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Sin haber logrado obras de síntesis como Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), el nicaragüense de formación mexicana Ernesto Mejía Sánchez (Masaya, Nicaragua, 6 de julio, 1923-Mérida, Yucatán, 29 de octubre, 1985) ha sido, quizá, el hombre de letras más completo de su patria natal. El primero, al menos, que alcanzó niveles de excelencia como crítico e investigador de la poesía y la prosa en lengua española.

Sin embargo, casi a 25 años de su fallecimiento, ha “reinado en el olvido”, como temía, si se exceptúan dos publicaciones en su entrañable México. Me refiero a la reedición en 1995, por el Consejo para la Cultura y las Artes, de su obra poética Recolección a mediodía; y de la edición, por el mismo Consejo, de Puro cuento (1998): colección de sus piezas narrativas, prologadas por Julio Valle-Castillo.

Mi viaje a México de 1969

De ahí que le haya dedicado algunas páginas laudatorias en la revista Lengua 35, noviembre, 2010 (“Amistad y erudición en Ernesto Mejía Sánchez”) y ahora le consagre esta recordación, a partir de mi inicial viaje a México en 1969. Mejía Sánchez, quien se hallaba en el aeropuerto despidiendo al poeta Ernesto Gutiérrez y esperándome, me instaló en la sede de la Comunidad Latinoamericana de Escritores: Filomeno Mata, 8. Allí, en una suite, residí veintiún días: del 25 de marzo al 14 de abril del 69. Entonces el D.F. era una ciudad habitable de cinco millones de personas y me deslumbró. Pero no la pude disfrutar plenamente. Algunas noches visité la Plaza Garibaldi, solo; un domingo fui a la Plaza de Toros, acompañado de una nicoya oportunista que rechazó culminar el día en mi suite alfombrada. En otra ocasión, estuve a punto de accidentarme en una de las vías perforadas para la circulación del metro en construcción.

Durante este lapso asistí de observador a una sesión de trabajo de la junta directiva de la Comunidad, y conocí a sus miembros: Carlos Pellicer, presidente; José López Bermúdez, secretario general; Demetrio Aguilera Malta y Carlos Solórzano, vocales; Manuel Mejía Valera, vocal adjunto como también lo era Mejía Sánchez; Fedro Guillén, secretario adjunto y Pedro Frank de Andrea, asesor editorial. Salvo el ecuatoriano Aguilera Malta (cuya novela Canal Zone es memorable), el peruano Mejía Valera, el guatemalteco Solórzano y el nicaragüense Mejía Sánchez, los demás eran mexicanos.

poeta e investigador

Precisamente, a Ernesto Mejía Sánchez (EMS), “Quico” Fernández me lo había presentado en su casa-museo de Granada el 26 de diciembre de 1965. Cuarenteño, era para mí un modelo a seguir, ya que conciliaba al poeta con el investigador. Pero entonces me dijo que había fracasado en su pretensión de abarcar todas las manifestaciones culturales del área centroamericana. Ello hizo que yo, considerándome muy lejos de superarlo, limitase a Nicaragua el ámbito de mi quehacer futuro.

Mejía Sánchez guio mis investigaciones literarias en la capital de México. Me condujo a la Hemeroteca Nacional —adscrita a la UNAM—, a la Capilla Alfonsina, donde admiré la biblioteca de dos pisos de su exdueño; a la residencia de los jesuitas donde ya no moraba el padre Manuel Ignacio Pérez Alonso y a don Edelberto Torres. Con ambos anduve en autobús el día que Mejía Sánchez llevó a su mansión de Luis Khune 28, colonia Las Águilas, a don Edelberto para que este recibiera el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, de manos del rector Tünnermann Bernheim. Con “Quico” Fernández fui testigo de esa ceremonia. El mismo “Quico” me acompañó a Acapulco, para reunirse con su exesposa Rosita Arellano Arana —mi prima en segundo grado— y su hija Marimelda, que nos hospedó en su chalet y restaurante Coyuca 22. En esa ocasión, su compañero de entonces —un chef norteamericano— me libró de una alta temperatura al recetarme café negro con whisky.

Igualmente Mejía Sánchez me condujo a La Ópera, un lujoso restaurante que frecuentaba Manuel Gutiérrez Nájera a finales del siglo XIX; allí saludamos a Ermilo Abreu Gómez, autor de Canek (1940). Otro escritor que me presentó fue Andrés Henestrosa, un coaxaqueño que me entregara autografiada su pequeña obra maestra, Retrato de mi madre. Mejía Sánchez también me mostró su biblioteca y algunos de sus tesoros, como los ejemplares casi completos de la Editorial América dirigida en Madrid por Rufino Blanco Fombona, y se reveló lúcido, lúdico, sarcástico. Cuando le comuniqué que me interesaba investigar la obra dispersa de Salomón De la Selva, exclamó:

—¡Ah, sal —¡oh mono!— de la selva!

Ese juego de palabras —recurso constante de Mejía Sánchez— no era original suyo: lo había escuchado en el México de los años 40. Así lo comprobé cincuenta años más tarde cuando en Madrid lo evocó don Salvador del Río Ortiz, periodista mexicano que integraba conmigo el Jurado del Premio Cervantes 2010. El nicaragüense arraigado en el país azteca se refería con sorna a Costa Rica como Costa Risa y llamaba a sus habitantes —al igual que la rebelde poetisa Eunice Odio, exiliada de la cultura nacional tica— costarrisibles.

