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Silvio Mora afirma que este libro es “de un maestro para maestros y estudiantes”. En él recoge parte de la historia del magisterio nicaragüense.

¿Qué significaba ser maestro en 1965, cuando te graduaste?
El ejercicio de la vocación permitía respeto ante la sociedad, aunque el salario era para mal vivir. El lema de nuestra máxima casa de estudios “A la libertad por la universidad” se iniciaba en realidad en las aulas de primaria. Durante el somocismo se trabajó en circunstancias difíciles, muchos cuerpos de maestros recibieron balas disparadas por esbirros. Ser maestro en aquella época era peligroso, porque el maestro que no se alineaba era considerado subversivo.

¿Cuál es la diferencia principal entre la formación de los maestros de aquella época y la de hoy?
La Escuela Normal vino a ser un parteaguas entre el empirismo de los maestros de antes y la formación académica y pedagógica con que salieron los normalistas a las aulas de primaria a impartir el conocimiento. Una vez egresados, fuimos por nuestras ciudades enseñando a los niños y niñas para que nadie los explotara, para que no fueran discriminados por pobres, para que aprendieran la práctica del amor, la fraternidad, el valor de la paz y la decencia.

¿Por qué pasas del magisterio al periodismo?
Me empujaron a ser periodista y por fortuna yo tenía alguna cualidad. En la Federación Sindical de Maestros de Nicaragua (FSMN), con Luis Porras editábamos un tabloide que se llamó “Tribuna del Magisterio”. En 1970 Somoza cierra el año escolar el 13 de octubre y nos echa a la calle a 300 educadores, pero además, ordena al sector privado, colegios y universidades que no nos den trabajo. Yo anduve de chofer, impartí clases a domicilio y me negué a vender libros de Recalde. Somoza Debayle quiso convertirnos en animales. Nos persiguieron, nos encarcelaron, nos golpearon. Debo agradecer a William Ramírez, José Esteban Quezada y Ricardo Trejos que me lanzaron de periodista. Con buen suceso trabajé en Radio Corporación, La Primerísima, ExtraVisión de Canal 2 y El Nuevo Diario.

Un periodista que procede del magisterio ¿tiene alguna cualidad que le difiere?

La formación pedagógica me permitió ser didáctico, tanto en el periodismo radial, televisivo y el escrito. En la televisión nunca tuve pánico. Siempre me paré ante las cámaras y micrófonos como en una gran aula.
El magisterio y el periodismo son profesiones similares porque andan siempre en la búsqueda de la verdad. Los maestros y los periodistas hemos tenido una vida agitada y luchadora. Somoza hirió de gravedad al magisterio y al periodismo. Nos impuso “El Código Negro”, entonces inventamos “El Periodismo de Catacumbas”, en las iglesias y las escuelas dimos las noticias embargadas. Podemos decir que los maestros y los periodistas hemos vivido entre tambores de guerra.

¿Cuál es el aporte más importante que hacés en este libro?
El libro es una gran aula. El libro de un maestro para maestros y estudiantes, incluso, para padres de familia, para que conozcan la historia del movimiento sindical del magisterio nacional y el pensamiento de un maestro sobre la calidad que la educación de un país debe tener. Aporto que ningún país progresa con un sistema educativo que segrega. Hay que asegurar que cada ciudadano, independiente de su condición social, política, económica o cultural, identidad sexual, género o lugar de procedencia o etnia, consiga desarrollar sus potencialidades. Aseguro que nuestro norte tiene que ser incluyente, incluyente e incluyente y colocando en la educación inclusiva, el acento fundamental de sus esfuerzos. Incluir todo lo que asegure el progreso, pero además, con el galardón de honestos, honrados, lejos de la corrupción y la rapiña.

¿Por qué recordar ese concepto ya superado de que “letra con sangre entra”?
El título del libro tiene que ver con la expresión de educadoras que nos enseñaron el ABC. Ancianitas de rostro venerables y corazón limpio, dueñas de escuelitas privadas –que no eran mercaderes- donde nos enseñaban las primeras letras con los textos: “Silabario Catón”, el “Libro Mantilla”, “El Lector Nicaragüense”, y con una coyunda de cuero crudo y una regla de madera-nogal, repitiendo “la letra entra con sangre”. Nos enseñaron también a contar los colores del arcoiris, la práctica del amor y de la fraternidad. Además debíamos rezar el catecismo de cabo a rabo. Hablo de la niña Aurorita Narváez, Elenita Cano, Paulita y Miriam Luna, Julita Lindo, Juanita de Tango y las Salinitas. Así, la letra “L” de libertad le entró al pueblo nicaragüense con la sangre de 50 mil mártires. ¿Por qué letra con sangre? Porque muchos hechos históricos o trágicos están marcados con sangre. No podemos negar que las letras en Nicaragua han entrado con sangre. Las letras van de aire en aire, de cumbre en cumbre, de aula en aula comunicando hechos de sangre.

Hoy se habla mucho de la deficiencia educativa en Nicaragua, sobre todo en la primaria y secundaria. ¿Cómo se puede empezar a resolver este problema?
Se ha trabajado bastante, pero hace falta. Creo que hay que mejorar el pénsum académico. Hay que estudiar los procesos educativos de aquellos países ricos y pobres que han tenido éxito en sus procesos educativos para saber y adaptarlos a nuestra realidad y no trasladarlos mecánicamente, porque estaremos condenados al fracaso. Hay que concatenar todo el proceso educativo desde el preescolar hasta la educación superior, sea esta técnica o universitaria. Hay que fortalecer el presupuesto de educación sobre el 7% del PIB según la Unesco, para que los estudiantes tengan aulas dignas, textos, laboratorios, computadoras y los maestros tengan un nivel de vida digno.

¿Cuál es el principal desafío de la educación en Nicaragua en este momento?
La educación es asunto público y debe, por tanto, involucrar a todos sus actores y concertar su participación responsable. Esto es particularmente cierto y necesario en el caso de los docentes, sujeto clave de la educación y del cambio educativo. No basta con proclamar la participación e incluso con mostrarse favorable a ello. Es preciso definir y habilitar tiempos y espacios, criterios y mecanismos concretos para que se dé dicha participación como un dispositivo regular de los procesos educativos, desde el nivel local hasta el nivel global, desde la escuela hasta las instancias ministeriales e intergubernamentales en que se define y decide la educación.