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Con motivo de su regreso triunfal a Nicaragua, tras quince años de ausencia, Rubén Darío expresó el conocimiento —o logos— que tenía de su más entrañable origen cultural. “En Oviedo, en Gómara, en los historiadores de Indias, supe de nuestra tierra antigua y de sus encantos originales” —dijo el 22 de diciembre de 1907 durante la velada que le fue ofrecida en el Teatro Municipal de León. Y, al ingresar siete días más tarde a la Academia de Bellas Artes en la misma ciudad, reconoció a Centroamérica como tierra de artistas “desde los tiempos de incógnitos escultores que labraban la piedra…”

 

Redescubrimiento integral e interpretación identitaria

 

Ambas acotaciones, marcadas por el sentimiento —o ethos—, respondían a la conciencia de americanidad ancestral que ya el poeta había mitificado y el ensayista descrito en sus exégesis. Pero centrémonos en esas declaraciones. Su reveladora afirmación relacionada con la lectura de Gonzalo Fernández de Oviedo, Francisco López de Gómara y demás cronistas de Indias la desarrolló pronto en el capítulo tercero de ‘El viaje a Nicaragua e intermezzo tropical’ (1909), libro que constituyó un deslumbrante redescubrimiento telúrico de su patria y también la primera aproximación a la idiosincrasia de sus habitantes. “En su carácter —se refirió a ellos— han dejado su influjo los hábitos coloniales y la agilidad mental primitiva”. Y en seguida, como para ejemplificarlo históricamente, transcribe la célebre frase que López de Gómara aplicó al cacique Nicaragua, o Nicarao: “Y nunca indio alguno, a lo que alcanzo, habló como él a los españoles”.

 

Nicaragua: nuestro cacique filósofo

 

El mismo cronista le sirve de fuente para resumir, en el capítulo referido, el encuentro que el jefe de los nahuas asentados en el istmo de Rivas tuvo con el conquistador Gil González Dávila, desplegando un ‘admirable razonamiento’ que llegó hasta los oídos del Papa. Darío comenta: “Nicaragua y sus gentes aceptaron pasablemente todo, menos dos cosas: que se les prohibiese la guerra y la alegría”, según López de Gómara, a cuyo testimonio recurre de nuevo: “Dijeron que no perjudicaban a nadie en bailar y tomar placer, y que no querían poner al rincón sus banderas, sus arcos, sus cascos y penachos, ni dejar tratar la guerra y armas a sus mujeres, para hilar ellos, tejer y cavar como mujeres y esclavos”.

 

En otras palabras, Darío sugiere que el control y uso de las armas garantizaban a nuestros indígenas —y en concreto a los de filiación nahua— su libertad y que la alegría hedónica (“bailar y tomar placer”) otorgaba sentido a su existencia. Pero Darío va más allá en su interpretación del duelo de ideas que inauguró la historia de Nicaragua en el siglo XVI: al vincular a nuestro cacique filósofo con otra figura aborigen de rango continental —Athahualpa—, intuye el cuestionamiento que aquel hizo del vasallaje político e ideológico que se le exigía. “Como el peruano Atabaliba con el padre Valverde —anota—, Nicaragua arguyó varios puntos en religión, que agudo era, y sabio en sus ritos y antigüedades” —cita, una vez más, a López de Gómara, a quien aprovecha en otros párrafos de El viaje a Nicaragua para ratificar “el estado de relativo adelanto que encontraron algunas tribus de Nicaragua los conquistadores”. O concluir: “No eran los aborígenes nicaragüenses extraños a la magia del arte, y nuestros indios de hoy rememoran los antiguos areytos o mitotes de que habla el transparente Oviedo”.

 

La cerámica y otros productos artesanales

 

Volviendo al mismo capítulo tercero de ‘El viaje a Nicaragua’ —verdadero aporte al estudio del carácter y el ser nicaragüenses y, por ende, de sus raíces indígenas—, Darío traza una apreciación artística de la cerámica y otros productos artesanales heredados de la época precolombina. “Ciertos indios —observa— fabrican utensilios de barro que no son inferiores a los que produce la alfarería peninsular en Andújar; las tinajitas de allá —las de Nicaragua, quiere decir, ya que El viaje… lo escribe en Madrid— alegran la vista y refrescan el agua en los estíos, como los españoles alcarrazas. La habilidad original y criolla se manifiesta en esteras o petates, en hamacas tejidas de la fibra de la cabuya o de la pita, teñidas con los colores que extraen del mismo modo que los abuelos…”. Y continúa: “Se hacen en los telares rebozos de hilo y de seda, semejantes a chales indios; se labran en el duro hueso de un fruto de palmera, el coyol, sortijas y pendientes que dijeran de azabache. Y se descubre en las mentes una natural claridad de asimilación que hacen que se aprendan con facilidad y acierto importadas industrias extranjeras”.

 

Así elogió Darío los rasgos del mestizo nicaragüense: elementos raciales indígenas, habilidades creativas y espíritu de empresa y aventura. En el cuarto capítulo de su obra identitaria, la opinión que exteriorizó acerca de sus antecesores es parca, pero justa: “Cuando llegaron los españoles a Nicaragua existía ya en los naturales cierta cultura intelectual, sin duda reflejada de México. Cierto que en Guatemala, entre los quichés, había una civilización superior; mas los nicaragüenses no eran en verdad bárbaros…”.

