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Toma mucho tiempo volverse joven –dijo Picasso. A él le tomó bastante volver a ser niño, es decir, a pintar de una manera absolutamente libre.

He visto los retratos imaginarios de Picasso nuevamente y cada vez me gustan más. ¿Estoy de snob o me gustan de verdad? Después de todo, estas litografías, esta serie imaginaria, pertenece a la época tardía del artista, o sea el período que va más o menos del 63 al 73. Los últimos 10 años del pintor

Muchos pensaron entonces que Picasso estaba acabado. Pensaron que era una tomadura de pelo toda aquella pintura del anciano rey del modernismo. ¡Pura basura senil! Se pusieron de acuerdo Kahnweiler, Grenberg, Douglas y especialmente John Berger. Sin embargo, a partir de los ‘80, John Richardson, su biógrafo por excelencia, se encargó, con la exhibición Mosqueteros (en la galería de arte contemporáneo Gagosian, de Nueva York), de revalorar este período tardío y el mercado post-mortem del pintor.

En todo caso sé que cuando lleve a Camila (3), Yuliana (11) y Asaf (7), mis nietos, les van a gustar estas litografías de Picasso. Sentirán la conexión con el niño que las pintó. La inmediatez y alegría del color, el gesto travieso y desenfadado serán familiares, seguro que sí.

Toma mucho tiempo volverse joven –dijo Picasso. A él le tomó bastante volver a ser niño, es decir, a pintar de una manera absolutamente libre.

En estos 29 retratos imaginarios, Picasso se libera de cualquier amarre. Cero técnica. Cero virtuosismo. Desdén absoluto por el dibujo. Desdén por la trayectoria. Placer en la mancha pura de color. Gozo absoluto de pintar, de crear, de imaginar, de prevalecer.

El original no importa ya. Priva la serie, la edición y la repetición. El pasado se vuelve presente. Picasso entabla un monólogo con la historia del arte y sus faros: Rembrandt, Velázquez, El Greco, Hals, Delacroix, Manet. Los canibaliza. Se equipara a ellos. Los posee. Los digiere. Los expulsa compulsivamente. No para de hacer arte. No podía.

El canon Picasso se estremecía. Todos estaban claros de las secuencias del canon: azul, rosa, cubista, surrealista, neoclásico, Guernica y pon pon. Dónde ubicar esta producción imparable y desigual. Todos estaban nerviosos. Todos menos uno: Picasso. Él solo quería seguir pintando.

Pues solo pintando, creía firmemente, iba a derrotar la muerte y la impotencia y la obsolescencia. Solo pintando podía seguir siendo Picasso.

La historia de estos 29 retratos imaginarios es típica de aquella época final. Jacqueline, el ángel protector, ha pedido unos materiales para monseñor. Los materiales llegan protegidos por hojas individuales de cartón corrugado. Picasso las ve, las agarra, y en cuestión de días, las fechas están allí en cada retrato, las pinta. Pinta a Shakespeare, pinta a Balzac, pinta al Greco, pinta a Dalí, pinta a Pepa, la cerdita, pinta autorretratos, pinta caballeros, pinta mosqueteros, pinta una sola mujer.

Pero claros estemos de que lo que pinta más es el color de por sí. El amarillo, el naranja, el rojo, el negro, el blanco, el azul. Casi siempre puros, limpios. Policromía total en este último Picasso. Qué color.

Cuando terminó le dijo a Jacqueline: Cuáles dos te gustan más amor, y Jacqueline le dijo: este y este. El número 7 y el 12. Voilà, le dijo Picasso.

Unos días después el maestro se ponía en contacto con Marcel Salinas, litógrafo, quien ya había trabajado con René Magritte y con Max Ernst. Le pidió que le reprodujera aquellas dos pinturas. Marcel se apareció un mes después con las litografías. Pero si sos un bestia –le dijo Picasso. Estaba fascinado con el resultado. Hasta la trama del cartón estaba reproducida con una fidelidad alarmante. Joder. Joder. Joder. No paraba de decir Picasso. Para entonces ya casi nada lo entusiasmaba y de repente esta perfección de impresión.

Así nació aquella colaboración extraordinaria entre el pintor y el litógrafo. El trabajo se realizó entre 1969 y 1972. Fue revisado de cerca por Picasso, quien realizó alteraciones y correcciones como era costumbre. El tiraje final hecho a mano se terminó en 1973, después de la muerte del pintor. De allí el after Picasso. Una segunda impresión de la serie se realizó con posterioridad en Nueva York.

Y como al culto público lo que le interesa realmente saber es cuánto valen de verdad, pues hay que complacerlo. En la subasta de Christie’s de octubre de 2012, un juego incompleto de los Retratos Imaginarios (20 impresiones) se vendió en 50,000 lapas. El mercado del Picasso tardío sigue, pues, subiendo sin complejos ni vergüenzas.