el del propio Antonio Oliver Belmás Este otro Rubén Darío (1960), seguido por los de Dictino Álvarez: Cartas de Rubén Darío/Epistolario inédito del poeta con sus amigos españoles (1963), Carmen Conde: Acompañando a Francisca Sánchez/resumen de una vida junto a Rubén Darío (1964), Rosario Villacastín: Catálogo del Seminario-Archivo Rubén Darío (1987), Ana María Hernández de López: El Mundial Magazini de Rubén Darío (1989) y Jorge Eduardo Arellano: Cartas desconocidas de Rubén Darío (2000), aparte del ya citado Las Huellas del Poeta (2008).

Allí colaboran Luis Sáinz de Medrano (“El Archivo Rubén Darío”), Rocío Oviedo Pérez de Tudela (“Biografía de Rubén Darío desde el Archivo: 1889-1916”), Juana Martínez Gómez (“Rubén Darío en la vida literaria española”), Jorge Eduardo Arellano (“Hispanoamericanos en el Epistolario de Darío”), Ricardo Llopesa (“Relación de escritores europeos con Darío”) y José Carlos Rovira (“Tres ejemplos sobre la utilidad del Archivo”), entre otros.

Todos corroboraron la excelencia vital y la notoriedad literaria, no obstante la escasez de textos poéticos, de ese valiosísimo repositorio casi sin paralelo en España y que ya que se encuentra accesible en línea, tras un proceso de digitalización dirigido por Sainz de Medrano y Oviedo Pérez de Tudela. Igualmente coincidieron en señalar la pervivencia en el tiempo debida a Francisca Sánchez, el “lazarillo de Dios” que tuvo a su lado “al más ilustre de los americanos –anota Rovira– que transitó con su palabra las últimas décadas del siglo XIX y casi las dos primeras del XX, provocando como todos sabemos un terremoto que produjo la mutación de la palabra y la poesía”.