 

Retrato encomiástico del nica y su carnet poético

 

Como es sabido, en ‘El viaje a Nicaragua’ Darío trata de la historia y la geografía, de la mujer, la literatura y el paisaje natural de su país, conformando un retrato encomiástico del tipo que se había forjado, hasta principios del siglo XX, en esta región del trópico: “El nicaragüense se distingue en toda la América Central por condiciones de talento y de valor. A la levadura primitiva se agregaron elementos coloniales. Si, una vez proclamada la independencia, hubo descuido en la general cultura, fue a causa de las inquietudes incesantes que mantuvieron a todos los cinco estados centroamericanos en continuas agitaciones y guerras”. Tipo —subrayamos— signado por la inteligencia y la valentía, y cuyas raíces indígenas (“la levadura primitiva”) valora. ‘El viaje a Nicaragua’ cierra con un sincero panegírico del general J. Santos Zelaya (1853-1919) y de los logros progresistas de sus administraciones (1893-1909). Al mismo tiempo, incluye un poemático ‘Intermezzo tropical’: diez composiciones en verso, escritas durante la autorenovadora experiencia vital que significó su retorno. Entre ellas destaca “Raza”: Hisopos y espadas / han sido precisos, / unos regando el agua / y otros vertiendo el vino / de la sangre. Nutrieron / de tal modo a la raza los siglos. // Juntos alientan vástagos / de beatos e hijos / de encomenderos, con / los que tienen el signo / de descender de esclavos africanos, / o de soberbios indios, / como el gran Nicarao, que un puente de canoas / brindó al cacique amigo / para pasar el lago / de Managua. Esto es épico y es lírico. // ¡El gran Nicarao! No podía Darío prescindir de esta figura singular de nuestra historia en ese “poema-afiche, cuya forma está tan cerca de ciertos experimentos vanguardistas” —observa Pablo Antonio Cuadra que lo considera también, acertadamente, “un brevísimo manifiesto mestizo a los nicaragüenses”. Algo similar a un carnet poético de su identidad. Pero la nicaraguanidad de nuestro poeta, como lo revela en “Raza”, no la integra exclusiva y excluyentemente lo indígena, sino también lo español y lo africano dentro de un intenso proceso de triple mestizaje.

 

Estética y folclor

 

Finalmente, en esta breve exposición de sus raíces mestizas que Darío exaltó, no podía faltar un par de ensayos trascendentes para su tiempo: “Estética de los primitivos nicaragüenses” y “Folklore de la América Central / Bailes y representaciones populares de Nicaragua”. Solo el título del primero —que apareció en la revista ‘El Centenario’ de Madrid, 1892— entraña una propuesta: que el arte de nuestros más remotos antecesores en el territorio de su nacimiento alcanzó una categoría similar al de otras civilizaciones de la tierra: al japonés y al asirio, al griego y al etrusco, al galo y al indio oriental. No es necesario glosar esa impresión subjetiva que abarca ritos, poesía, jeroglíficos, músicas, danzas, libros de pieles “con su pintoresco modo figurativo”, urnas cinerarias, ornamentaciones y espectáculos teatrales como los “areytos” y “mitotes”, de los cuales —sostuvo— descendía “el parlanchín Güegüence, que tanto llamó la atención de Brinton”. Y cita textualmente un trozo tomado de la ‘editio princeps’ de esta obra hegemónica de la identidad nicaragüense, publicada en Filadelfia, 1883, para comentarla.

 

No sería esta la única referencia de Darío a la comedia-bailete ‘El Güegüense’, a su personaje y parlamentos, entonces circunscritos a manifestaciones populares, ajenos a la cultura letrada y despreciados por esta. En el segundo ensayo, que difundió en ‘La Biblioteca’ —la mejor revista de Buenos Aires, dirigida por su maestro Paul Groussac— mientras realizaba su personal revolución modernista a través de ‘Los Raros y Prosas profanas’, volvió a opinar sobre ambos. Aunque confiesa que durante sus años en Nicaragua nunca vio una representación del Güegüense, ya que se escenificaba “en los pueblos indígenas de los departamentos orientales”, valora esa pieza idiosincrática en estas líneas: “Es obra de una simplicidad primitiva. No hay casi argumento en ella. Alternan los diálogos en una monotonía no exenta de lo pintoresco. El Güegüense habla por el pueblo. Es la humildad del indio conquistado delante de la autoridad; es la voz de la raza que se despide”.

Pero lo más interesante de ese ensayo —que aumentó en una versión posterior aparecida en la ‘Revista Nueva’ de Madrid, en 1899— es su capacidad de comprender la cultura popular: los pasos, coloquios, pastorelas, moros y cristianos, las danzas de los mantudos, la yegua y el toro guaque o guaco. No en vano dejó la siguiente orientación: “Esta parte del folklore centroamericano no es de las menos interesantes, y sería ya tiempo que en aquellos países —recordemos que escribía en Buenos Aires—, como en toda la América, se preocupasen más, los que pueden, de tan rica como inexplorada materia”.