Por mi parte, fui a contemplar en el Hotel Prado, frente a la Alameda, el famoso mural de Diego Rivera y a visitar en su atestada librería “Taberna literaria” a don Jesús Guisa y Acevedo. También recuerdo haber vislumbrado la silueta de Salvador Novo en una esquina (Feliz Ano Novo, le había deseado alguna vez EMS, según Julitro Valle-Castillo) y al padre Pérez Alonso, que llegó a verme a Filomeno Mata 8. En este primer encuentro conversamos de nuestras relaciones familiares y, sobre todo, de sus investigaciones históricas. Una estrecha y fructífera comunicación mantuve por muchos años con Pérez Alonso, quien oportunamente me heredara documentos, libros, cuadros y objetos pertenecientes a nuestros comunes antepasados.

Altísimo y desdichado

Altísimo e inalcanzable filólogo era Mejía Sánchez y, a la vez, un intenso poeta mallarmeano. Pronto ejecutaría una proeza en el campo filológico: descubrir, mediante convincente análisis, unos desconocidos hexámetros latinos del joven caraqueño don Andrés Bello. Sumaban 59 y aparecieron como apéndice de la Segunda Carta al Español, datada el 26 de marzo de 1812, del doctor mexicano José Servando Teresa de Mier, quien no reveló el nombre del autor, limitándose a decir que correspondía a una “Musa Americana”. Y la única personalidad poética de América, residente por entonces en Londres, era don Andrés. ¿Su tema? La conquista del Anahuac y la destrucción de España.

Realizado creadoramente en México, Mejía Sánchez devino en autoridad sobre algunos de los capítulos de la historia literaria de ese gran país: además de fray Servando, Gutiérrez Nájera, Nervo, Alfonso Reyes, su mayor guía y ejemplo. Al mismo tiempo, era un dariísta máximo; en 1968 había organizado una obra excepcional de autores múltiples: Estudios de Rubén Darío, en la que se excluía. De esta obra, en el clóset de mi suite, se hallaban decenas de ejemplares. Por supuesto, uno de ellos fue a parar a mis manos. Asimismo, en dicho clóset reposaban ejemplares de otro libro relacionado con Nicaragua: Los yanquis y Sandino, de Xavier Campos Ponce.

Pero Mejía Sánchez era desdichado en su vida familiar. No pudo obtener en su matrimonio la estabilidad que le diera consistencia moral a su vocación letrada. Su esposa —una granadina alegrísima e inteligente— no soportó su comportamiento neurótico y, tras haberle traicionado una década atrás con un mocetón rubio —poeta amigo de la pareja—, huiría hacia Costa Rica a raíz del segundo terremoto de Managua con otro común amigo: el artista plástico Paco Amighetti. Por eso Mejía Sánchez solía reiterar esta expresión durante sus bebiatas catárticas con amigos literatos:

—Somos casi felices.

En otra ocasión llamó por teléfono a don Edelberto Torres, ya residente en la capital costarricense:

—Quiero que usted sea testigo en el juicio que le haré a la Miriam por adulterio.

—¡Imposible! —le contestó don Edelberto, según me contara años después—. ¡Ni que fuera petate!

Aunque el Mejía Sánchez pre-mórtem me deparó alguna decepción perdonable, yo me desempeñé siempre con su persona como fiel y servidor discípulo. Nuestra correspondencia lo ilustra, al igual que mis páginas sobre su poesía, iniciadas en 1966 con el ensayo “Experimento en Mejía Sánchez”. Y él supo reconocer mis trabajos. En la sección “Latinoamérica en los libros” —del Boletín de la Comunidad Latinoamericana de Escritores— dio cuenta inmediata de los siete títulos míos que le entregué en mi viaje del 69: Esquema de la poesía de Luis Alberto Cabrales (1967), Poesía de los pueblos primitivos de Nicaragua (1968), Curiosidades de nuestra historia / 12 escenas desconocidas (1968), Panorama de la literatura nicaragüense / Época anterior a Darío (1968), Poesía y esbozo biográfico de Joaquín Pasos (1968) y La estrella perdida / Poemas (1969).

También él, desde el primer momento, se preocupó por mi destino literario y me obsequió algunos de sus papeles, enseñándome además a honrar los valores culturales y a practicar una generosidad bibliográfica oportuna, entre otras nobles actitudes.

Tres dedicatorias y una anécdota

Aquí deseo dejar constancia de su amistad transcribiendo tres de las doce dedicatorias que me obsequió y conservo con sus títulos respectivos. “A Jorge Eduardo Arellano —dice la primera— en memoria de nuestras arduas sesiones bibliográficas. Afectuosamente, Ernesto Mejía Sánchez, feb. 1966”, estampada en un ejemplar de La poesía contemporánea en Centroamérica, ponencia leída en las Primeras Jornadas de Lengua y Literatura Hispanoamericanas (Salamanca, 1953), a sus treinta años. La segunda fue trazada en el ejemplar número 1 de Estelas / Homenajes y en ella agradece al “gran amigo que me permitió recoger estos fragmentos, con la gratitud de su afectísimo, Ernesto Mejía Sánchez, ya casi 16 de enero de 1971”. Y la tercera se lee en otro ejemplar de su folleto Literatura y sociedad puertorriqueñas (1977): “A Jorge Eduardo Arellano, gran amigo, colaborador y sucesor de todo lo bueno que quise hacer”.

Deseo, por último, referir una anécdota suya —reveladora de su ático humor— acontecida en Las Palmas, Gran Canarias, cuando participamos en un congreso de escritores (primeros días de junio, 1979). Un joven poeta español, desmesurado admirador de uno de los dos grandes líricos de la generación del 27, le preguntó con mucho entusiasmo:

—¿Es cierto que usted fue amigo de Cernuda?

—Sí, y mucho. Si no tuvimos hijos fue porque los evitamos.

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